Música Viva

Conversando sobre la educación musical

¿Coro del colegio o canto coral?

Retomo el tema del coro escolar, pero que en definitiva tratará del canto en la escuela. ¿Qué separa ambos términos en el devenir del aula? Estoy convencido que ambas tareas son dos facetas de una tarea similar.
Cuando decimos el coro del colegio y “ensayamos”, en realidad estamos dando clase. Cuando decimos que damos clase, si realmente enfocamos el tema desde el punto de vista artístico-pedagógico, es como si estuviéramos ensayando.

La siguiente es una de las ideas fundamentales que deseo destacar:
“Todo el mundo puede cantar”;
“Todo el mundo puede formar parte de un coro”;
Cantar es un hecho natural, que no debemos bloquear con las falsas premisas de que un niño “no sirve” por falta de entonación.

Obviamente soy músico y docente; conozco las dificultades para entonar que tienen algunas personas; hay también quienes tienen dificultades para correr, otras a las que les es difícil relacionarse, aquellas para las cuales hacer cálculos matemáticos es complicado o comprender las reglas de la economía les resulta complejo; no por ello dejan de correr, o de buscar comunicación con otros y estudian matemáticas o economía cuando tienen que hacerlo.
Por otra parte, todos tenemos dificultades para algo y no siempre renunciamos a tratar de hacerlo o lograrlo.
Como directores de coro, tenemos el deseo – porque nos facilita la tarea – de elegir personas para nuestro coro que posean una bella voz, musicalidad y excelente afinación.
Como docentes, tenemos la obligación de enseñar a entonar, de abrirle camino a los que desan cantar y de fomentar el canto y el canto grupal a quienes les enseñamos música.
No concibo una enseñanza áulica donde no se haga cantar a los niños. No me refiero al canto de canciones para las cuales nos sentamos a tocar el piano. Me refiero sencillamente a cantar: una melodía, una frase; a hacer música con nuestra voz.

Aquí aparece el segundo tema:
En un colegio, ser director de coro u orquesta, es ser docente“.
En un colegio, al ser docente de música, debemos pensar y actuar – en ocasiones – como directores de coro”.
No hay dudas que esto complica un poco el panorama, porque enseñar, y hacerlo a partir de la improvisación como sostengo en otros de mis escritos, es una posición constructivista, en la que debemos observar la creación del alumno para generar aprendizaje. Dirigir un coro, en cambio, es una tarea de sesgo conductista, donde nosotros debemos conducir al grupo, que debe acatar la dirección sin objeciones. Esto genera un dilema que debe poder resolver el director-docente.

Me gustaría que se consideren las palabras previas como una introducción, para entrar, ahora sí, en el tema del coro y contestar una serie de preguntas que me fueron hechas durante todo este tiempo:
Generar un coro, es una tarea para especialistas en dirección coral. Eso es indiscutible desde la teoría; por tanto muchas preguntas podrían ser contestadas invitando a quienes las realizan a estudiar la carrera de dirección.
La realidad es que muchas veces se exige al docente de música ser maestro, pianista, actor, director, especialista en eventos, etc. y luego se lo ata con la realidad de que no hay horas disponibles, no tenemos un aula adecuada, no hay instrumentos, etc. etc. Y ese docente no puede negarse a riesgo de dañar su relación laboral. El desconocimiento de las autoridades educativas y de la comunidad educativa en general, acerca de las complejidades y características de encarar un evento musical, los lleva a ver el tema con un excesivo facilismo.
Pese a todo, creo que los inconvenientes no deben ser excusas para plantear que uno no puede hacer la tarea: la música puede hacerse en cualquier parte y en cualquier circunstancia porque se encuentra dentro nuestro.
Me he permitido compartir 20 ideas para que, cuando el docente de música deba crear un coro, (porque quiere o porque se lo piden), tenga algunos conceptos en los cuales pensar, para realizar la tarea en la forma más práctica y exitosa posible:

1) El repertorio. Pensar en canciones adecuadas para los chicos: no olvidemos que las canciones que son para adultos, que están de moda o que “gustan a todo el mundo” son poco aptas para ser cantadas por niños; no creer que con esas canciones se va a tener éxito porque son conocidas.

2) Que estilo elegir. Nuestra tarea como docentes es educar y personalmente creo que no sólo hay que educar a los niños, sino también al público. Existe el prejuicio que la música clásica es aburrida; hasta ahora, nadie me supo contestar porqué! Música clásica y música popular son dos formas igualmente importantes y atractivas. Son música y la única condición que las califica es el componerlas e interpretarlas con calidad.

3) La audición. Cuando llega el momento de formar el grupo, hay que escuchar cada voz  (una por una) y ubicarlas dentro del registro adecuado: sopranos o contraltos (agudas o graves) y si contamos con varones que ya han cambiado la voz, tenores o bajos; esto no quiere decir que debamos cantar a dos o a cuatro voces, pero sí que debemos conocer el “material” con el que trabajamos.

