Música Viva

Conversando sobre la educación musical

Las nuevas formas de comunicación

He hablado muchas veces que la música es una forma de comunicación. En esto no hay una opinión unánime, ya que hay quienes opinan que no necesariamente es tal. Sin embargo, quiero plantear que esos medios de comunicación – como todos sabemos – se han incrementado en forma exponencial en los últimos tiempos gracias a la electrónica y sus derivados, en una modificación constante, tal como le ha ocurrido a la música. Aprovechando estas nuevas formas de comunicación, quiero comentarles que mis palabras aparecerán de aquí en más también en Google+ otra nueva forma de comunicarse y tender puentes entre los seres humanos.

Mucho hay para hablar y discutir si estos medios son “comunicacionales” o “descomunicacionales”. Creo que los medios no determinan nada, sino que lo que los determina es el uso que cada uno de nosotros les da. Todo aquello que contribuye a conectarnos, a intercambiar ideas y a compartir, es positivo. He tenido la suerte de recibir comentarios de personas que no han estado de acuerdo con mis publicaciones y sin duda eso nos ha enriquecido a ambos e incluso probablemente a quienes nos han leído.

Cómo Uds. saben, el blog tiene arriba a la derecha una forma de conectarse con las redes sociales, simplemente apretando el botón correspondiente.

Sin embargo, algo hay que defiendo con mucha convicción: además de todas estas formas de comunicación, aquella que es la más antigua, la más tradicional, la menos tecnológica, pero la más cálida, el contacto humano, es la más productiva para aquella idea educativa, donde educar es formar, ayudar a crecer y por sobre todas las cosas contribuir a formar el pensamiento libre.

Creo que las dificultades que observamos en la educación en este momento, surgen no sólo de carencias técnicas en algunos lugares o de falta de capacitación o de desinterés; surgen porque se está perdiendo ese contacto humano, donde el alumno siente al docente como una persona que se interesa en él, que lo ayuda y que cumple realmente con la misión de enseñar.

Si quienes enseñamos pudiéramos realizar esa tarea integrando la palabra amor en ella, no sólo contribuiríamos en mayor medida a la educación, sino también a la prevención de la salud, ayudándonos a todos a sentirnos más humanos. Ayudados por la tecnología, sin ninguna duda, pero siendo más humanos. Tengamos cuidado de no invertir el orden y poner “el carro delante del caballo”: la tecnología, la computación, internet, las redes sociales, los medios de comunicación, son sólo herramientas: su valor está dado por el ser humano que las ha de aplicar.

Un gran saludo.

El docente y los grupos III

Continuando con el tema del escrito anterior, me gustaría profundizar un poco en el segundo interrogante planteado: la situación del docente frente al grupo y sus variantes relacionadas con la cohesión del mismo.

Ante todo quiero aclarar que en forma premeditada utilicé en el escrito anterior las palabras: “con el grupo” y ahora “frente al grupo”. Quería marcar específicamente la diferencia que no sólo es semántica sino de actitudes. Muchas veces decimos que el docente se para “frente al aula”, sin reparar que el aula es una cosa, que no necesariamente se para y que dentro de ese aula hay individuos que no deberían ser cosificados.

Que el docente esté “con el grupo”, brinda a esa relación una característica más cercana, más humana, más perceptiva que permite a todos los participantes del aula (la cosa que contiene), percibir, comunicarse, entenderse y aceptarse (en definitiva vivirse), con mucha mayor aceptación del otro. Todo grupo contiene subgrupos, en los que puede o no intervenir el docente, pero de los cuales él debería estar “avisado”, para colaborar con los posibles conflictos que surjan.

Debería también tener conciencia que él y la relación con cada subgrupo, con cada alumno o con todos en general, conforman diversos niveles de relación que son particulares en cada caso, pero que tienen un patrón común: el docente, que pertenece a todos ellos, además de pertenecer también al conjunto (grupo formal o informal) de los profesores.

Imaginemos por un momento una orquesta: la orquesta es un sistema, que tiene subsistemas (las cuerdas, los vientos, la percusión, etc.). Dentro de cada uno de ellos puede haber grupos, que además de su función específica (violines primeros o segundos, violas, etc.), pueden estar o no articulados como grupo. Por otro lado podemos encontrar grupos menores formados ad hoc: cuartetos para obras específicas, dúos, etc. y por supuesto afinidades personales que influyen (querámoslo o no) en la conformación de la orquesta y en su resultado final.

