No hay dudas que – en forma aparentemente inexplicable – los seres humanos adoptamos costumbres que, aunque parecen “placenteras” o “agradables”, terminan perjudicándonos y a veces, matándonos. Si pensamos en el cigarrillo, las drogas, la bebida y muchas otras formas de “gratificarnos” en apariencia, pero que en el fondo nos conducen a la destrucción, podemos apreciar la realidad de esta paradoja.No soy psiquiatra o psicólogo para conocer acerca de los recovecos de la mente, pero cuando digo esto, sólo me refiero a una realidad tangible que vemos día a día. Autos que chocan y nos matan, pero dentro de los cuales seguimos conduciendo en forma irreflexiva o sin respetar las normas de tránsito. . . Vale la pena seguir enumerando?Creo que no, pero sí, incluir en esta categoría (la de los placeres destructivos) a la contaminación sonora, a esos hábitos que va adquiriendo nuestra sociedad, queriendo cada vez más volumen, sin percatarse (o haciéndolo) de lo destructiva que esa actitud resulta para nuestra vida.Los jóvenes que dentro de una discoteca reciben una andanada sonora en la cual se sienten muy cómodos (en realidad ocurre así, porque a fuerza de recibir “impactos sonoros” son en gran cantidad hipoacúsicos, los conductores que utilizan bocinas que aturden, creyendo que de esa manera pueden solucionar algo (creo que sólo dan rienda suelta a su ansiedad) o las construcciones de todo tipo que con sus máquinas nos aturden día a día, sin que nadie (ni siquiera los organismos encargados de ello) hagan algo para solucionarlo.Creo que los músicos, los maestros de música y todos aquellos que trabajamos con los sonidos, deberíamos tener un papel más activo en colaborar para formar a los niños en una “cultura del silencio”, en encontrar el placer de la tranquilidad y en aprender, por sobre todas las cosas a escucharnos a nosotros mismos y a “oír el silencio”. Me permito reproducir a continuación un artículo tomado de Clarín.com del día 19 de septiembre del corriente, que habla específicamente de esta “polución” que nos invade cada día en forma sigilosa pero ostensible.Su autor, Marcelo A. Moreno, hace un hermoso reconocimiento al silencio y a la música. Creo que los músicos, deberíamos leerlo con atención y reflexionar acerca de él. El bochinche urbano y la música en paz
Marcelo A. Moreno
mmoreno@clarin.com
El otro día fui a escuchar al prodigioso intérprete Luis Salinas, un caballero de hablar suave que, con deslumbrante pericia, puede hacer gemir, reír, llorar o gritar a una guitarra.
“Gracias por el silencio”, fue el reiterado reconocimiento del artista hacia el público. Y lo explicó. Dijo que si había silencio “se podían oír notas chiquitas, que si no, se pierden”.
Vivimos en una ciudad atronada por el auge indeclinable de la construcción y sus sierras mecánicamente infernales, surcada por colectivos y camiones que juraría que no cumplen estrictamente con las normas sobre el nivel de decibeles que pueden emitir, recorrida por motos y motitos que ídem, donde a nadie le da cosa pegar bocinazos y en la cual muchos juegan a derrapar o arrancar con estrépito.
Eso sin contar con que los porteños, como los napolitanos, tenemos una inclinación natural a comunicarnos a grito pelado.
¿Sufriremos en masa de alguna tara infantil que vincula el silencio con el terror? Lo cierto es que a muchos les cuesta horrores arrancarse el iPod o el celular de las orejas. Y a los que van a escuchar un concierto, seguro que les ataca la irrefrenable tos, más en los intervalos pero también en la función.
Desde luego solemos detestar saludablemente aquel “¡Silencio!” cuartelero impuesto por algún vozarrón docente en alguna patria de la infancia. Y sabemos que por pura biología, cuanto más decenios, más ruidosa nos parece la música nueva. En su tiempo a Los Beatles los denostaron por bochincheros y el emperador José II de Austria reprochó “¡Demasiadas notas, Mozart!” al compositor angélico por la obertura inigualable de “El rapto en el serrallo”.
Pero, por ahí, vale la pena probar con el silencio. El que reina, por ejemplo, cuando todo se apaga, en algún lugar en el que prime la naturaleza. Lo primero que se notará es que el silencio está poblado de sonidos, de susurros casi imperceptibles, rumores secretos y de “notitas chiquitas”, todo lo cual suma una especie de quietud que parece cubrirnos con un manto luminoso muy parecido a la paz. Sólo por eso, vale la pena la experiencia.
bea comentó:
Estimado Maestro y colegas educadores, mientras daba clase hoy con un grupo de chiquillos muy entusiasmados con Pedro y el lobo, siguiendo cada uno su guía de audición con dibujos, no pude olvidarme de esta nota y otras tantas charlas entre colegas, Pedro sale de la casa de su abuelo, las cuerdas y su bella melodia acompaña-
da por el arranque de una moto frente a la ventana de nuestro salón de música, no me envidien colegas yo tengo salón de música con dos hermosos ventanales orientacion norte, bueno…. sobre una avenida que hace esquina con otra avenida, de pronto el oboe inicia su discurso y uouououo………….. una ambulancia( necesidades mayores…no siempre) y entre bocinas, el camión descargando gas-oil en la estacion que da frente a nuestro salón, terminamos nuestra clase sabiendo que la flauta hace pi—pipipi, el oboe uouououo………….las trompas representadas por los shhhhhhhhhhhh de los colectivos he descubierto que vivo en una orquesta urbana, lástima nos estamos perdiendo el comunicarnos sin gritar.