4) El ritmo y la afinación. Dar primordial importancia a la afinación y al ritmo dentro de cualquier canción, por sencilla que sea: todo el tiempo invertido para afinar o ajustar el ritmo, es tiempo ganado para mejorar el producto final. Esto implica que nosotros debemos ser capaces de detectar los problemas que surgen en estas áreas, cuando los chicos están cantando.

5) Unísono. El canto al unísono es muy importante y que todos se escuchen entre sí, empieza a sentar las bases de todo buen coro: que el grupo esté adecuadamente “afiatado”. No creer que cantar a varias voces agrega calidad al coro. Lo que añade calidad es hacerlo bien.

6) Las palabras. Se debe prestar mucha atención a las palabras y a su correcta pronunciación: las consonantes son necesarias para ajustar el ritmo y las vocales para sostener una melodía. Entender lo que se canta es una de las premisas fundamentales de la interpretación coral. Es, ni más ni menos, transmitir el mensaje del compositor.

7) La articulación. Atender un importante factor expresivo: la articulación; legato, non legato y staccato son tres posibilidades de emisión que enriquecen la interpretación ya sea vocal o instrumental: la experiencia me demostró que con un entrenamiento adecuado, los niños pueden realizar cualquiera de ellos.

8) La dinámica. El otro factor, la dinámica o intensidad debe también ser fielmente respetado: no tengamos miedo de cantar pianísimo y no forcemos a los niños a gritar creyendo que eso embellece el canto; nos sorprenderemos de cuánto atiende el público, cuando un grupo canta suavemente pero comunicando lo que pretende.

9) El silencio. Quienes me leen asiduamente saben de la importancia que le doy al silencio: se debe respetar en toda su plenitud. Si dura cuatro tiempos no debe existir sonido durante esos cuatro tiempos: es parte de la precisión rítmica.

10) Actitud. Busquemos que los niños sonrían cuando canten, no sólo por una cuestión de simpatía sino también para ayudar a la voz y para que estén más relajados.

11) Fraseo. Afinación, precisión rítmica, articulación, intensidad, silencios y fluidez, son los componentes esenciales del fraseo, que en definitiva es la claridad que hace comprensible al discurso musical.

12) Canto con voces diferentes. Si pensamos en cantar a dos voces, no caigamos en el error de que ambas lo hagan por terceras, ya que dificulta enormemente a los niños tomar conciencia de su propia voz y distinguirla de la otra. Cantar a más de una voz necesita, al principio, que ambas sean diferentes entre sí: una quieta mientras la otra se mueve o ambas fluyendo por movimiento contrario, facilita escucharlas y reconocerlas.

13) El canon. Es una de las formas más conocidas y utilizadas, pero no debemos olvidar que al hacer un canon, entramos en el contrapunto: cada voz debe ser muy importante en el momento que entra y cuando deja de cantar; debemos distinguir las voces durante toda la interpretación y hay que estar seguros de como lo vamos a concluir: si con todas las voces al mismo tiempo o en forma sucesiva tal como empezaron.

14) El acompañamiento. El acompañamiento de un instrumento armónico debe ser muy preciso y por supuesto con un absoluto respeto por la armonía de la obra. Para ello, no olvidar que un piano es más preciso que un teclado electrónico y que el sonido de una guitarra es tenue y no siempre adecuado para sostener la afinación del grupo. Yo aconsejo siempre no embarcarse con obras “a capella”, hasta no estar seguros que disponemos el tiempo y las condiciones adecuadas para ensayar.

15) Balance sonoro. Es muy importante pensar en el balance sonoro y mucho más ahora cuando se acude tanto a la amplificación. El coro tiene que escucharse siempre con claridad y no ser “tapado” por los instrumentos.

16) Acústica del lugar. Hay que conocer la acústica del ámbito donde se va a cantar, ya que esto incide en el resultado musical, especialmente por la articulación y por el idioma. Una acústica muy seca puede llevarnos a enfatizar el ligado y otra muy resonante necesitará que las voces estén más marcadas o articuladas. Es igual con los instrumentos para evitar una “sequedad sonora” que los desluzca o una resonancia excesiva que los “empaste” y no permita distinguirlos adecuadamente.

17) Orden. Conservar el orden sobre el escenario y captar la atención de los chicos durante toda la presentación, es vital para obtener un buen concierto: ellos deben sentirse artistas y entender que esto, además de ser muy agradable, implica obligaciones tales como estar atentos y concentrados. Guardar ese orden no sólo implica a los niños, sino también a los adultos, ya sean participantes, autoridades o público. El director del coro debería ser una especie de autoridad absoluta en el momento de la interpretación musical.

18) Atención y silencio. Sugerir y si es necesario exigir silencio en el público, es una forma de respetar a los niños, a la música y por supuesto a uno mismo: si cantamos es para ser escuchados. Reiteradas veces en mi vida, no comencé con el coro, hasta que la audiencia había hecho un real y efectivo silencio.