Obviamente el director no puede estar al tanto (o sí) de cada uno de los grupos que se manejan dentro de cada uno de los subsistemas, pero no caben dudas que cuanto más conozca de la articulación humana dentro del organismo, mayores resultados podrá obtener, simplemente por el mejor aprovechamiento de las relaciones que subyacen al ente “orquesta”.

Un aula es eso: una gran/pequeña orquesta, cuyo director puede decidir estar integrado al grupo o imaginar que puede conducirlo “desde afuera”, sin involucrarse emocional y perceptivamente con el grupo y con los individuos que lo forman.

El docente y los grupos II

Hablamos de las características de un grupo y del tema que debería preocupar a cualquier docente: si estará o no frente a un grupo. Tal vez deba explicar la importancia de la cuestión en la dinámica diaria del aula. El tema plantea dos opciones interesantes para su análisis:

a) ¿cuál es el grado de cohesión del grupo y cuán dispuestos a trabajar en forma conjunta: son o no son un grupo?

b) ¿cuál es el rol del docente frente a las distintas formas que adquiere ese conglomerado de personas que están junto a él en el aula, para una tarea que durará por lo menos 9 meses?

El primer punto es sencillo para ser comprendido: pocos dudarán que con un grupo que funcione como tal, donde todos se conozcan y se respeten en sus individualidades (mutua representación interna), donde todos apunten a un objetivo común, estén juntos el tiempo y en el espacio adecuados y reconociendo las tareas que deben llevar a cabo, el proceso de aprendizaje será más sencillo y más efectivo.

El segundo vuelve a plantear interrogantes: ¿cuál es el rol del docente frente a las diversas forma que adquieran los alumnos como conjunto de personas? y tal vez más importante aún: ¿se considerará el docente parte del grupo, compartirá sus vivencias, entenderá sus inter-relaciones y considerará a cada uno como un “otro” que no debe ser masificado sino respetado en su identidad? Esta pregunta, necesita de lo expresado en el punto anterior, para adquirir sentido y ser de utilidad.

En un aula de música, el docente puede formar un coro, hacer cantar un grupo acompañado de guitarras, crear una banda, generar grupos de improvisación, etc. todas actividades prácticas esenciales para el aprendizaje de la música. Poder vislumbrar las características del aula como grupo, tiende – al menos lo considero así – a facilitar cualquiera de esas actividades, donde no sólo existirá un aspecto cognitivo, sino también un compromiso psicomotriz y por sobre todo emocional y perceptivo.

 

El docente y los grupos

Muchas veces, cuando entramos al aula, pensamos cual va a ser el grupo con el que nos vamos a encontrar: ¿será un grupo que nos haga caso?, ¿se portarán bien?, ¿serán atentos?, ¿aprenderán rápidamente? etc. Algunas veces tenemos referencias de otros docentes, otras nos enfrentamos con perfectos desconocidos y en algunos casos, continuamos con nuestros propios grupos de otros años, pero probablemente ya con cambios.

Pocas veces consideramos que nos vamos a encontrar con un grupo o suma de individualidades, con sus propias normas individuales, pero también con las normas que subyacen a cualquier relación grupal. Esta visión, desde mi punto de vista, cambia notablemente el espectro de preguntas que podríamos hacernos frente a esos alumnos.

Si atendemos a las características que conforman un grupo, vemos que, según el destacado psicólogo social Pichon Riviere:

un grupo es un conjunto restringido de personas que, ligadas por constantes espacio-temporales y articulado en su mutua representación interna, se propone en forma implícita y explícita una tarea que conforma su finalidad, interactuando a través de complejos mecanismos de asunción y adjudicación de roles”.

Esta definición plantea múltiples aspectos: “conjunto restringido de personas”, “ligadas por constantes espacio-temporales”, “articulado en su mutua representación interna”, con “tareas implícitas y explícitas como finalidad”, con “complejos mecanismos de asunción y adjudicación de roles”, que nos deberían llevar a la primera de las preguntas: ¿cuándo entre al aula, me encontraré con un grupo que responde a estas características? o ¿será simplemente un conjunto de personas que actuando en forma desarticulada, conviven en un aula varias horas por día?

Para cualquier docente estas preguntas pueden ser importantes, pero para un maestro de música son fundamentales, ya que la mayoría de su trabajo será un trabajo grupal, ya sea por grupos pequeños o con la participación de toda la clase.

