Muchas veces nos quedamos en silencio, aunque éste, como absoluto no exista; creemos que no hablar, significa estar en silencio; tal vez sea así para quienes nos rodean, pero no para nosotros, a quienes nuestra mente sigue hablándonos y nuestro cuerpo sigue compartiendo nuestros sonidos internos.
El silencio: en ocasiones puede ser opresivo, molesto, desagradable, inquietante, desconcertante o incómodo. Recordemos frases como: “¿qué te pasa que no hablás?”; “¿porqué te quedaste callado?; “¿en qué pensás que no decís nada?”; urgencias que nos plantean quienes quieren escucharnos para que ese silencio no nos enfrente con nuestras propias palabras, actitudes y nos exponga como lo imaginamos, en la percepción del otro.
Sin embargo, el silencio es algo pleno y cargado de sensaciones, aunque no siempre percibidas; nos permite no aturdirnos, favorece la reflexión, nos hace pensar en lo que acabamos de decir y nos responsabiliza de lo que diremos; aumenta el significado de las palabras y aumenta o disminuye la carga emocional de lo que pretendemos comunicar.
Tal vez se sorprenden del sentido de estas palabras, dentro de un blog dedicado a la educación musical; creo, sin embargo que existen muchos puntos de contacto entre la pausa en el habla, la música y por supuesto su educación.
El órgano tubular, naturalmente inexpresivo, intenta paliar esa falencia por medio de complejos mecanismos eléctricos o mecánicos de dudosa efectividad; sin embargo, por medio del silencio, desarrolla esa expresividad: la interrupción del sonido arrastra a nuestro oído, en una especie de alerta, a escuchar con más atención lo que vendrá luego de la pausa y por eso pequeñas “cesuras” entre las notas, adquieren gran significado para el fraseo del instrumento.
Muchas veces, ante muy interesantes conferencias o discursos, he pensado “¡cuánto más significado tendría lo que estoy escuchando, si hubiera un mejor manejo de las pausas entre las palabras o las frases!”; esto es más notorio aún cuando leemos: lamentablemente vemos que nuestros alumnos, leen sin tener en cuenta en que momento hay que callar y favorecer el sentido por medio de pausas significativas. Más grave aún es que muchos docentes no prestan atención a una circunstancia tan significativa.
Entramos entonces en el reino de la música: en cualquier interpretación musical, el silencio es tan importante (y a veces más), que el sonido. En ocasiones, los estudiantes de música, cuando se les pregunta para que sirven los “silencios” en la música, contestan: “para respirar”, “para separar partes distintas”, “para descansar”, etc.; todas respuestas acertadas en parte, pero incompletas en el significado total de la interpretación; el silencio posee un enorme factor expresivo, tanto en la melodía como en la polifonía, en la música instrumental o vocal; esa pausa sonora nos atrae, nos llama la atención, nos preocupa y nos acerca más al discurso sonoro.
¡Qué paradoja musical!: el sonido es inevitable, no podemos dejar de oir; sin embargo uno de los importantes elementos que dan significado al uso de los sonidos es su ausencia.
La gente me pregunta porqué intento con tanto ahinco, ligar la música y su educación con la vida, con la cotidianeidad: en este breve escrito podemos encontrar una respuesta a esa inquietud. Imaginemos un dúo entre un cantante y un pianista: uno de los momentos más complejos de la “actividad escénica” de cualquiera de ellos es justamente el momento en que no producen sonidos; nada distrae la atención del público sobre sus personas. El silencio los expone, los fuerza a mirar su propia actitud, los exhibe impiadosamente ante los ojos del público. No todos pueden acordar con esta idea, pero es innegable que quien está sobre el escenario para hacer música y debe estar en silencio, siente esa incomodidad de ser observado, que el sonido disimula. En lo cotidiano, los momentos de silencio pueden generar una incomodidad similar;
La vida es el resultado de un proceso emocional, visto por cada uno de acuerdo a sus percepciones y sensaciones; la música es otro proceso similar: ambas nos exponen, requieren de nosotros lo mejor, son esenciales en la existencia, son comunicación e inevitables en el devenir del ser. . .
Música y vida. Vida y música. Esa estructura sonora que además de exigirnos nos protege, en un momento desaparece y nos deja frente a nosotros mismos, pero sin romper la comunicación con los otros. Y estamos a mi criterio ante uno de los puntos esenciales: el silencio per se no rompe los lazos comunicacionales y es ahí donde los educadores musicales deben poner el énfasis.
Vivimos en una sociedad de sobreabundancias: de riquezas, de pobrezas, de tecnología, de pasiones, de asombros, de indiferencias y también de palabras: ¿no deberíamos hacer un mejor y más frecuente uso del silencio? Estamos inmersos en una sobreabundancia de aturdimientos: ¿no deberíamos aprender a disfrutar del temperamento de los silencios?
El silencio lo tiene todo: calma, pasión, expresividad, indiferencia, tensión, descanso, previsión, sorpresa, vacío y plenitud.
Pensemos cuanto podemos enseñar, enseñando el silencio.
La música es el arte de combinar los sonidos y. . .los silencios!