19) Técnica de los movimientos. Si bien un docente de música no tiene porque conocer la técnica de la dirección coral, me permito recordar que lo ideal es, cuando se dirige, lograr el mayor efecto con el mínimo de movimientos posibles. Hay momentos en que los grandes directores llevan adelante una orquesta de cien músicos, con movimientos casi imperceptibles de sus manos.

20) Planeamiento y organización. Por último, no olvidar que desde el primer día en que juntamos al grupo y lo escuchamos hasta el día del concierto, la tarea es una tarea organizada, secuenciada, con un objetivo determinado y cuya planificación necesita ser respetada para alcanzar el éxito. Respetemos y hagamos respetar por todos los que nos rodean, ese planeamiento que será esencial para un buen desempeño del coro.

En resumen, afinación y precisión rítmica, dinámica y articulación, idioma y pronunciación, balance instrumental y acústica de la sala, son las reales herramientas que nos pueden jugar a favor o en contra para una correcta interpretación y todas ellas se deben trabajar con los chicos con la seriedad y respeto con que se llevan a cabo con los adultos.
Los niños son mucho más perfeccionistas de lo que imaginamos y se sienten muy satisfechos cuando están convencidos que el trabajo se realizó adecuada y correctamente. A veces parece que lo único que les importa es el facilismo y “zafar”. Sin embargo, es patente el orgullo con que toman conciencia que si bien la tarea requirió esfuerzo, éste está más que recompensado con la calidad del producto final.
Podría extenderme mucho más, pero prefiero dejar ciertos temas para futuros escritos; ha sido una lista básica de aquellos elementos que debrían tomarse en cuenta para iniciar un grupo de canto, sea o no un coro; espero sinceramente que pueda ser de utilidad para quienes me han preguntado acerca de ello.

Hace casi 50 años que dirijo grupos corales y no puedo recordar más que dos casos en los que personas (niños o adultos) con problemas de entonación no pudieron corregirlos con un trabajo adecuado. O sus barreras psíquicas eran demasiado potentes o padecían de algún leve trastorno físico que les impedía escuchar y reconocer el sonido. No hay gente “desentonada”, hay personas que deben ser preparadas y ejercitadas para entonar. Esa es nuestra responsabilidad!

No olvidemos que estamos educando y exigir (en el buen sentido) a los niños respetar las cualidades y la calidad de la música, les irá enseñando también a respetar la calidad de la vida.
Hasta la próxima.

El silencio, la música y la vida

Muchas veces nos quedamos en silencio, aunque éste, como absoluto no exista; creemos que no hablar, significa estar en silencio; tal vez sea así para quienes nos rodean, pero no para nosotros, a quienes nuestra mente sigue hablándonos y nuestro cuerpo sigue compartiendo nuestros sonidos internos.
El silencio: en ocasiones puede ser opresivo, molesto, desagradable, inquietante, desconcertante o incómodo. Recordemos frases como: “¿qué te pasa que no hablás?”; “¿porqué te quedaste callado?; “¿en qué pensás que no decís nada?”; urgencias que nos plantean quienes quieren escucharnos para que ese silencio no nos enfrente con nuestras propias palabras, actitudes y nos exponga como lo imaginamos, en la percepción del otro.
Sin embargo, el silencio es algo pleno y cargado de sensaciones, aunque no siempre percibidas; nos permite no aturdirnos, favorece la reflexión, nos hace  pensar en lo que acabamos de decir y nos responsabiliza de lo que diremos; aumenta el significado de las palabras y aumenta o disminuye la carga emocional de lo que pretendemos comunicar.
Tal vez se sorprenden del sentido de estas palabras, dentro de un blog dedicado a la educación musical; creo, sin embargo que existen muchos puntos de contacto entre la pausa en el habla, la música y por supuesto su educación.
El órgano tubular, naturalmente inexpresivo, intenta paliar esa falencia por medio de complejos mecanismos eléctricos o mecánicos de dudosa efectividad; sin embargo, por medio del silencio, desarrolla esa expresividad: la interrupción del sonido arrastra a nuestro oído, en una especie de alerta, a escuchar con más atención lo que vendrá luego de la pausa y por eso pequeñas “cesuras” entre las notas, adquieren gran significado para el fraseo del instrumento.
Muchas veces, ante muy interesantes conferencias o discursos, he pensado “¡cuánto más significado tendría lo que estoy escuchando, si hubiera un mejor manejo de las pausas entre las palabras o las frases!”; esto es más notorio aún cuando leemos: lamentablemente vemos que nuestros alumnos, leen sin tener en cuenta en que momento hay que callar y favorecer el sentido por medio de pausas significativas. Más grave aún es que muchos docentes no prestan atención a una circunstancia tan significativa.

