Algunas veces escribo algunas palabras acerca de escritos o “posts” que aparecen en otros blogs. Algunas veces también, me sorprenden algunos de los comentarios que se refieren a música – especialmente aquellos escritos por personas que no son profesionales de ella – en cuanto a las emociones y sensaciones que despierta el arte musical. Todos sabemos que una de las “funciones” de la música, es despertar emociones. Es indiscutible y por otra parte conocido por todos.
Ahora bien, la música no se produce “sola”. La música es producida por alguien y escuchada por alguien. Por lo cual si ubicamos el primer pensamiento de esta manera:
“la música produce emociones en los individuos”
podríamos perfectamente agregarle otra variable:
“algunos individuos, por medio de la música, producen emociones en otros”.
Desde esa óptica, debemos aceptar que quienes hacemos música, provocamos a veces ciertas emociones en quienes nos escuchan, en quienes hacen música con nosotros y también en nosotros mismos.
Tengo plena conciencia que hasta aquí, no he manifestado más que obviedades. Lo que ocurre es que por medio de ellas quiero llegar al punto central de este escrito.
Emocionarse es poner un poco al descubierto nuestra personalidad más íntima. Es permitir que una parte de nuestro “adentro”, surja, se muestre a los demás y de alguna manera nos “exponga”. (No pretendo con esto internarme en la psicología, disciplina a la que admiro mucho y conozco poco). Cuando un músico emociona a alguien con su interpretación, le está proponiendo un momento de gratificación, de disfrute y de alguna manera, de exposición.
Esto, se da, en circunstancias normales, en uno o varios momentos – esporádicos – de la vida de los individuos, cuando escuchamos o participamos de un concierto (aunque también con la tecnología actual, uno puede repetir y repetir hasta el cansancio cualquier interpretación que “emocione”, pero siempre el impacto será cada vez menor).
Pero cuando uno enseña música, tiene un contacto estrecho con sus alumnos y las emociones y motivaciones pueden ser constantes y reiteradas. Aquí nuevamente volvemos al tema que he tratado en otros artículos: que significa enseñar y educar? Si nosotros pensamos en la educación o en la enseñanza simplemente como una forma de transmitir conocimientos, este artículo no tiene sentido. Si vemos ese proceso como parte de la formación de un individuo, que además pueda ser un posible artista, comienza a vislumbrarse nuestra responsabilidad como educadores y empiezan a tener sentido palabras tales como misión, sacerdocio, entrega, etc.
Creo que pensar esto nos desafía, pero a la vez nos alienta a sentir el placer y la significación de la tarea docente. Si lo pensamos desde el alumno que desea y busca ser músico, seremos parte de un camino con un horizonte certero y podremos sentir la satisfacción de haberlo guiado adecuadamente. Si enseñamos en escuelas donde la intención primera de los alumnos no sea dedicarse a la música, podremos gratificarnos al haberlos acercado a los “vericuetos” del mundo sonoro y porque no, tal vez, haber despertado alguna vocación.
Con todos – músicos o no músicos – deberíamos comprender la responsabilidad de su formación y el importante rol que como seres humanos cumplimos en el desarrollo de otros, especialmente de las nuevas generaciones.
La responsabilidad del educador musical
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María comentó:
En alguna parte de nuestras maneras de sentir o apreciar algo, hay un momento indescriptible e intransmisible, a mi manera de ver, y allí la dificultad para hacer que otro sienta lo mismo o lo propio y quizá también la dificultad para enseñarlo, pero cuando se ha llegado a ese punto de emocionarse por una melodía, una voz, una letra, una pincelada, de sentir algo especial en la piel o en lo más recondito, quisiera uno poder lograr que otro viva esa maravilla, (porque no se puede ser tan mezquino) y se llega a la docencia como un acto de amor. Si ese ser que formamos se alimenta de estas emociones podrá considerarse vivo, y es lo que queremos para cada uno de estos seres. Gracias por estos post que hacen pensar todas estas cosas.
