sep 19 2007
La razón y la sensación – la formación del criterio
Estuve observando por un canal de cable una clase magistral de piano que dio Daniel Baremboim. No cabe ninguna duda que era un placer observar su dinámica para la clase, su agudeza mental y por sobre todo su sensibilidad, que le permitía detectar hasta la más mínima imperfección y ejemplificar la corrección con absoluta precisión.
Obviamente que su dedicación estaba puesta en sutiles detalles de interpretación y luego de una serie de correcciones que tenían que ver con la dinámica, la articulación, el toque, el fraseo, etc. hubo una parte donde le preguntó al alumno porqué ejecutaba un pasaje de determinada manera.
El alumno contestó rápidamente: “porque me gusta”. Baremboim, muy amable pero firmemente le dijo que esa era una respuesta no válida, que debía tener una fundamentación musical e insinuó que la interpretación no podía someterse al gusto personal, sino a las normas y reglas que dictan la tradición y el estilo de cada compositor.
En lo particular, soy un acérrimo defensor de los estilos, de analizarlos y tratar de recrear la música con la mayor fidelidad posible. O sea que me brindó mucha satisfacción comprobar como el maestro no aceptaba la ingerencia del gusto individual en la interpretación.
Hace muchos años, vino un cantante para que lo escuchara con motivo de tener que dar un concierto. El mismo tenía un programa ecléctico que respetaba el orden histórico. Comenzaba con Bach, luego Haendel, Schubert, Mendelssohn, Faure, Guastavino, etc. Sus interpretaciones de los autores románticos me parecieron muy buenas, pero cuando se internó en las arias de Bach, el estilo no había variado ni un ápice. Cuando le observé que eso estaba fuera de estilo él me dijo: “lo que pasa es que lo siento así”.
Fisher, un excepcional jugador de ajedrez, en ocasión de un campeonato mundial, sorprendió al mundo con una jugada, tan inesperada, que en un principio todos los analistas pensaron que había sido un error. Se había apartado de los cánones tradicionales y sólo varias jugadas más tarde, se pudo percibir su profundidad de pensamiento para saltar los lineamientos tradicionales y generar una genialidad.
El propio maestro Baremboim – que nos brinda excelentes y deliciosas interpretaciones pianísticas – no concuerda muchas veces con otras interpretaciones de artistas de su talla.
He traído este tema a colación, para relacionarlo con la responsabilidad de maestro, responsabilidad que existe desde los primeros pasos de la enseñanza.
Para que podamos reflexionar acerca de que brindamos, como lo brindamos, que esperamos del alumno y por sobre todo, como vamos – además de su formación musical – formando su criterio, su capacidad de análisis y sus posibilidades de elección.
Lo considero un tema apasionante, que me di cuenta que necesitaba compartirlo con Uds.

La razón y la sensación – la formación del criterio
Un interesante planteamiento sobre la decisión de la aplicación de un estilo propio a una interpretación musical. ¿Hasta donde llega la responsabilidad de un profesor?
Encuentro en esta reflexión la duda existencial de todo docente. Duda que nace en la propia formación y perdura en la formación de sus discípulos. Refiriéndome al piano, puesto que Barenboin en la referencia, me parece importante entender que la formación de cada uno de nosotros es continua, permanente dado que no se pueden conocer todos los estilos por haber estudiado una o dos obras del mismo. Durante años, muchos “grandes maestros” equivocados llenaron la fantasía de ideas erróneas acerca de muchas técnicas y estilos. La principal barrera a vencer eran las mismas partituras, casi todas de la editora italiana Ricordi. Todo estaba (y lamentablemente sigue estando) teñido de pedales inexistentes en el original, digitaciones clavecinísticas, dinámicas inventadas por el revisor y tantos etcéteras que no viene al caso completar.
Es triste convivir con gente que le pone pedal a Bach (“el” Bach) y encima, lo toca en el piano. No porque no sean simpáticos, sino porque siguen sembrando la semilla equivocada. (La historia y la ciencia fácilmente lo demuestran). Me gustaría invitar a todos ellos a una cena donde por plato serviría rabas de calamar fritas. Y cuando encuentren en el plato arandelas de goma bañadas en pan rallado con una fritura de aceite de automóvil les responderé: es lo que tenía a mano, no conseguí rabas ni aceite comestible, pero las freí con un gusto…. en la mejor freidora, con control preciso de temperatura, batea inoxidable y autosecado.
Este comentario apunta a apoyar las ideas del maestro Humberto López agregando que todo aquello que el maestro Barenboin pudo haber señalado tambíén distaba enormemente del “original” porque todo lo que él hace no debiera hacerlo en estos pianos modernos espectaculares, hermosos en forma y sonido, absolutamente impensados para Beethoven, soñados para un Chopin que nunca los conoció y aprovechados espléndidamente por los compositores del Siglo XX.
También en el detalle original de las posibilidades del sonido de un instrumento está la enseñanza del maestro.
Gracias por permitirnos participar de este Blog al que le auguro el mejor de los éxitos.
Estimado Mto. Griggio, muchas gracias por su comentario. Aemás de estar teñido de un saludable humor y de comparaciones que no cabe duda son muy ilustrativas, sus opiniones no sólo enriquecen sino que ilustran. El punto que siempre me deja pensando (y sigo sosteniendo mi opinión que coincide plenamente con la suya), es que a través de la historia, muchos músicos tomaron obras de otros músicos y las transformaron, buscando embellecerlas o darles otra forma. El propio Bach en sus trascripciones para órgano de los conciertos de Vivaldi, peca un poco de utilizar música escrita según un criterio y transformarla en otra cosa (aunque parecida). En algo le doy la razón: esto es la duda existencial de todo profesor.
Muchas gracias, por la colaboración y por el aliento.
Estimado Herver, interesante y comprometedora pregunta. Creo que más allá de la discusión posible, la responsabilidad del profesor llega hasta el punto de obrar con la mejor fe posible, tratando que sus alumnos crezcan y puedan elaborar su propio criterio. Creo que el profesor marca senderos. El alumno los transita y en ese transitar va descubriendo nuevas vías. Si el profesor lo comprende, lo acompaña y se autoobserva para ver hasta donde es capaz de acompañarlo honestamente, su responsabilidad estará salvaguardada.
Como todo, es un problema de honestidad profesional. . .