Entramos entonces en el reino de la música: en cualquier interpretación musical, el silencio es tan importante (y a veces más), que el sonido. En ocasiones, los estudiantes de música, cuando se les pregunta para que sirven los “silencios” en la música, contestan: “para respirar”, “para separar partes distintas”, “para descansar”, etc.; todas respuestas acertadas en parte, pero incompletas en el significado total de la interpretación; el silencio posee un enorme factor expresivo, tanto en la melodía como en la polifonía, en la música instrumental o vocal; esa pausa sonora nos atrae, nos llama la atención, nos preocupa y nos acerca más al discurso sonoro.
¡Qué paradoja musical!: el sonido es inevitable, no podemos dejar de oir; sin embargo uno de los importantes elementos que dan significado al uso de los sonidos es su ausencia.
La gente me pregunta porqué intento con tanto ahinco, ligar la música y su educación con la vida, con la cotidianeidad: en este breve escrito podemos encontrar una respuesta a esa inquietud. Imaginemos un dúo entre un cantante y un pianista: uno de los momentos más complejos de la “actividad escénica” de cualquiera de ellos es justamente el momento en que no producen sonidos; nada distrae la atención del público sobre sus personas. El silencio los expone, los fuerza a mirar su propia actitud, los exhibe impiadosamente ante los ojos del público. No todos pueden acordar con esta idea, pero es innegable que quien está sobre el escenario para hacer música y debe estar en silencio, siente esa incomodidad de ser observado, que el sonido disimula. En lo cotidiano, los momentos de silencio pueden generar una incomodidad similar;

La vida es el resultado de un proceso emocional, visto por cada uno de acuerdo a sus percepciones y sensaciones; la música es otro proceso similar: ambas nos exponen, requieren de nosotros lo mejor, son esenciales en la existencia, son comunicación e inevitables en el devenir del ser. . .
Música y vida. Vida y música. Esa estructura sonora que además de exigirnos nos protege, en un momento desaparece y nos deja frente a nosotros mismos, pero sin romper la comunicación con los otros. Y estamos a mi criterio ante uno de los puntos esenciales: el silencio per se no rompe los lazos comunicacionales y es ahí donde los educadores musicales deben poner el énfasis.

Vivimos en una sociedad de sobreabundancias: de riquezas, de pobrezas, de tecnología, de pasiones, de asombros, de indiferencias y también de palabras: ¿no deberíamos hacer un mejor y más frecuente uso del silencio? Estamos inmersos en una sobreabundancia de aturdimientos: ¿no deberíamos aprender a disfrutar del temperamento de los silencios?
El silencio lo tiene todo: calma, pasión, expresividad, indiferencia, tensión, descanso, previsión, sorpresa, vacío y plenitud.
Pensemos cuanto podemos enseñar, enseñando el silencio.
La música es el arte de combinar los sonidos y. . .los silencios!

Un curso del CEPA: una reconfortante experiencia

He tenido la oportunidad de realizar un hermoso taller con algunos docentes que trabajan en su mayoría en colegios de la Ciudad de Buenos Aires, dentro de los curso que organiza el CEPA. Como en cada ocasión, trato de compartir en ellos, la importancia de la música dentro del sistema educativo y la facilidad que representa utilizar la improvisación, como método de aproximación al mundo sonoro.
Fueron cinco días de trabajo intenso, de intercambio de experiencias, de pruebas, de actividades que creo nos permitieron construirnos un poco más; espero de todo corazón que hayan sido de tanta utilidad para quienes los compartieron como para mí.
Sigo sosteniendo que esa cuestión de “enseñar” es siempre un intercambio, donde todos aprendemos de todos y cuando existen mentes abiertas y receptivas, podemos recordar esos procesos de aprendizaje con la satisfacción de sentirnos más plenos.
En esta ocasión, tuve otra vez el privilegio de compartir el tiempo con un muy lindo grupo de jóvenes al que debo agradecer la paciencia para entender un lenguaje que no siempre es común, el perseverar en ese conocimiento mutuo que es la base de todo trabajo en grupo y de realizar con tanto entusiasmo todas las actividades que propuse.
Por último, les agradezco también que me permitieran una vez más, comprobar como la música une, facilita, gratifica, construye y genera vínculos que contribuyen y en mucho, a ese objetivo primordial que es la educación: crecer y realizarnos como personas.
Muchas gracias por su esfuerzo! Continuemos trabajando para que la música tenga el lugar que merece dentro de la educación.