 

 

 

 

EL REGRESO AL BLOG

Estimados todos, después de un largo receso, motivado por diferentes circunstancias, estoy nuevamente aquí, muy decidido a que sigamos compartiendo algunas ideas acerca de la música y de su aplicación en el aula.

Afortunadamente he podido enriquecerme con conocimientos que he incorporado porque estoy realizando la carrera de Counselor (consultor psicológico), que me han abierto mucho la mirada acerca del manejo de grupos y de la relación entre las personas.

Todos sabemos que en nuestras clases, estamos constantemente manejando grupos (grupos pequeños o grupos grandes, pero grupos al fin) y en muchas ocasiones, en la música es fundamental comprender este manejo, ya que es un arte esencialmente comunitario.

Para quienes han dejado algún comentario, les pido disculpas por no haberlo podido contestar y les digo que iré haciéndolo en la medida de lo posible, así como trataré de contestar todas las preguntas recibidas.

Les envío un deseo de muchas felicidades y un muy buen año 2012. Este era simplemente un saludo de reencuentro y seguimos en comunicación.

Humberto López

“Paco Cabrera”, un orgullo de la docencia nacional

Este es un blog dedicado a la educación musical. Pero este artículo no tiene que ver con la educación musical sino con la EDUCACIÓN. Así en mayúsculas. Y me refiero a la educación, porque la “educación” es una abstracción que sólo podemos concretar quienes nos dedicamos a ella, cuando le ejercitamos con pasión y como ideal de nuestras vidas.

Tengo el honor de conocer al Señor, Maestro y Educador Francisco Cabrera. El tiempo, el trabajo y la vida nos han alejado, pero hubo una época en mi vida donde trabajando con él (en mi tránsito por el Collegium Musicum, como  parte de un coro y en una cantidad de charlas que me ilustraron y ayudaron mucho para mi labor), pude apreciar lo que significa un docente que da sentido a la educación, además de una persona con un gran sentido ético y de gran profundidad de pensamiento.

Leí con mucha satisfacción que ha sido merecedor de distinciones tanto en el plano del Gobierno de la Ciudad, como en el plano Nacional. Creo que se ha hecho justicia y celebro que se reconozca y se aplauda su dedicación, creatividad y convicción para la formación de quienes son y fueron los ciudadanos de nuestra nación.

El muy apreciado “Paco Cabrera”, es uno de esos hombres que da sentido de aplicación práctica a esa “educación”, de la que tanto hablamos y no siempre logramos poner en práctica. Es de desear que su ejemplo y su amor sean imitados por quienes lo sigan en esa maravillosa profesiópn de educar.

En lo personal, recuerdo su afabilidad, buen tratno y conocimientos, y solo me queda por decirle “Felicitaciones y Muchas Gracias, MAESTRO!”

Humberto López

El Coro Kennedy: un disgusto musical (II)

Estimados lectores, con gran satisfacción he recibido una serie de mails y comentarios acerca de mi primer artículo con referencia a la “jocosa” actuación del Coro Kennedy, entonando una canción referida a la gripe A. Increíblemente mi satisfacción está motivada por quienes, intentando defender esa causa – con argumentos referidos al humor, a la alegría de vivir, a mi “poca capacidad de disfrutar de la vida”, etc. etc. – también acudieron al insulto y a la descalificación probándome que, en forma lamentable, quienes defienden esas causas, lo hacen por medio del agravio, de la prepotencia y del “patoterismo”, cuestión muy en boga en estos días.

Hemos tenido que “censurar” algunos comentarios recibidos, con una nota a los remitentes, solicitándoles que se publicarían sus ideas, si se quitaban de ellos los comentarios soeces que incluían. Tal vez hubiera sido mejor publicarlos de esa manera, para mostrar a todos cuales son los argumentos de la defensa de dicha actitud, pero por otra parte, no creímos necesario contribuir a llenar estas páginas con escritos de tan mal gusto.

Sigo sosteniendo que el humor es muy sano, pero que tiene los límites de la ética y del respeto por el sufrimiento del otro. Sigo afirmando que hacer música no es excusa para decir cualquier cosa, simplemente porque “nos hace famosos”. Sigo pensando que la música es un hecho muy respetable y que al menos debe buscarse la calidad cada vez que la utilizamos como medio de comunicación. Sigo afirmando que utilizar una de las mejores melodías del mundo – con un texto que paradójicamente habla de la hermandad – para reírse del dolor ajeno (o al menos reirse a costa del dolor ajeno), no habla ni de alegría, ni de disfrute y mucho menos de hermandad. Creo que en realidad, habla de tristeza y asombro ante la poca sensibilidad que demuestran algunos congéneres.