Humberto comentó:
Estimada Bea, muchas gracias por ayudarme a enumerar los ejemplos que a diario ocurren en nuestra ciudad con respecto a la polución sonora. Estos ejemplos que en este caso perturban y de alguna manera impiden brindar una adecuada clase de música, son parte de las experiencias que a diario vivimos. Y aquí podemos dividir el tema y pensar: por un lado, la cantidad de interrupciones sonoras de alto nivel de decibeles que alteran nuestra vida; por otro, la falta de conciencia de las autoridades educativas (tal vez debería decir de conocimiento?), como para ubicar una clase de música al lado de una calle, con ventanas a la misma, sin considerar que ponemos en riesgo el rendimiento de la enseñanza, que por otro lado exigen que sea adecuada.
Creo que algún día veremos que muchos de nuestros problemas, aunque parezcan diferentes, surgen y acuden a terrenos comunes y que todos están de una forma u otra relacionados con la educación.
Claudio Griggio comentó:
Oh! Otra vez los decibeles nos atacan! Y nuestros oídos se defienden como pueden. La suciedad sonora y la violencia sonora aparecen como fenómenos contaminantes. En realidad no contaminan el ambiente en forma química, como los conocidos contaminantes. Lo que hacen es alterarnos física y psíquicamente.
Nuestro cerebro desarrolló la capacidad de diferenciar el oír del escuchar. Todo se oye pero ¿a qué prestamos atención? Este mecanismo se complementa con uno “mecánico” que es el obturar los conductos auditivos con cerumen.
Pero tanta defensa parece inútil ante la agresividad sonora de la ciudad.
Cuestión de prioridades. Prima el dinero, el bajar costos, sobre la salud de la población.
Si observamos el entorno ruidoso podremos apreciar que casi siempre – no siempre – el productor de ruido y estridencias se protege, de alguna manera, del mal que genera.
Las bocinas están por fuera de las cabinas, las cuales en muchos casos están bien cerradas. Los escapes deben colocarse en igual situación. Quienes trabajan en lugare muy ruidosos se colocan orejeras (aeropuertos, playas de carga, construcción con taladros y martillos neumáticos, etc) cuidando que la ART no tenga que sobrellevar un juicio por accidente de trabajo, pero dejando al transeúnte completamente al descubierto.
Es muy cierto: no hay una educación y un control sobre las normas vigentes que nos proteja de esta contaminación.
Y luego está la suciedad sonora. Que no nos rompe los tímpanos pero nos deja alterados, a veces sin paciencia o sin sueño, mal dormidos o con mal humor. Es aquella que encuentra cansado a nuestro cerebro incapaz de separar lo que oímos de lo que queremos escuchar. Una canilla que gotea, el viento en la ventana, un perro que ladra toda la noche, la radio del vecino que se oye lejana PERO SE OYE, el tránsito lejano. Elementos ruidosos, de baja intensidad, que ensucian nuestro entorno sonoro.
Comentábamos con el Maestro López la imposibilidad de cerrar nuestros oídos, como hacemos con los ojos. Puede ser que en unos cuantos siglos de contaminación desarrollemos ese mecanismo. Estaría muy bienvenido.
Mientras tanto debemos seguir sometidos a la violencia del otro, violencia sobre nuestra imposibilidad de elegir lo que se oye.
Humberto comentó:
Maestro Griggio, además de agradecerle sus opiniones al respecto, que agregan aún más importancia a lo que quise expresar en el artículo de referencia, deseo sólo contestar a una de sus frases (la primera), con la cual disiento un poco: no son los decibeles quienes nos atacan, sino los seres humanos que los producen. Comprendo la forma poética de su escrito, pero hago hincapié en esto, porque si quienes atacaran fueran los decibeles, imagino que serían fáciles de anular o de defendernos contra ellos. Pero como es el hombre que los utiliza, las posibilidades de defensa se restringen, porque entran en juego cosas tales como las que Ud. sabiamente menciona: intereses, egoísmo, falta de sensibilidad, indiferencia ante la salud de otros, etc. Si bien sostengo que esa omnipresencia sonora es la que nos permite brindarle al arte musical la importancia que tiene para los individuos, lamentablemente, también esa persistencia de “suciedad sonora”, es la que disminuye nuestra capacidad de aprovechar las ventajas de la música. ¡La eterna ambigüedad de los seres humanos!.
Muchas gracias por sus palabras y trataremos de ir pensando en como aportar nuestro grano de arena para que nuestros congéneres tomen más conciencia de los peligros de la “polución sonora”.