Humberto

Spinetta, la música y la ética

Pocas palabras para quien siempre va a estar, aunque se haya ido.
Muchos de quienes me conocen, me asocian fundamentalmente con la música “clásica”, cuestión que contradigo habitualmente, sugiriendo que me asocien (si es que desean hacerlo) a la música “buena”, buena por su calidad. Rock, folklore, tango, étnica, clásica, etc. son todas músicas igualmente importantes si se hacen con calidad.
Hoy me detuve a ver un poco la televisión, cuando se refería a la muerte de este gran artista del rock nacional y más allá de su exitosa y merecida historia, me cautivó escuchar una frase de uno de sus vecinos: ”el “flaco” trajo la ética a la música”. No soy fanático ni un estudioso del rock, por lo cual ignoro muchas cuestiones acerca del tema, pero ver algunos de sus videos o al escucharlo, me permitió apreciar a través del tiempo, la calidad de su música, de su poesía y hoy también, de su capacidad como dibujante.
Quienes hablan de él, sean colegas, público o músicos de otros estilos, reconocen su calidad, tanto en la composición como en la interpretación. No es éste el lugar ni es mi interés para hablar de su arte, sino que la intención es enfatizar dos o tres aspectos de su personalidad que permiten apreciar que, los caminos de la fama (entendida como trascendencia), no necesitan la falsa popularidad basada en la apelación a los bajos instintos, la violencia o los exabruptos aplaudidos por quienes comercian con ellos, ni las agresiones y manifestaciones que apelan a la masividad, a la grosería y a la falta de educación.
El “flaco”, sin dudas, trascendió por su calidad musical, poética y artística, pero creo que más aún por su calidad humana, que permite decir que no sólo llevó la ética a la música, sino que ha llevado la música a la ética, ya que ésta fue su modo de vida y el arte su forma de expresarla.
Quienes enseñamos música deberíamos acudir a ejemplos como éste, sin pretender cautivar a los niños con el facilismo, con el “triunfar como sea”, engañándolos con el éxito fácil y haciéndolos imaginar que el éxito es sólo atraer multitudes con productos que simplemente “están de moda”, actitud justamente reñida con esa ética que caracteriza a los grandes.
Varios psicólogos, psiquiatras y estudiosos de las etapas evolutivas del ser humano coinciden en que la mejor forma de enfrentar la muerte es vivir una vida íntegra: Irving Yalom en su libro Mirar al Sol sostiene que, tratar de ver la muerte de frente es tan difícil como mirar al sol; se explaya en relatar casos vividos con sus pacientes quienes, al comprender donde están los reales valores de la vida humana, adquieren la capacidad de mirar a esa muerte a pesar de su dificultad.
En forma personal, creo que más allá del dolor de la muerte, quien nos dejó, gracias a su ejemplo y su forma de vida, debe haber pasado ese tránsito último de su existencia, con la tranquilidad de haber conservado la ética, actitud reconocida por quienes lo conocían bien y que no necesitó de comentarios de “autobombo” o alharacas de honestidad.
En la pantalla había una leyenda: “gracias por tu poesía”; me permitiría ampliarlo diciendo “gracias por tu vida”, por el ejemplo dado a sus semejantes por medio de la música, la poesía y el arte, como muestra de una existencia que consciente o inconscientemente educó, porque educar no es sólo transmitir conocimiento, sino crear conciencia de los valores trascendentes.
Ojalá qué, para quienes lo rodeaban, esta despedida sea ilumine por el ejemplo de su existencia. Muchas gracias.

Las nuevas formas de comunicación

He hablado muchas veces que la música es una forma de comunicación. En esto no hay una opinión unánime, ya que hay quienes opinan que no necesariamente es tal. Sin embargo, quiero plantear que esos medios de comunicación – como todos sabemos – se han incrementado en forma exponencial en los últimos tiempos gracias a la electrónica y sus derivados, en una modificación constante, tal como le ha ocurrido a la música. Aprovechando estas nuevas formas de comunicación, quiero comentarles que mis palabras aparecerán de aquí en más también en Google+ otra nueva forma de comunicarse y tender puentes entre los seres humanos.

Mucho hay para hablar y discutir si estos medios son “comunicacionales” o “descomunicacionales”. Creo que los medios no determinan nada, sino que lo que los determina es el uso que cada uno de nosotros les da. Todo aquello que contribuye a conectarnos, a intercambiar ideas y a compartir, es positivo. He tenido la suerte de recibir comentarios de personas que no han estado de acuerdo con mis publicaciones y sin duda eso nos ha enriquecido a ambos e incluso probablemente a quienes nos han leído.

Cómo Uds. saben, el blog tiene arriba a la derecha una forma de conectarse con las redes sociales, simplemente apretando el botón correspondiente.

Sin embargo, algo hay que defiendo con mucha convicción: además de todas estas formas de comunicación, aquella que es la más antigua, la más tradicional, la menos tecnológica, pero la más cálida, el contacto humano, es la más productiva para aquella idea educativa, donde educar es formar, ayudar a crecer y por sobre todas las cosas contribuir a formar el pensamiento libre.

Creo que las dificultades que observamos en la educación en este momento, surgen no sólo de carencias técnicas en algunos lugares o de falta de capacitación o de desinterés; surgen porque se está perdiendo ese contacto humano, donde el alumno siente al docente como una persona que se interesa en él, que lo ayuda y que cumple realmente con la misión de enseñar.