Humberto comentó:
Estimada María, gracias por su comentario. Cada momento es de quien lo siente y el verdadero docente debe respetarlo y procurar arbitrar todos los medios para no invadirlo. Esos momentos deberían ser la consecuencia de ese proceso vital e inimitable que es el de la enseñanza. Enseñanza que debería ser sinónimo de compartir, de intercambios y de comuniones. Creo, a esta altura de mi vida, que enseñar es una misión en la cual se involucran vidas, seres que sienten, tienen expectativas e ilusiones. Cuando muchas veces se habla de “gerenciamiento escolar” (si bien creo que existe detrás de ello la noción de ordenar y sistematizar el área administrativa de la enseñanza), pido por favor que no se compare el colegio a una empresa, donde si el objetivo es fabricar y vender latas de tomates, éstas, una vez hechas y colocadas en los estantes, no se mueven por propia voluntad. En cambio en el colegio “generamos” personas, “compartimos” conocimientos y gracias a Dios, que nuestros productos piensan, se mueven y cuestionan por sí mismos como parte de su seguir creciendo. Muchas gracias a vos por detenerte a pensar. Es maravilloso!
Marigel Riba comentó:
Hola Humberto. Gracias por la respuesta al comentario de tu nota en Igooh. Leí casi todas las notas aquí, y los comentarios, descubriendo con gran alegría el pensamiento de esos docentes jóvenes con tantas ganas de enseñar. Y quisiera saber si puedo incluir en un comentario la nota que te mencionaba, que aunque no se trata de música, tiene muchas coincidencias con sus ideales. Te pregunto porque no se como se manejan aquí, y si lo que sugiero es posible.
Humberto comentó:
Hola Marigel, desde ya que podés incluirla en algún comentario. Creo que eso es lo importante de estos lugares, la comunicación que podemos establecer y que sin duda nos va a hacer crecer a todos. Muchas gracias por tu interés y lo espero.
Marigel Riba comentó:
Hola Humberto. Yo no soy docente, así que inmensas gracias por dejarme compartir este espacio con uds. Escribí el artículo que transcribo abajo a principìo de año, cuando especialmente en nuestro país, salen a la luz todas las falencias de nuestro sistema educativo. Lo hice como madre, pensando como madre, pero sin duda prevalece más el recuerdo de “ex alumna”.
Hoy se lo quiero dedicar a todos esos maestros que a pesar de tanta adversidad, creen en la posibilidad de cambiar algo, o pueden, simplemente, emocionarse al descubir el interés que pueden despertar en los alumnos sus palabras.
A los maestros, con nostalgia
Sobre los recuerdos de la infancia.
“¡No! ¡No! No se corre, se camina”.
Esas palabras suenan todavía hoy, 48 años después, en mis oídos. No me acuerdo de su nombre, pero no me olvido del cariño que había en su voz, ni de su sonrisa, cada vez que en esos primeros días de mi primer grado, me decía esa frase, cuando desde mi banco iba corriendo hasta su escritorio a mostrarle una tarea. Y aprendí, gracias a su insistencia y paciencia. Tanto lo aprendí que muchas veces, ante una situación de ansiedad, de querer llevarme todo por delante, me acuerdo de esas palabras, paro y me digo: no corras, camina.
Ella era así, pausada, tranquila, amable, cariñosa. Nos transmitía serenidad; en sus gestos, en su actitud, nos mostraba sus ganas de enseñar, nos hacía sentir ganas de aprender, y nosotros queríamos aprender. Tal vez ahí, en la pérdida de esa actitud que creaba esa relación especial entre maestro y alumno esté la clave de tanto deterioro educacional, debido quizás al desfasaje que se fue generando década tras década, y en los últimos tiempos más vertiginosamente, año tras año, abriendo una brecha cada vez más grande entre educación y tecnología.
Ahora, la mayoría de los chicos, llegan a la escuela sabiendo leer algunos, manejando computadoras y toda cosa electrónica que pase por sus manos, otros incluso, cuando son más grandes, con más información que los propios maestros en algunos temas. Es como si de a poco se hubiera ido perdiendo esa relación que tiene que existir entre alguien que quiere aprender con quien quiere enseñarle, una relación que implica comprensión, admiración, respeto, de las dos partes.
No puedo señalar las causas de la situación que se vive hoy, creo que en todo el país, por dos motivos: primero, porque hay razones políticas, sociológicas, económicas, y no soy idónea en ninguna de esas materias como para dar una explicación lógica y certera, y segundo, porque sólo quise revivir una época, que fue maravillosa para mi generación, como alumnos, y para la generación anterior, como maestros. Digamos que le hice un entrañable y dulce regalo a mi corazón, a pesar de no recordar los nombres de la mayoría de mis maestras de “la primaria”… Creo que una era Josefina, la de tercer grado, si no me equivoco.