Por último y contestando un comentario donde se manifiesta que el Coro Kennedy ha dejado de pertenecer desde hace un tiempo a dicha Universidad, no pongo en duda dicha afirmación, pero le sugeriría a dicha casa de altos estudios, reveer a quienes prestan su nombre, considerando una vez más lo que significa la responsabilidad de enseñar y de mostrar cultura ante la sociedad. He enviado en su momento un mail a la rectoría de dicha Universidad, sin tener hasta el momento respuesta alguna.

Esperando una vez más que todos podamos reflexionar acerca de lo que significa la música y su poder de comunicación

Hasta la próxima

Humberto López

Coro Kennedy: un disgusto musical

Estimados lectores, después de mucho tiempo me reúno con Uds. otra vez. Algunos problemas de salud me han mantenido, tal como el año pasado, lejos del blog, así que pido perdón por la tardanza en volver a escribir y por los comentarios que no pude contestar hasta el momento.

Lamento también, tener que reiniciarme en mi diálogo con quienes nos leen, a través de una circunstancia que personalmente no considero para nada agradable. Dedico mi vida a la educación musical, vivo hondamente preocupado por los problemas de la educación en general y por las causas-consecuencias de esa cultura en la cual estamos inmersos que, en líneas generales, remite a la falta de valores y a una generalizada intrascendencia, donde pareciera que nada importa y que hasta las cuestiones más serias son tomadas con un dejo de “no importancia”.

Ha habido muchas obras, comedias, películas, etc. que se han referido en forma burlesca a situaciones trágicas, pero ello se puede comprender como una forma de catarsis frente a hechos que sobrepasan por su horror, a las concepciones humanas y al entendimiento del funcionamiento de la sociedad como tal, o a tragedias que llevan al límite la resistencia de los individuos al intentar asimilarlas.

Aquí, en cambio, ha llegado a mí, un video donde se aúnan la música y las situaciones cotidianas, una de las banderas que enarbolo en este blog y que justifican muchos de los proyectos que he realizado en mi vida. Eso sí, siempre he pensado en la música y su nexo con la cotidianeidad, en forma positiva, de acción, de respeto y con el objeto de mejorar la formación de los individuos.

El Coro Kennedy, organismo de una extensa trayectoria y de clara influencia en el ambiente musical argentino ha interpretado, según se puede apreciar en la siguiente dirección de web: http://www.youtube.com/watch?v=dQj8DtYQPWY una canción referida a la gripe A, pandemia que además de ocasionar una cantidad de muertes, ha trastocado la vida de muchas personas, del mundo educativo y de alguna manera de toda la sociedad argentina. Para ello y por otra parte, ha utilizado la melodía de la parte coral de la Novena Sinfonía de Beethoven, en un arreglo “ad hoc” y cuyo texto se refiere, paradójicamente, a la hermandad entre los hombres.

No pretendo hablar de crítica musical. Mi ser músico se ha sentido tocado, pero no en mi profesión ni en la técnica musical, sino en mi aspecto de ser humano, como persona que trata de sentir al “otro” en el convencimiento de que yo también soy un “otro”. He meditado en el humor basado en una circunstancia que ha conllevado sufrimiento, que ha arrastrado vidas y que – especialmente en la salud y la educación - ha ocasionado casi un colapso en los sistemas establecidos.

Celebro el humor, aplaudo las bromas, creo que no es necesario ser adusto para ser serio, ni es indispensable dejar de lado la simpatía, para llevar a cabo tareas importantes. Si creo que así como es necesario respetar y respetarnos en nuestras ideas, más aún es importante hacerlo en nuestros padecimientos.

Lamento una vez más, reiniciar un contacto que siempre ha sido tan fructífero y hermoso con una queja de este tipo, pero no sería honesto conmigo, si luego de escribir tantas palabras acerca del valor de la música, no defendiera precisamente ese valor, al comprender que, como todos los aspectos y creaciones del ser humano, aquello que es creado para mejorar puede ser empleado también para perjudicar. La música es un producto de alta sensibilidad y enorme poder, que imaginamos tiende a permitir nuestra superación y que debe llegar a todos, como forma de patrimonio cultural indiscutible.

