Muchas veces, cuando entramos al aula, pensamos cual va a ser el grupo con el que nos vamos a encontrar: ¿será un grupo que nos haga caso?, ¿se portarán bien?, ¿serán atentos?, ¿aprenderán rápidamente? etc. Algunas veces tenemos referencias de otros docentes, otras nos enfrentamos con perfectos desconocidos y en algunos casos, continuamos con nuestros propios grupos de otros años, pero probablemente ya con cambios.
Pocas veces consideramos que nos vamos a encontrar con un grupo o suma de individualidades, con sus propias normas individuales, pero también con las normas que subyacen a cualquier relación grupal. Esta visión, desde mi punto de vista, cambia notablemente el espectro de preguntas que podríamos hacernos frente a esos alumnos.
Si atendemos a las características que conforman un grupo, vemos que, según el destacado psicólogo social Pichon Riviere:
“un grupo es un conjunto restringido de personas que, ligadas por constantes espacio-temporales y articulado en su mutua representación interna, se propone en forma implícita y explícita una tarea que conforma su finalidad, interactuando a través de complejos mecanismos de asunción y adjudicación de roles”.
Esta definición plantea múltiples aspectos: “conjunto restringido de personas”, “ligadas por constantes espacio-temporales”, “articulado en su mutua representación interna”, con “tareas implícitas y explícitas como finalidad”, con “complejos mecanismos de asunción y adjudicación de roles”, que nos deberían llevar a la primera de las preguntas: ¿cuándo entre al aula, me encontraré con un grupo que responde a estas características? o ¿será simplemente un conjunto de personas que actuando en forma desarticulada, conviven en un aula varias horas por día?
Para cualquier docente estas preguntas pueden ser importantes, pero para un maestro de música son fundamentales, ya que la mayoría de su trabajo será un trabajo grupal, ya sea por grupos pequeños o con la participación de toda la clase.