Música Viva

Conversando sobre la educación musical

La conmoción de enseñar – la maravilla del descubrir

He tenido nuevamente el placer de apreciar el trabajo de la Orquesta de Instrumentos Autóctonos y Nuevas Tecnologías que dirige el maestro Alejandro Iglesias Rossi. Esta vez en una forma más cercana, ya que quienes conformamos el grupo de trabajo que lidero en el Colegio Northlands, tuvimos la oportunidad de compartir un taller que brindaron y que estuvo íntegramente referido a su forma de realización, su fundamentación teórica y su filosofía de trabajo y de pensamiento.
Las características de su tarea no son las habituales entre los músicos de nuestro país, en el cual, la mayoría de los grupos se reúnen por breves lapsos de tiempo y la prioridad está puesta en la “excelencia técnica”, más que en la comunión entre los individuos y en la entrega al espíritu de la música. Su trabajo apunta al desafío de lo nuevo, al respeto de lo ancestral y por sobre todo a conjugar el pasado con el presente. Las raíces con el cielo y la densidad de la tierra con la fluidez del agua, para intentar alcanzar una dimensión cósmica.
Edgar Willems, plantea en uno de sus libros “Las bases psicológicas de la educación musical”, como esa antigua división entre mente, cuerpo y alma, se ve por momentos plasmada en la música realizada por las tres razas principales que habitan nuestro mundo: la raza negra, con una música predominantemente instintiva y rítmica prioriza el cuerpo, la raza amarilla, que busca primordialmente lo afectivo, lo sensitivo da prioridad a la melodía, refiriéndose al alma y la raza blanca, cuya visión puesta en lo técnico y lo racional, posee una música esencialmente armónica, en donde predomina lo mental y lo racional. No dudo que estos conceptos puedan estar superados o ser discutidos por otros teóricos de la educación musical, pero no podemos negar que por lo menos hasta la mitad del S. XX, la audición nos marcaba esa tendencia como predominante.
Un grupo que hace caso omiso de la tradición armónica, que prefiere evitar el descanso de la “cadencia perfecta”, los cuestionamientos atonales, el serialismo o cualquiera de las manifestaciones “racionales” de nuestros sistemas musicales e incursiona en el afecto y el instinto, en lo melódico y lo rítmico, yendo más allá del pensamiento al internarse en la sensación, está sin ninguna duda, cuestionando. Y el cuestionamiento es vida, es movimiento, es conmoción.
Creo personalmente, que mucho de lo que este grupo pretende rescatar – de las tradiciones, de los ancestros, de las raíces – fue en muchos casos sutilmente invadido, despreciado, destruido o invadido en aras de la “civilización”. Que se dediquen a ello, con conocimientos que lo fundamenten, con esa posibilidad que brinda el trabajo serio y un alto nivel profesional, convierte esa conmoción en un hecho saludable y muy positivo, que además puede perfectamente conectarse con la intelectualidad que nos rodea.
Quienes educamos, necesitamos la conmoción, necesitamos alimentar ese proceso vital que nos lleva a los descubrimientos y a lograr que otros se maravillen ante lo nuevo que pudieran encontrar en el proceso de enseñanza-aprendizaje. Muchas veces nos sentamos en la poltrona del educador, nos refugiamos en el poder del que sabe (o que cree que sabe) y hacemos oídos sordos a cualquier cosa que pretenda removernos de nuestro sillón. Y educar es levantarse, caminar, quedar expuesto, cuestionar y cuestionarse. Es conmocionar!
          

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