Un organismo musical y que además, específicamente depende de una institución educativa, debería en todo momento marcar senderos de formación y contribuir a elevar el nivel educativo y cultural de aquellos que son sus oyentes, máxime cuando por medio de Internet, esos oyentes pueden ser toda la Nación y el mundo entero. El Coro Kennedy ha realizado grandes contribuciones al conocimiento del canto coral y tenido muy importantes ocasiones de trabajar junto a notables figuras de la música popular de nuestro país. Creo que esas magníficas circunstancias no sólo brindan lugares destacados y de lucimiento, sino que también producen situaciones de responsabilidad, atendiendo a la cantidad de personas sobre las que logran influencia.

He enviado en las últimas horas, una carta a la Rectora de la Universidad Kennedy, manifestando mis puntos de vista acerca del video de referencia. No se si obtendré respuesta y por supuesto ignoro, en el caso de producirse, cual será el tenor de la misma. Sólo se, que he cumplido con lo que creo mi deber como músico y como responsable de la educación musical de mucha gente, y por supuesto con mi conciencia.

Muchas gracias, hasta pronto.

Humberto López

La educación musical y la rutina

Estamos por comenzar un nuevo año lectivo y eso implica recibir una vez más a una legión de niños y jóvenes que concurren a nuestras clases para aprender.
De acuerdo con la organización escolar y con nuestra función, debemos encontrarnos con ellos para enseñarles música. Nuestra experiencia nos indica, de acuerdo al lugar en que nos toca desenvolvernos, que seremos depositarios por un tiempo semanal, de individuos en formación que tendrán mayor o menor interés en aprender música, o cualquiera de las otras materias del currriculum.
Que compartiremos distintas formas de ser, distintos habitats, costumbres, culturas, intereses, alegrías y frustraciones que son lo que conforman cada una de las personalidades que tendrán nuestros próximos alumnos.
Conoceremos a algunos de ellos, los veremos iguales, cambiados, más pícaros, más tímidos amando aún más la música o más desinteresados en ella. A otros ni siquiera los conoceremos y serán una incógnita, un pequeño tesoro a descubrir.
Nuestra costumbre nos dice que si ellos vienen a aprender, nosotros debemos ir a enseñar (sería la forma lógica de compensar la ecuación). Esto nos desafía, en casos nos asusta, muchas veces nos preocupa y casi siempre nos acota.
Tal vez podríamos sentir ese encuentro desde otra dimensión: aquella que nos permitiera acercarnos para sentir que nosotros también podemos aprender, que de nuestra observación y de sus actitudes, surgirán interesantes temas de aprendizaje que contribuirán también a formarnos, a crecer junto con ellos.
Muchas veces pensamos los comienzos de clase como parte de una especie de guerra anual que debemos librar contra circunstancias que pueden ser adversas (grupos  desatentos, burocracia que cumplimentar, exigencias planteadas sin la provisión de recursos suficientes, situaciones sociales extremas, desinterés tanto de alumnos como de las autoridades por nuestro trabajo, etc.).
Puede ser muy útil, vivir tales situaciones pensando y sintiendo  que no existe tal batalla, que lo que puede ocurrir sea compartir, descubrir, hacer y disfrutar nuevas experiencias en un campo muy lejano al de una confrontación.
No niego que enseñar requiere e implica esfuerzo, energía y una permanente actitud de dar. Pero no olvidemos tampoco, que eso termina siendo un ejemplo para los alumnos que poco a poco integrarán su esfuerzo, su energía y nos permitirá recibir aquello que ellos también puedan dar.
Tal vez aquí debamos acudir a algunas palabras que ilustren nuestra actitud como docente: escuchar, respetar, comprender.
Y a otras que reflejarán aquello que debemos alentar en ellos: crear, idear, producir, interpretar y apreciar.
Probablemente eso nos conducirá a un último grupo de vocablos que sin dudas coronará los esfuerzos de todos: descubrir, investigar, sorprenderse y disfrutar.
La rutina del diario enseñar en un colegio puede verse alterada positivamente por la conjunción de todos estos verbos, que definen actitudes y posicionamientos poco comunes.
Cuanto menos permitamos que esa rutina se instale en nuestra actividad, más felices seremos apreciando los logros que pocas veces podríamos haber imaginado.
Muy feliz comienzo de año “lectivo” para todos los que empezamos
Muy cordialmente
Humberto López

El Teatro Colón: espejo y consecuencias.