Si quienes enseñamos pudiéramos realizar esa tarea integrando la palabra amor en ella, no sólo contribuiríamos en mayor medida a la educación, sino también a la prevención de la salud, ayudándonos a todos a sentirnos más humanos. Ayudados por la tecnología, sin ninguna duda, pero siendo más humanos. Tengamos cuidado de no invertir el orden y poner “el carro delante del caballo”: la tecnología, la computación, internet, las redes sociales, los medios de comunicación, son sólo herramientas: su valor está dado por el ser humano que las ha de aplicar.

Un gran saludo.

Los deseos para el 2012

Estimados lectores, espero que el año que comienza les depare mucha felicidad y que todos sus deseos se vean cumplidos.

Pero deseo también que todos podamos volver al camino de la reflexión, del desarrollo personal basado en el conocimiento, en el reconocimiento del otro, en el entender que debemos trabajar en equipo, aprendiendo a escuchar y a respetar las ideas de quien comparten nuestro equipo y también aquellas que pertenecen a otros grupos.

La humanidad ha avanzado gracias al disenso. El intercambio de las ideas genera tensiones, altera el equilibrio y en ocasiones puede generar problemas. Sobrellevar las tensiones, aceptar el desequilibrio y solucionar los problemas es la misión de cada hombre y cada mujer cuando desean avanzar y trascender.

Ojalá que este año 2012 nos permita entender al otro, aceptarlo y comprenderlo como parte indispensable del mundo que debemos vivir; que nos traiga humildad y que podamos hacer nuestras las palabras: “Unidad en la diversidad”.

Muchas gracias, muchas felicidades

La educación musical y la moda

Algunas conversaciones con colegas y/o con estudiantes, me llevaron a escribir este artículo relacionado con la moda en la música y más aún con la moda en la educación musical.

Muchas veces, los seres humanos tendemos a “liberarnos” de los problemas actuales, utilizando para ello cualquier recurso a nuestro alcance, sin darnos cuenta que ese problema puede reproducirse, ampliarse o traernos nuevas complicaciones (a nosotros o a nuestros semejantes) en el futuro cercano o lejano.

Tal vez se pregunten que tienen que ver las dos primeras frases entre sí: no se preocupen, no estoy divagando; simplemente estoy ligando dos ideas que creo son convergentes: la “moda” y el “facilismo”. Vamos a verlas por separado, antes de unirlas para alertar por el peligro – que a mi entender – generan dentro de la educación:

MODA:

Según el diccionario de la Real Academia Española: (Del fr. mode):

  1. Uso, modo o costumbre que está en boga durante algún tiempo, o en determinado país, con especialidad en los trajes, telas y adornos, principalmente los recién introducidos.
  2. entrar en las modas: seguir la que se estila, o adoptar los usos y costumbres del país o pueblo donde se reside.
  3. estar algo de moda: usarse o estilarse.
  4. pasar, o pasarse, algo de moda: perder actualidad o vigencia.
  5. salir una moda: empezar a usarse.

Las definiciones y mi propia vida, me llevan a compartir algunas ideas:

  1. en ningún momento la definición de moda incluye las palabras calidad, crecimiento, desarrollo u otras que tuvieran que ver con el progreso.
  2. parece referirse a algo ambigüo, no preciso, sin causa o responsabilidad aparente, pero que tiende a instalarse en nuestra vida con una fuerza que guía y determina nuestros pasos y nuestra conducta.
  3. pero que además, es efímero. Y tiendo a imaginar que ser efímero es condición intrínseca para ser moda, porque si no lo fuera, perdería las cualidades que la definen como tal.
  4. que “estar a la moda”, es imaginar que poseemos una serie de objetos, rituales o acciones; sin darnos cuenta en ocasiones, que somos poseídos por esos objetos, rituales o acciones y que en cualquier momento y por su ser efímero, nos abandonarán, dejándonos en una permanente búsqueda de “nuevas modas”.
  5. que en muchas ocasiones la moda no pasa por una cuestión de decisión, sino de compulsión o acomodamiento.
  6. por último y para ligarlo con nuestro tema principal, que cuando sólo usamos “música de moda”, no siempre tomamos conciencia, que en realidad es esa música la que nos utiliza a nosotros.

No estoy en contra de la moda: la vivo y muchas veces la disfruto: estoy en contra de la moda no pensada, de la moda que masifica, de la moda que “nos posee”.

Éste no es un escrito filosófico o sociológico (no tengo conocimientos para enfocarlo desde esos puntos de vista), pero tiene que ver con la educación y creo que la moda está muy relacionada con ella: cuando enseñamos a pensar, a discernir, a elegir – y eso lo hacemos educando – podemos o no estar a la moda, podemos optar por lo que sí está de moda o por lo que no está de moda: entonces la moda deja de ser algo ambiguo, abstracto y sin responsables y pasa a convertirse en una decisión, pensada y asumida por cada uno de los que la viven.

