Oct 18 2007
La contaminación sonora
No hay dudas que – en forma aparentemente inexplicable – los seres humanos adoptamos costumbres que, aunque parecen “placenteras” o “agradables”, terminan perjudicándonos y a veces, matándonos. Si pensamos en el cigarrillo, las drogas, la bebida y muchas otras formas de “gratificarnos” en apariencia, pero que en el fondo nos conducen a la destrucción, podemos apreciar la realidad de esta paradoja.No soy psiquiatra o psicólogo para conocer acerca de los recovecos de la mente, pero cuando digo esto, sólo me refiero a una realidad tangible que vemos día a día. Autos que chocan y nos matan, pero dentro de los cuales seguimos conduciendo en forma irreflexiva o sin respetar las normas de tránsito. . . Vale la pena seguir enumerando?Creo que no, pero sí, incluir en esta categoría (la de los placeres destructivos) a la contaminación sonora, a esos hábitos que va adquiriendo nuestra sociedad, queriendo cada vez más volumen, sin percatarse (o haciéndolo) de lo destructiva que esa actitud resulta para nuestra vida.Los jóvenes que dentro de una discoteca reciben una andanada sonora en la cual se sienten muy cómodos (en realidad ocurre así, porque a fuerza de recibir “impactos sonoros” son en gran cantidad hipoacúsicos, los conductores que utilizan bocinas que aturden, creyendo que de esa manera pueden solucionar algo (creo que sólo dan rienda suelta a su ansiedad) o las construcciones de todo tipo que con sus máquinas nos aturden día a día, sin que nadie (ni siquiera los organismos encargados de ello) hagan algo para solucionarlo.Creo que los músicos, los maestros de música y todos aquellos que trabajamos con los sonidos, deberíamos tener un papel más activo en colaborar para formar a los niños en una “cultura del silencio”, en encontrar el placer de la tranquilidad y en aprender, por sobre todas las cosas a escucharnos a nosotros mismos y a “oír el silencio”. Me permito reproducir a continuación un artículo tomado de Clarín.com del día 19 de septiembre del corriente, que habla específicamente de esta “polución” que nos invade cada día en forma sigilosa pero ostensible.Su autor, Marcelo A. Moreno, hace un hermoso reconocimiento al silencio y a la música. Creo que los músicos, deberíamos leerlo con atención y reflexionar acerca de él. El bochinche urbano y la música en paz
Marcelo A. Moreno
mmoreno@clarin.com
El otro día fui a escuchar al prodigioso intérprete Luis Salinas, un caballero de hablar suave que, con deslumbrante pericia, puede hacer gemir, reír, llorar o gritar a una guitarra.
“Gracias por el silencio”, fue el reiterado reconocimiento del artista hacia el público. Y lo explicó. Dijo que si había silencio “se podían oír notas chiquitas, que si no, se pierden”.
Vivimos en una ciudad atronada por el auge indeclinable de la construcción y sus sierras mecánicamente infernales, surcada por colectivos y camiones que juraría que no cumplen estrictamente con las normas sobre el nivel de decibeles que pueden emitir, recorrida por motos y motitos que ídem, donde a nadie le da cosa pegar bocinazos y en la cual muchos juegan a derrapar o arrancar con estrépito.
Eso sin contar con que los porteños, como los napolitanos, tenemos una inclinación natural a comunicarnos a grito pelado.
¿Sufriremos en masa de alguna tara infantil que vincula el silencio con el terror? Lo cierto es que a muchos les cuesta horrores arrancarse el iPod o el celular de las orejas. Y a los que van a escuchar un concierto, seguro que les ataca la irrefrenable tos, más en los intervalos pero también en la función.
Desde luego solemos detestar saludablemente aquel “¡Silencio!” cuartelero impuesto por algún vozarrón docente en alguna patria de la infancia. Y sabemos que por pura biología, cuanto más decenios, más ruidosa nos parece la música nueva. En su tiempo a Los Beatles los denostaron por bochincheros y el emperador José II de Austria reprochó “¡Demasiadas notas, Mozart!” al compositor angélico por la obertura inigualable de “El rapto en el serrallo”.
Pero, por ahí, vale la pena probar con el silencio. El que reina, por ejemplo, cuando todo se apaga, en algún lugar en el que prime la naturaleza. Lo primero que se notará es que el silencio está poblado de sonidos, de susurros casi imperceptibles, rumores secretos y de “notitas chiquitas”, todo lo cual suma una especie de quietud que parece cubrirnos con un manto luminoso muy parecido a la paz. Sólo por eso, vale la pena la experiencia.