Como muchos de Uds. sabrán, el Teatro Colón de Buenos Aires, tiene sus puertas cerradas desde hace más de dos años, con motivo de ciertas restauraciones y modificaciones que no han cumplido los términos pactados.

Esto ha generado múltiples polémicas, acusaciones y reproches, ya que el más importante Teatro de Ópera de nuestro país y uno de los más importantes de Latinoamérica, no cumple su función principal y está sometido a cuestionamientos tan graves como la permanencia de la que fue siempre su gran acústica y la falta de definiciones acerca de su futuro.

Toda esta indefinición, coloca a nuestro país en una situación poco feliz ante los artistas del mundo, genera un gran malestar social, altera la tranquilidad de los artistas y deja a la cultura y a la música, sin el apoyo de uno de los grandes espacios para su difusión.

Sin embargo, esta situación nos enfrenta con muchas otras consideraciones que – según mi entender – se relacionan en alguna medida con la educación y la formación que nuestro sistema educativo debería brindar a quienes transitan por él y que me llevan a escribir esta nota.

He reiterado en distintas oportunidades que no soy un músico dedicado a la ópera o al ballet, por lo cual no creo que mi voz tenga la autoridad suficiente para opinar acerca de los problemas prácticos – y muy desafortunados por cierto – que aquejan al Teatro Colón.

Es por eso que sólo me permito una reflexión, pretendiendo extraer un par de conclusiones que imagino podrían ayudarnos en el futuro, intentando lograr una aproximación positiva a la desgracia por la cual atraviesa esa institución y que sin dudas afecta a la sociedad y a la República toda.

Para ello, me permito utilizar dos palabras como eje del escrito: “espejo” y “consecuencias”, vocablos aparentemente inconexos pero que – al menos en mi pensamiento – crean la imagen de “las consecuencias de mirarse al espejo”.

En mis años de vida he visto y comprobado que los gobernantes tienen dos premisas básicas sobre las cuales asientan su desempeño: “todo lo anterior ha sido malo” y “a partir de ahora se solucionarán todos los problemas”, premisas erróneas desde su concepción dada la naturaleza humana, donde nunca el todo es todo o la nada es nada. No recuerdo haber oído de quienes han llegado al poder (político al menos), decir: “si bien esto ha sido un error y debemos corregirlo, esto otro ha sido un gran acierto, sigamos construyéndolo”.

Lo preocupante, es que cuando se manifiesta que el pasado ha sido un cúmulo de errores (a veces incluso atribuidos a la mala fe), rara vez existan consecuencias tangibles, lo cual nos lleva a pensar que ello no ocurre para que no se conviertan en un espejo, que luego nos devolverá nuestra propia imagen.

Tenemos, en nuestra administración pública y en nuestros organismos, personas dedicadas, genuinamente preocupadas, dispuestas a colaborar, creativas y que buscan mejorar lo existente y generar nuevos avances con un gran aprovechamiento de los recursos. Pero, muchas veces y pese al esfuerzo de funcionarios realmente comprometidos con su actividad, los posibles logros se ven coartados por decisiones políticas que los superan.

Pareciera que siempre lo técnico, lo artístico, lo que tiene que ver con el conocimiento, está subordinado a lo político, aunque en realidad “lo político”, sea una abstracción que en algunos casos se vuelve concreta, en la manifestación de los intereses personales de quienes detentan el poder o de quienes pretenden lograrlo.

No puedo negar que ésta ha sido una conducta del hombre desde que el mundo es mundo, pero valdría la pena – ante los hechos consumados – pensar nuevamente en el espejo y en las consecuencias de esos manejos que anteponen lo personal a lo social.

El Teatro Colón – pobre entidad zarandeada por cada gobierno, así como por muchos de los individuos que han pasado por sus distintas direcciones – está siendo probablemente, víctima de un mal manejo arquitectónico, administrativo y financiero. No sé las causas, pero los resultados están a la vista. Los plazos no se cumplieron y muchas voces airadas clamaron y claman por una transparencia que no existe.

