Interrumpiendo mi secuencia de artículos relacionados con el coro en la escuela, deseo insertar este comentario que surge de una muy interesante vivencia experimentada al reunirme con un compositor y docente argentino que ha provocado en mi un fuerte impacto por sus concepciones acerca de la música, el pasado, el futuro, el universo y la vida misma: el Maestro Alejandro Iglesias Rossi. Tuve el honor de recibir un obsequio de sus manos correspondiente a una grabación de su “Orquesta de Instrumentos Autóctonos y Nuevas Tecnologías”, perteneciente a la Universidad de Tres de Febrero, donde también es director de una Maestría en Creación Musical, Nuevas Tecnologías y Artes Tradicionales. (www.untref.edu.ar/posgrados/posgrados_16.htm)
Leyendo los comentarios que acompañan a la grabación y luego de conversar con él, quedó en evidencia una palabra que me pareció fundamental: el compromiso. Y así como algunas veces una idea subyace en nuestro cerebro por días, semanas, meses hasta que un día surge como una revelación, así uní dentro de mi mente esa palabra que tanto he utilizado con mis alumnos, con mis pares y con quienes me rodean, en una íntima y indisoluble ligazón con la música.
En una sociedad “light”, donde muchas cosas se conforman desde el “más o menos”, o desde el “no importa” o donde el patrón de referencia es el “me gusta o no me gusta”, encontrar una persona, un músico, me trae nuevamente el uso de la palabra “Light”, pero no como liviandad sino como Luz.
Compromiso con el pasado, con las raíces, con el yo, con la Música, con el otro, con el futuro, con el alumno, con el enseñar y con el aprender, con el crear y con el Creador, con lo que fue y lo que será, con la magia del viento y el agua, con el ser que habitó las tierras que ahora pisamos nosotros y con aquellos que nos sucederán.
Pero no un compromiso adusto de dedos que señalan y de fríos encorsetamientos, un compromiso de energía, de pasión, de entrega, de alegría.
Siempre sostengo y en algún momento volveré a escribir sobre ello, que una de las formas más fecundas de aproximar al individuo a la música es la composición y la improvisación. No la composición de Mozart (maravillosa por cierto), sino la que surge de la intimidad de su ser, utilizando el sonido, esa “circunstancia” omnipresente que nos envuelve cada día, que nos comunica y nos une.
Un niño compone música y para eso no necesita conocer reglas tonales, ni escalas de quintas, ni poder marcar complicadas fórmulas rítmicas escritas en un papel: simplemente hace música con los elementos que más a mano tiene, comenzando por su propio cuerpo. El Maestro Iglesias Rossi experimenta algo similar desde el ángulo del conocimiento desde los instrumentos de los orígenes junto a los instrumentos del futuro. Una sabia combinación del antes y después que encierra el presente, basada en el conocimiento de lo que no necesitó utilizar para expresar la creación sonora.
Me permito para terminar citar algunas frases del Maestro Iglesias Rossi, tomadas de sus comentarios a la grabación mencionada anteriormente:
“Componer debe implicar un compromiso total”
“La noción de competencia es ajena a la búsqueda interior”
“Cada alumno es un desafío, cada uno de ellos es único y la forma que debemos establecer para ayudarlos en su crecimiento interior también debe ser única”.
Todo esto me hace pensar en la maravillosa consecuencia del compromiso: la libertad.
La libertad interior, aquella que buscamos cuando enseñamos música, cuando buscamos romper las ataduras y derribar las barreras que aislan y someten a los humanos, cuando buscamos restaurar el concepto de “unidad en la diversidad”.
Murray Schafer escribió:
“Para el niño de cinco años, el arte es vida y la vida es arte. Para el de seis, la vida es vida y el arte es arte. El primer año de escuela es un jalón en la historia del niño: un trauma”. (El Rinoceronte en el Aula, pag. 14; Ed. Ricordi)
Este duro comentario responde a una realidad de duros acartonamientos, donde las máscaras buscan protegernos hasta de nosotros mismos. Es necesario que esa transformación ocurra, desde la óptica de quienes necesitan preservar un “statu quo”, de tradiciones mal entendidas y de futuros inciertos.
Dije muchas veces que la música nos prepara para la incertidumbre. Que esa incertidumbre es una cotidianeidad. Pero me permito agregar que en circunstancias como la presente lo hace desde la certeza del compromiso, desde la verdad del origen, desde la fusión de lo que nos rodea en el tiempo y que da identidad a nuestro presente.
Agradezco haber podido capitalizar la experiencia de conocer la actividad del Maestro Iglesias Rossi, porque contribuye a formar las nuevas dimensiones donde creo debe instalarse la enseñanza de la música.
La música desde el compromiso
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