FACILISMO:

Según el diccionario de la Real Academia Española:

m. Arg., Cuba, Ec., Hond., Ur. y Ven. Tendencia a hacer o lograr algo sin mucho esfuerzo, de manera fácil y sin sacrificio.

No pienso que todo debe hacerse con enormes esfuerzos, sacrificios, sin disfrutar y sufriendo en cada instancia, como ocurría hace unos años, sobre todo en la educación. Por el contrario, creo que la educación debe ser amena, divertida, un lugar de descubrimientos y un proceso donde todos aprenden: alumnos y profesores que caminan juntos por un sendero donde crecen y se van formando. Nadie “está formado” en una especialidad, todos nos “vamos formando” en los aspectos del conocimiento que elegimos. Recordemos que “no somos”, sino que “vamos siendo”.

Pero si bien creo que educar es aprender, formar, disfrutar, divertirse, etc. no creo que el camino adecuado sea ingresar en lo que llamamos “el facilismo”. Nuestra vida esta signada por el esfuerzo, cosa que vemos hasta en las etapas más sencillas y cotidianas: nacemos con esfuerzo, nuestros dientes nos representan esfuerzo, relacionarnos con otros puede serlo, independizarnos también lo es. Todos placeres que contribuyen a nuestro bienestar, pero que implican esfuerzo.

Acudir al facilismo, implica denigrar el aprendizaje, desnaturalizándolo y quitándolo del contexto de la vida; ayudar es lógico; abrir puertas, deseable; compartir experiencia, excelente; pero aceptar y enseñar por medio del “facilismo”, no sólo interrumpe el proceso de aprendizaje, sino que opera en sentido contrario, llevando al alumno y al profesor a “desaprender”.

Ahora sí relaciono todo esto con la enseñanza de la música: cuando sólo enseñamos lo que está de moda porque “a los chicos les gusta” o “se divierten”, estamos dejando de cumplir nuestro rol de guías del aprendizaje: al hacerles cantar sólo las canciones que están de moda, nunca podremos mostrarles que existen otros mundos que vale la pena explorar.

Tampoco tengo nada contra la música “de moda”, sea música tecno, cuarteto, salsa, cumbia, fusión, etc. Toda la música estuvo alguna vez “de moda”. Creo que el peligro está en la unión de “la moda” con “el facilismo”; está en recostarse en aquello que es fácil y rápidamente aceptado porque no implica esfuerzo. Todas las visiones parciales son facilistas, porque nos libran del placer (y del deber) de elegir; para elegir hay que poder pensar, conocer, reflexionar y decidir. O sea, asumir responsabilidades, no como una carga, sino como parte de nuestra esencia de seres humanos.

Concluyo con una frase de J. Baudrillard (filósofo y filólogo francés contemporáneo):

No hay un progreso continuo en esos ámbitos: la moda es arbitraria, pasajera, cíclica y no añade nada a las cualidades intrínsecas del individuo. Del mismo modo es para él el consumo un proceso social no racional. La voluntad se ejerce – está casi obligada a ejercerse – solamente en forma de deseo, clausurando otras dimensiones que abocan al reposo, como son la creación, la aceptación y la contemplación.

Está en nosotros, como docentes y más como formadores del arte – tan  íntimamente relacionado con la personalidad – ver si podemos convertir el consumo en un proceso racional, a transformar el puro deseo en creatividad, reposo y reflexión y a lograr que además de disfrutarla, la moda pueda ser un factor más de desarrollo de nuestras cualidades.

El docente y los grupos III

Continuando con el tema del escrito anterior, me gustaría profundizar un poco en el segundo interrogante planteado: la situación del docente frente al grupo y sus variantes relacionadas con la cohesión del mismo.

Ante todo quiero aclarar que en forma premeditada utilicé en el escrito anterior las palabras: “con el grupo” y ahora “frente al grupo”. Quería marcar específicamente la diferencia que no sólo es semántica sino de actitudes. Muchas veces decimos que el docente se para “frente al aula”, sin reparar que el aula es una cosa, que no necesariamente se para y que dentro de ese aula hay individuos que no deberían ser cosificados.

Que el docente esté “con el grupo”, brinda a esa relación una característica más cercana, más humana, más perceptiva que permite a todos los participantes del aula (la cosa que contiene), percibir, comunicarse, entenderse y aceptarse (en definitiva vivirse), con mucha mayor aceptación del otro. Todo grupo contiene subgrupos, en los que puede o no intervenir el docente, pero de los cuales él debería estar “avisado”, para colaborar con los posibles conflictos que surjan.

Debería también tener conciencia que él y la relación con cada subgrupo, con cada alumno o con todos en general, conforman diversos niveles de relación que son particulares en cada caso, pero que tienen un patrón común: el docente, que pertenece a todos ellos, además de pertenecer también al conjunto (grupo formal o informal) de los profesores.

