No tengo por costumbre analizar en este blog artículos que no tengan que ver específicamente con la educación musical, pero considero que en este caso, vale la pena hacer una excepción, dada la trascendencia que adjudico a un escrito en “La Nación” del sábado 15 de diciembre.
El artículo de referencia se denomina “Universidad, verdad y autocrítica” y está escrito por Juan Cianciardo, decano de la Facultad de Derecho de la Universidad Austral y miembro del Conicet. Desde ya, mi comentario elude expresamente cualquier connotación política o ideológica que creo, no corresponde a este espacio, pero sí desea comentar la importancia que tiene como referente de nuestras realidades educativas. Lo que el autor menciona es la transformación de las universidades en “enseñaderos” o en “negocios” donde lo que se busca es impartir conocimientos prefijados u obtener prestigio, desdeñando la búsqueda de la verdad y promoviendo la aceptación llana de conocimientos prefijados antes que la investigación o la pérdida de valor de las ciencias humanísticas en pos de una libertad de pensamiento que se confunde con el relativismo absoluto. No es un tema simple para abordar y no me creo en condiciones de profundizar más en él, pero hizo surgir en mí una reflexión que, como valor agregado, se relaciona con nuestra educación general secundaria y primaria que podría, mediante una adecuada preparación de sus alumnos, devolver a nuestras universidades la jerarquía que alguna vez supieron conseguir.
Estamos ante una cultura del facilismo, donde la permisibilidad, la cultura “light” y el poco o nulo cuestionamiento son los procederes habituales de quienes estudian y peor aún, de quienes enseñan. No pongo en duda y jamás he puesto en duda que desde muy pequeños debemos acostumbrarnos a la reflexión y a pensar de acuerdo con nuestras propias opiniones. Pero aquí aparece esa delgada línea que confunde libertad con libertinaje, esa corriente educativa que pregona que los niños deben aprender lo que les gusta y que los adolescentes deben disfrutar de una libertad casi absoluta para pensar, sentir y actuar en el marco de la relatividad que ofrece el “show off” o lo que “se ve”.
Docentes poco preparados para enfrentar las realidades cotidianas de cada colegio, alumnos que surgen de medios sociales que ofrecen la violencia o la agresividad como los métodos de sobrevivencia y de triunfo, directores que necesitan satisfacer a los inspectores, que a su vez tienen que mostrar logros estadísticos, etc. conforman un panorama educacional que, pocas veces toma al alumno como el centro, sino como la mercadería de cambio entre la necesidad de sobrevivir o triunfar. Por supuesto que existen excepciones a esta regla, pero que sólo contribuyen a confirmarla. Aulas donde no se incita al conocimiento sino que se trabaja para una nota, donde lo importante no es el conocimiento en sí, sino la aprobación de exámenes que no prueban nada pero que sostienen el pilar de la mediocridad, generan estudiantes que entrarán a la Universidad para seguir aprendiendo sin cuestionarse para nada los conocimientos, sintiéndose seguros en la poltrona del aprendizaje, sin levantarse nunca a buscar la incomodidad del cuestionamiento y de la búsqueda profunda de la verdad.
En todos los niveles se confunde el permisivismo con la flexibilidad, la especulación sin sustento con el pensamiento crítico, la falta de límites con la democracia y las defensas de la “comodidad intelectual” con la aplicación práctica de los conocimientos. Se desdeñan los límites, porque necesitamos “jóvenes libres”, sin reparar que la verdadera libertad se consigue precisamente mediante el reconocimiento de esos límites que nos marca la presencia del otro, aquel que deberíamos reconocer como “ese otro” que distinto a mí, pero que me permite reconocerme en él.
Por otra parte, creo que tanto permisivismo choca con la propia naturaleza del adolescente que necesita de esos límites para tener contra qué luchar y no volcar esa agresividad, nacida del desconcierto del aprendizaje, contra sí mismo.
El no control de los niños, que luego serán jóvenes y acudirán a esas universidades, ha comenzado a establecer ese círculo pernicioso donde pronto esos universitarios serán a su vez profesores y tendrán hijos, a quienes inculcarán esa no necesidad de la búsqueda de la verdad, ya que en ese contexto cualquiera puede generar su “propia verdad”. Cuando esos límites desaparezcan por completo, entraremos probablemente en una anarquía no política sino pero aún, una anarquía de pensamiento y de acción que impulsará un “todos contra todos”, en aras de evitar un seguro naufragio de nuestra identidad.
Muchas producciones musicales de colegios, escuelas, institutos de enseñanza, etc. muestran esa negligencia surgida del desconocimiento y de la comodidad, donde se ha perdido la cultura del esfuerzo, donde ha desaparecido el pensamiento crítico y donde el facilismo interpretativo y la falta de una sociedad crítica permiten cualquier cosa sobre un escenario mientras que “guste”. Sin tomar en cuenta, por supuesto, que el gusto se forma, se educa, se mejora, se amplía, mediante el esfuerzo, la perseverancia, el aprendizaje y la responsabilidad.
Es también misión de cada uno de nosotros como docentes de música, como inspiradores de las manifestaciones más profundas de los individuos, como guías de seres que se internan en las profundidades del arte, contribuir a que en las universidades haya alumnos que reclamen las funciones que la universidad siempre ha tenido como “buscadora” de la verdad.
Los músicos, los artistas y quienes se dedican a su enseñanza, tienen, por las características de sus procedimientos educativos y por las áreas de los individuos donde ejercen su influencia, grandes posibilidades de fomentar la creatividad individual y el pensamiento divergente, dentro de los límites que marquen la capacidad y la habilidad necesarias y de contribuir al pensamiento crítico, siempre sostenido por los conocimientos y la seriedad del estudio responsable.
Hagamos uso de ese privilegio y apliquémoslo en cada clase de las que seamos partícipes.