Ahora bien, más allá de las actitudes de los gobiernos y de las autoridades, de los posibles desaciertos de funcionarios sin las capacidades adecuadas, o de las acusaciones de mala fe que sin dudas dejan también sus huellas nosotros, los músicos, ¿hemos tenido en las épocas de normal funcionamiento del Teatro, la conducta adecuada frente a la música y a su desarrollo?

Como en todos los órdenes de nuestra sociedad, la paradoja del ser humano se ha hecho siempre presente en el Teatro: las glorias van emparentadas con las miserias, los triunfos con las mezquindades y lo sublime se da la mano con lo abyecto. He hablado en muchas ocasiones con directores extranjeros, que – obviamente – en conversaciones “off the record” se han manifestado muy asombrados de las capacidades de nuestros músicos, pero muy sorprendidos de sus actitudes. Quienes trabajan en el Teatro, han sido – indudablemente – muchas veces víctimas de reiterados abusos e injusticias en su trabajo, pero creo que tampoco debemos olvidarnos de las agremiaciones abusivas, del desinterés de algunos de sus integrantes frente al hecho musical y de los conflictos generados sólo por lograr o conservar espacios de poder, etc. que tampoco han mostrado al país y al mundo una imagen favorable de nuestro Teatro.

Para terminar de dar forma a la reflexión propuesta, me planteo ciertos interrogantes que pongo a la consideración de todos para que podamos encontrar algunas respuestas:

  • Si lo anterior estuvo mal, fue erróneo o hubo mala fe, ¿dónde están las consecuencias?.
  • Si lo actual es lo correcto, ¿porqué no se explicita en forma coherente, con los datos ciertos y plazos acordados?
  • Si existen problemas de fondo, presentes o pasados, ¿porqué no se aclaran y “se ponen sobre el tapete” para solucionarlos y porqué no se ubica a los responsables?
  • Esa mezcla de ocultamiento y olvido, ¿responderá al miedo al espejo?
  • El olvidar, ¿servirá para que otros olviden? El ocultar, ¿para que otros oculten?
  • Los músicos y personal idóneo, cuando el Teatro vuelva a su época de esplendor, ¿seguiremos anteponiendo las conveniencias personales al arte?

 

Todo esto – a mi criterio – debería dejarnos otra enseñanza: el espejo y las consecuencias (o sea el observarnos y el asumirnos), son dos elementos que están siempre presentes en la educación de todos las sociedades del mundo. Son parte esencial del proceso educativo y este proceso es a mi entender la solución para el problema de fondo que nos aqueja: el anteponer el interés personal antes que el interés social, el no reconocer al otro y el no intentar analizar los problemas en forma objetiva. Observar y analizar en forma ecuánime es el mayor logro que cualquier sistema educativo puede pretender alcanzar.

Creo por último, que en la situación que nos ocupa, la subjetividad ha primado por sobre la objetividad. La sensación es la de dos posiciones que consideran que todo lo de la vereda de enfrente es erróneo. Personalmente, me cuesta creer que no pueda haber aproximaciones objetivas al tema que busquen aprovechar lo mejor de cada una de ellas.

Cuando educamos músicos, nos ocupamos de la técnica. Sin embargo deberíamos ocuparnos del ser humano que luego aprenderá y dominará esa técnica. Cuando educamos administradores, nos ocupamos de las funciones y olvidamos que debemos formar seres humanos que luego aprenderán y cumplirán esas funciones. Cuando designamos gobernantes y autoridades, nos basamos en el carisma, en la conveniencia material o política o en un impulso emocional, sin analizar sus capacidades y sin exigirles una formación en lo humano que le haga sentir que debe anteponer sus deberes a sus derechos, que sus acciones públicas deben estar sometidas a las consecuencias y que su poder es una cesión social y no una adquisición personal.

Construir demora mucho más que destruir. El educar es una construcción lenta, pero que debemos asumir de una buena vez, para evitar nuevos “Teatros Colón” y rehabilitar nuestra imagen ante el mundo y ante nosotros mismos.

El Teatro Colón nos muestra como en un gran espejo, las falencias que yacen en nuestra sociedad. Está en nosotros animarnos a verlas y vernos reflejados en él, a asumirlo y a plantearnos seriamente que debemos ver las consecuencias de lo realizado y responsabilizar a quien corresponda por ellas.

Pero por sobre todo, a plantear los hechos con claridad, sinceridad y anteponiendo el conocimiento a la política, para que eduquemos sobre ello, a fin que nos podamos mirar en cualquier espejo sin temer a las consecuencias de nuestros actos.