Imaginemos por un momento una orquesta: la orquesta es un sistema, que tiene subsistemas (las cuerdas, los vientos, la percusión, etc.). Dentro de cada uno de ellos puede haber grupos, que además de su función específica (violines primeros o segundos, violas, etc.), pueden estar o no articulados como grupo. Por otro lado podemos encontrar grupos menores formados ad hoc: cuartetos para obras específicas, dúos, etc. y por supuesto afinidades personales que influyen (querámoslo o no) en la conformación de la orquesta y en su resultado final.

Obviamente el director no puede estar al tanto (o sí) de cada uno de los grupos que se manejan dentro de cada uno de los subsistemas, pero no caben dudas que cuanto más conozca de la articulación humana dentro del organismo, mayores resultados podrá obtener, simplemente por el mejor aprovechamiento de las relaciones que subyacen al ente “orquesta”.

Un aula es eso: una gran/pequeña orquesta, cuyo director puede decidir estar integrado al grupo o imaginar que puede conducirlo “desde afuera”, sin involucrarse emocional y perceptivamente con el grupo y con los individuos que lo forman.

El docente y los grupos II

Hablamos de las características de un grupo y del tema que debería preocupar a cualquier docente: si estará o no frente a un grupo. Tal vez deba explicar la importancia de la cuestión en la dinámica diaria del aula. El tema plantea dos opciones interesantes para su análisis:

a) ¿cuál es el grado de cohesión del grupo y cuán dispuestos a trabajar en forma conjunta: son o no son un grupo?

b) ¿cuál es el rol del docente frente a las distintas formas que adquiere ese conglomerado de personas que están junto a él en el aula, para una tarea que durará por lo menos 9 meses?

El primer punto es sencillo para ser comprendido: pocos dudarán que con un grupo que funcione como tal, donde todos se conozcan y se respeten en sus individualidades (mutua representación interna), donde todos apunten a un objetivo común, estén juntos el tiempo y en el espacio adecuados y reconociendo las tareas que deben llevar a cabo, el proceso de aprendizaje será más sencillo y más efectivo.

El segundo vuelve a plantear interrogantes: ¿cuál es el rol del docente frente a las diversas forma que adquieran los alumnos como conjunto de personas? y tal vez más importante aún: ¿se considerará el docente parte del grupo, compartirá sus vivencias, entenderá sus inter-relaciones y considerará a cada uno como un “otro” que no debe ser masificado sino respetado en su identidad? Esta pregunta, necesita de lo expresado en el punto anterior, para adquirir sentido y ser de utilidad.

En un aula de música, el docente puede formar un coro, hacer cantar un grupo acompañado de guitarras, crear una banda, generar grupos de improvisación, etc. todas actividades prácticas esenciales para el aprendizaje de la música. Poder vislumbrar las características del aula como grupo, tiende – al menos lo considero así – a facilitar cualquiera de esas actividades, donde no sólo existirá un aspecto cognitivo, sino también un compromiso psicomotriz y por sobre todo emocional y perceptivo.

 

El docente y los grupos

Muchas veces, cuando entramos al aula, pensamos cual va a ser el grupo con el que nos vamos a encontrar: ¿será un grupo que nos haga caso?, ¿se portarán bien?, ¿serán atentos?, ¿aprenderán rápidamente? etc. Algunas veces tenemos referencias de otros docentes, otras nos enfrentamos con perfectos desconocidos y en algunos casos, continuamos con nuestros propios grupos de otros años, pero probablemente ya con cambios.

Pocas veces consideramos que nos vamos a encontrar con un grupo o suma de individualidades, con sus propias normas individuales, pero también con las normas que subyacen a cualquier relación grupal. Esta visión, desde mi punto de vista, cambia notablemente el espectro de preguntas que podríamos hacernos frente a esos alumnos.

Si atendemos a las características que conforman un grupo, vemos que, según el destacado psicólogo social Pichon Riviere:

un grupo es un conjunto restringido de personas que, ligadas por constantes espacio-temporales y articulado en su mutua representación interna, se propone en forma implícita y explícita una tarea que conforma su finalidad, interactuando a través de complejos mecanismos de asunción y adjudicación de roles”.

Esta definición plantea múltiples aspectos: “conjunto restringido de personas”, “ligadas por constantes espacio-temporales”, “articulado en su mutua representación interna”, con “tareas implícitas y explícitas como finalidad”, con “complejos mecanismos de asunción y adjudicación de roles”, que nos deberían llevar a la primera de las preguntas: ¿cuándo entre al aula, me encontraré con un grupo que responde a estas características? o ¿será simplemente un conjunto de personas que actuando en forma desarticulada, conviven en un aula varias horas por día?

Para cualquier docente estas preguntas pueden ser importantes, pero para un maestro de música son fundamentales, ya que la mayoría de su trabajo será un trabajo grupal, ya sea por grupos pequeños o con la participación de toda la clase.