Este blog no tiene entre sus objetivos la crítica musical. Salvo algunos ejemplos puntuales, no es mi costumbre comentar conciertos. Por lo tanto podemos considerar este artículo como una excepción.
Eso sí, una excepción que se corresponde con otra excepción.
El concierto de la Orquesta de Instrumentos Autóctonos y Nuevas Tecnologías dependiente de la Universidad Nacional de Tres de Febrero y que dirige el Maestro Alejandro Iglesias Rossi, fue una verdadera excepción. Una excepción donde la seriedad, el compromiso, la sutileza, la energía, la concentración, la fe y el respeto fueron la constante, en una conjunción bastante extraña (lamento decirlo) en nuestro país.
Es por eso que desde mi lugar de músico, ser humano y docente, me permito hacer tres comentarios (más que comentarios, sensaciones) sobre la hermosa velada que desarrolló este grupo en el Templo de la Comunidad Amijai en el barrio de Belgrano, sin ninguna duda, digno marco para el evento.
La sensación que el concierto despertó en el músico.
Muchas veces he asistido a conciertos, donde el o los músicos parecen despegados de sí mismos. Incluso en buenas versiones de las obras, vemos su compromiso desde la técnica, su responsabilidad desde el estudio, pero la sensación del “oyente” y sobre todo del “vidente”, es que su música está despegada de su cuerpo o peor aún, que su cuerpo está fuera de su música.
Los quince músicos que componen este grupo tocan con su cuerpo, con su mente, con su alma y eso trasciende. En algún escrito previo he mencionado que es necesario hacer música con el cuerpo y no sólo con los dedos, con el aire o con la boca. Este grupo es una prueba viviente de ello y – esto es lo más loable – todo ese movimiento y esa entrega, no es el desaforado andar del que sólo busca impresionar, o la locura de una posesión, sino parte de un trabajo reflexivo, pensado, estudiado y sentido. Su precisión, su delicadeza de movimientos, su versatilidad, su manejo sonoro, sus planos dinámicos, sus sutilezas sonoras, fueron todas virtudes que me conmovieron profundamente como músico.
Las composiciones de algunos de sus integrantes, entre ellos el director, transmitieron cabalmente el propósito de sus mensajes, haciendo un uso tan correcto de los recursos a su disposición, que cada obra resultó una imagen plena en sí misma, donde todo encajaba perfectamente, sin necesidad de quitar o agregar. Simplemente “eran”.
Por último, sabemos que no todos los directores se arriesgan a tocar mientras dirigen, ya que ello significa sin duda, un gran desafío. Puedo recordar a Mark Deller, que cuando visitó la Argentina en 1979 para hacer “The Fairy Queen” de H. Purcell dejó la batuta, se volvió hacia el público y cantó un aria en su rol de contratenor, a algún notable (Leonard Bernstein en una “Raphsody in Blue”) tocando el piano y dirigiendo, o algún director del barroco que dirige desde el clave, pero no pasan de ser excepciones que precisamente por ello, llaman la atención. Aquí el director bajó “al llano”, asumiendo el mismo riesgo que cada integrante. Creo que eso puede darse, porque él se siente en el llano. Porque su música es para compartir y la comparten, para transmitir y la transmiten. Creo que derribar las barreras que separan al director de sus músicos, es comenzar a derribar aquéllas que separan a los músicos de la audiencia.
La sensación que despertó en el ser humano.
La mayoría de las veces, al ser humano no le importan las texturas, la dinámica, la onda sonora o el sikus; rara vez reflexiona acerca de un pianísimo o del hermoso sostener un sonido que se extingue; no sabe de acordes alterados, de series dodecafónicas ni de escalas pentatónicas; probablemente tampoco repara en la amplificación sutil del platillo ni su combinación con el sonido sintetizado que puede generar ese envolvente caudal sonoro.
Al ser humano le importa la sensación que un conglomerado de pares despierta en él por medio de la música y del sonido. Pensándolo en términos musicales, le importa el impacto sonoro que la obra aporta a su esencia. Y aquí me remito a lo que señalé en los primeros párrafos, ya que este grupo logró ese impacto, porque en él y entre quienes lo conforman circula una enorme cantidad de energía positiva.
