Feb 22 2008
Un enemigo de la música: la costumbre
Escuchando un programa de televisión hoy en la mañana, me sorprendió el comentario relativo a los robos que se suceden a diario en la zona de Plaza Constitución, en su mayoría cometidos por menores, que buscan así fondos para la compra de droga.
Con mucha pasividad, las posibles víctimas, sólo atinan a explicar cuales son sus sencillos métodos de defensa, para evitar algo que es “de todos los días”.
Hace pocos días escuché también un periodista que manifestaba “hoy, por suerte, no debemos anunciar ningún accidente vial”. Con lo cual, convalidamos que lo normal son los choques y accidentes que generalmente terminan con la vida de alguien.
Lo terrible de estas noticias, lo que creo realmente temible, es la tranquilidad con que todos nos hemos acostumbrado a estas y a otras realidades diarias, tomando como normal lo que nos debería sorprender y maravillándonos ante lo que debería ser normal.
Sabemos que hay muchas posibilidades de que nos roben, conocemos el riesgo de morir en un accidente cuando salimos a la calle, tomamos como normal que miles de niños se droguen en lugar de alimentarse y formarse, y ahí damos lugar a la terrible palabra que nos permite vivir así: la “costumbre”.
No voy a convertir el blog en una tribuna política ni en un sistema de desarrollo social (pese a que esto siempre esté presente), pero sí, es mi propósito, relacionar esto con la educación y más aún con la educación musical.
Esa “costumbre” es la que tampoco nos permite asombrarnos cuando cada año hay problemas con el comienzo de las clases, o con escuelas a las que se les derrumban los techos, o niños que acuden a una violencia extrema en el lugar donde deberían crecer y descubrir la vida.
Por el contrario, nuestra actitud debería ser de asombro en cada instancia educativa (positiva o negativa), al tomar conciencia que cada circunstancia modifica nuestra vida y la de nuestros alumnos.
Cuando educamos, todos deberíamos asombrarnos ante cada clase, ante cada manifestación creativa de un alumno, ante cada mujer u hombre formados en la escuela. Deberíamos sentir que ese descubrimiento diario, que esa forma de poder disfrutar de una relación de encuentros, nos debería alejar de la costumbre.
Cuando enseñamos música, deberíamos recordar que cada hecho musical, aunque se repita la obra que le dio origen, es un nuevo motivo de asombro, que subir a un escenario cada vez es una nueva sensación y que cada clase, cada melodía, cada creación y cada conocimiento adquirido o percibido debería ponernos al resguardo de la “costumbre”.
Cada uno de nosotros tenemos costumbres (concientes e inconcientes), que pertenecen a nuestra rutina diaria. Tomamos el auricular del teléfono con la misma mano y lo apoyamos en la misma oreja, escribimos tomando la lapicera de la misma manera, realizamos movimientos rutinarios al levantarnos, etc. Tenemos una previsibilidad de acciones y actitudes, en general relacionada con los actos mecánicos de nuestra existencia.
Enseñar, jamás debería ser un acto mecánico, sino que debería asombrar y asombrarnos, sacarnos de la rutina, generar acción y reflexión, llegar a distintos puntos partiendo del mismo origen, ser fuente de análisis, de críticas, de conflictos, de entusiasmo y de descubrimientos.
Probablemente si estuviéramos menos “acostumbrados”, los episodios que mencioné al principio, serían menos frecuentes y empezaríamos a darnos cuenta de la peligrosa situación a la que nos somete nuestra costumbre.
Cuando hablamos del cambio en la sociedad, de la transformación educativa, cuando comenzamos a pensar que muchas veces tocar el piano es una actitud que debería ir mucho más allá de ser un simple productor de sonidos, que ser músico es una realidad social con roles importantes en la comunidad y podamos sentir que eso es lo que también debemos transmitir a nuestros alumnos, probablemente dejaremos de acostumbrarnos y comenzar a odiar la rutina sintiendo la riqueza del enseñar y del enseñar música.
No olvidemos que cada sonido es un mundo nuevo!