Y claro, tal vez no los recuerdo porque sólo las llamábamos “señorita”, y era una sola por grado. Ella era la “señorita” de todo, de todas las materias. La conocíamos tanto, que con sólo mirarla sabíamos si estaba enojada, contenta, triste, como ella nos conocía también a nosotros. Estoy hablando de una escuela pública y éramos más de treinta. Quizás ellas sabían lo elemental, lo básico, pero nos enseñaban EL MUNDO. ¿Cómo lo lograban? No lo sé, tal vez porque además del cerebro, ponían el corazón, y lógico, nosotros abríamos el nuestro cuando ellas hablaban.
Sí, ya se que siempre hay excepciones, pero no creo equivocarme demasiado si digo que la mayoría de nosotros vivimos la etapa escolar de esa manera y, sin olvidarme de la excepciones, también creo que muchos de nosotros, me incluyo (y me hubiera gustado no hacerlo), no supimos, o no pudimos, o no nos dimos cuenta de lo importante que era transmitirles esto a nuestros hijos, tan “admiradores” de computadoras y maquinitas afines, que les muestran tantas cosas, haciéndoles perder la capacidad de asombro, ya que para ellos todo es natural y normal. Seguramente como padres somos tan responsables como los encargados de manejar la educación, de ese “deterioro educacional” del que le hablaba.
Pero no es lo que más me preocupa, porque eso tiene solución, si los que están preparados para enseñar le sacan LO MEJOR a ese avance tecnológico, y si nosotros (ojalá que sí…) podemos hacer que los chicos estén dispuestos a recibirlo.
Por ahora, creo que probablemente los jóvenes de hoy dentro de varios años no podrán disfrutar, por haber perdido la capacidad de asombrarse o la de sentir, del simple placer que aquí le propongo:
Cierre los ojos, traiga a su memoria los cuadernos de su primaria, y evoque esas cientos de hojas llenas de suma, resta, multiplicación y división, oraciones, mapas y tantas cosas más… y a esa “señorita” con guardapolvo blanco, que tanto admiraba, pasando como paseando entre los bancos, observando el trabajo de cada uno, del primero al último.
¿No le da esa cosa en el pecho, que sólo producen las profundas y genuinas sensaciones?
Marigel Riba
Humberto comentó:
Éstimada Marigel, una vez más muchas gracias por sus excelentes y muy cálidos aportes a la enseñanza. No se es docente por un título sino por una actitud. Y Ud. la tiene. No hay duda que el mundo se está transformando a pasos agigantados. Me temo que ni las botas de siete leguas van a alcanzar en un futuro cercano, para correr a la misma velocidad. Llegará un momento – en esos permanentes ciclos a los que nos somete la historia – en que deberemos parar un momento para descansar. Pero en este momento estamos dentro de la vorágine. Creo que Ud. mencionó una palabra muy importante, que me originan ganas de escribir acerca de ella: la sorpresa. La capacidad de sorprendernos es inherente a nuestra esencia. Creo que sorpresa y esperanza son dos “elementos” que los seres humanos no deberíamos perder nunca.
Gracias por recordármelo
Marigel Riba comentó:
Hola Humberto. Gracias por tus valiosas palabras, ya que vienen de alguien que de educación, sin dudas sabe muchísimo. ¡Qué halago saber que las mías sirvieron de inspiración! Y que buen y apropiado recuerdo trajiste a mi memoria : “Pulgarcito” es, en todas sus versiones , uno de los libros que lleva al asombro por exelencia, despertando las más variadas emociones, pasando de la alegría, al miedo, a la tristeza, a la congoja, a la esperanza, todo a través de la fascinante magia de la fantasía pura con que está escrito, como tantos otros de esa época, que nosotros “devorábamos” .
Y ya que mencionas la esperanza, comparto algo que leí una vez :
“La esperanza no es fingir que no existen los problemas, es la confianza de saber que éstos no son eternos.”
Y creo (y espero), que gente como ustedes no van a parar cuando llegue el ciclo del descanso.
Gracias, Humberto, nuevamente.
Un abrazo. Marigel