Ser humano significa vivencia, la vivencia significa conflicto y los conflictos son necesarios para el crecimiento. Los conflictos se alimentan de energía y esa energía debe ser la energía de la creación, del hecho mágico del nacimiento (o del renacer), que siempre será conflictivo aunque no siempre deba ser desgarrador.
En nuestra sociedad, donde el hombre necesita rodearse de luces y movimientos artificiales, donde teme mirarse, donde reniega del pasado, donde cuando busca, sólo rasguña en lugar de cavar hondo, un concierto que además de música proponga reflexión, proponga conflicto, cuestione y enfrente a sus participantes y al público con sus realidades internas, es una fantástica conjunción de música y filosofía, de pensamiento y sensación que me permite volver a una de las ideas que más aprecio y sostengo como ser humano y como músico: la música va mucho más allá del mero placer estético. Cada música tiene un sentido y una ubicación que la define y que también define a quienes la realizan: desde el coral protestante en una iglesia barroca, la cumbia o el cuarteto en una bailanta de desenfreno, la ópera wagneriana en un teatro romántico, un grupo de sikus, un Berimbau, un órgano francés o un saxo en un bar neoyorquino, nos muestran y delatan seres humanos con creencias, sentires y procederes determinados.
Ese fue el impacto que recibió este ser humano: una comunicación profunda nacida de la creencia y la fe – y no sólo de aquella fe institucionalizada – en el hombre y en los dioses, desde el ámbito de la soledad pero también desde el lugar de compartir la diversidad.
La sensación que despertó en el docente.
Cuando era muy joven, imaginaba que llegaría a ser un director que, con una cierta fama, pudiera llevar a coros y orquestas a interpretar música con gran perfección y claridad estilística. Vivía sólo preocupado por la afinación y la precisión rítmica, por un correcto fraseo, por la articulación, etc. etc. etc. Pasó el tiempo y la vida me enseñó que no iba a ser un director famoso, ni iba a impactar a las masas dirigiendo en las grandes salas del mundo. Mi existencia se dedicaría a enseñar y a enseñar especialmente a quienes no piensan ser músicos, intentando aproximarlos a la música; creo, a esta altura, que en ese cambio encontré una existencia feliz: el enseñar esa música que siempre me deslumbró, y el poder transmitir mi deslumbramiento a quienes no imaginan que pueden hacerla.
Esa fue la otra vivencia en ese concierto de anoche: la docencia. No enseñaron intervalos, ni practicaron el tresillo de semifusa en el compás de dos medios (perdón por la ironía), pero mostraron como se puede hacer música con los elementos circunstanciales, como un fiel reflejo de la fe y de las creencias y probablemente sin pensar demasiado en notas, cadencias o conceptualizaciones teóricas. No hablo de un trabajo “descuidado”, hablo de un enfoque menos esquemático y más vital que las que nos brindan las tradicionales partituras a las que estamos acostumbrados en el ambiente musical.
Acá es interesante plantearse entonces: ¿Qué es enseñar? Podemos discutir mucho sobre ello, pero me interesa señalar que – en mi opinión – enseñar es, entre otras cosas, transmitir incertidumbres, pero incertidumbres esperanzadas, que nos lleven a cuestionarnos en una forma adecuada para la búsqueda de las respuestas; y este concierto podría ser definido como un gran interrogante, cuya respuesta debemos buscarla en nuestro interior. Será privativo de cada uno el dedicarnos a buscarla, reflexionando sobre nuestras propias circunstancias y sobre aquellas que tienen que ver con nuestras raíces y con el universo que nos cobija.
Para concluir, Maestro Iglesias Rossi, hacer música, impactar a los humanos y enseñar a quienes lo escuchan no es poco. Es la magnífica tarea de un músico y docente que intuye e incluye la esencia del hombre.
Imagino que en su gira por Asia – experiencia que está por comenzar – este grupo será uno de los pocos que nos permitirá ser reconocidos en nuestra identidad latinoamericana, y no precisamente como países del “tercer mundo”, sino como “países del mundo” donde no hay primeros, segundos o terceros, sino hombres que deambulamos conformando una sociedad que por sobre todo, debe crecer para acercarse a la Creación.
Gracias por un “uso” tan completo de la música!
Gracias por el placer que logra generar desde lo profundo de uno mismo!