Creo que a nadie le caben dudas de la íntima conexión que existe entre la Navidad y la Música.
Tampoco ignoramos que la Navidad es una de las fechas fundamentales para la fe cristiana.
Y que pocas personas podrían imaginarla sin música.
En realidad y más allá de las características de la fe de cada uno, creo que muy pocas celebraciones religiosas del mundo no apelan o apelaron a la música para expresar sus más profundas manifestaciones de fe.
Si continúo con la idea de “la música y la realidad”, no podemos dejar de lado que en la tangible realidad de la existencia de la fe dentro del género humano, la música ha sido una figura inseparable de ella.
Una vez más creo, que deberíamos preguntarnos que es lo que confiere a la música esa posibilidad de asociarse a lo místico, a las creencias, a los ritos, a las celebraciones y a los íntimos “temores” y “amores” que el hombre ha elaborado durante su existencia.
Cánticos, mantras, himnos, vedas, motetes, misas, anthems, oratorios, canciones tribales, son todas formas de la música por la fe.
Ojalá que así como cada una de esas creencias tiene sus “músicos”, con el tremendo poder de difundirlas, tengamos nosotros – los músicos – conciencia del asombroso “poder” que tiene la música para la vida del hombre.
Muchas felicidades a todos en estas fiestas y que el año 2009 nos encuentre unidos en la misión de hacer y enseñar música.
Humberto López
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La música y la realidad
Estimados lectores, después de mucho tiempo y habiendo atravesado algunos problemas, tengo la alegría de volver a escribir en este lugar tan querido que es el Blog de Música Viva. Lugar en el que he recibido muchas satisfacciones y que me ha permitido conectarme con muchos colegas y personas interesadas en la música y en su educación.
Si bien yo pensaba con que tema reiniciaría mi contacto con Uds. nunca imaginé que podría hacerlo desde un grupo de comentarios que surgieron a raíz de mi escrito “¿Qué significa enseñar instrumentos en un colegio de enseñanza general?, del cual surgieron tres interesantes comentarios, absolutamente disímiles entre sí, pero que precisamente por esas diferencias, me plantearon un hecho de mucha significación para mi.
Uno de ellos, generado por Gustavo, plantea el interrogantes acerca de cuales son los problemas dentro de la Enseñanza Musical.
El segundo de Ana Lucía habla acerca de la motivación, la evaluación y la formación de grupos musicales y sus características en los colegios.
El tercero de José Luis, plantea un panorama cuanto menos sombrío de la Educación Musical en nuestro país y de la formación de quienes deben llevarla adelante.
Como Uds. sabrán es un tema que me apasiona y que creo debería merecer la atención de todos aquellos quienes tratamos de formar seriamente a los estudiantes para poder apreciar, vivir, interpretar la música ya sea en forma amateur como profesional.
Entrando en tema, creo que entran en este incipiente análisis de la educación musical, muchas variables que se deberían analizar y de las cuales sólo hago un listado enunciativo, esperando que otros tengan la amabilidad de agregar al mismo sus propias conclusiones y experiencias.
He de enviar este artículo también a todos los miembros del Grupo de Música VIva, ya que dada la trascendencia del tema considero muy importante mencionarlo ante la mayor cantidad de gente posible.
Cuando hablamos de educación musical, creo que mencionamos un amplio espectro de temas y campos en los que un docente puede operar (música vocal, música instrumental, música electrónica, historia, audición, composición, etc.) que nos permitiría pensar que nos hallamos frente a un conglomerado de disciplinas, siendo cada una de ellas absolutamente distintas, pero que necesitan una serie de conocimientos y habilidades comunes que permiten avizorar su naturaleza peculiar.
Teniendo esto en consideración y analizando la situación en sus dos aspectos: la enseñanza en colegios generales y en conservatorios especializados, me parece que podríamos comenzar mencionando los siguientes aspectos:
1) La depreciación de nuestra educación musical, no es un hecho aislado, sino que creo se corresponde con la baja del rendimiento educativo en todas sus áreas, situación ampliamente divulgada y de conocimiento publico.
2) La ubicación en relación con su “utilidad práctica”, que la sociedad brinda a la música que, – paradojalmente – a pesar de reconocer su importancia dentro de la vida de los individuos, no se siente inclinada a considerar que necesite un espacio demasiado importante dentro del curriculum escolar.
3) La escasa importancia que le brindan las autoridades educativas, que sostienen que con que un alumno cumpla una de las asignaturas del “área artística”, ya sea ésta música, plástica, teatro, etc.) tiene cubierta su “cuota educativa” en las artes. Y esto sumado a la absurda separación que se realiza en forma tácita o explícita entre las ciencias y las artes.
4) Nuestra difícil situación social, como país y como parte de un mundo azotado por continuas crisis de todo tipo.
5) La operatividad de muchos directores de colegios que brindan un mínimo espacio a las actividades musicales, aduciendo razones de “costos”, de “importancia curricular”, de necesidad de ocuparse de las “materias importantes” (sic), de razones de “espacio”, etc. que contribuyeh a generar docentes humillados, resentidos, afectados en su autoestima y que generar un círculo vicioso que se retroalimenta en función del desprestigio de la música como materia.
6) La actitud de muchos docentes que se remiten a “cumplir” con su tarea o a ignorarla, resguardándose también en que “total, a nadie le importa lo que hacemos”.
7) La típica actitud social que nos envuelve de las “antinomias”: así como somos buenos o malos, de Ríver o de Boca, también nos ubicamos en ser “músicos clásicos” (considerando que la “otra música” es de muy baja calidad), o somos “músicos populares” (manifestando que la otra es música de elite”).
La continua declamación de “Nuevos planteos curriculares” que en general se refieren siempre a la técnica de la interpretación (hablando de las instituciones especializadas), sin intentar comprender que el hecho musical es un tema que atañe a los individuos en forma personal y a la sociedad en general, tanto en el aspecto filosófico, psicológico, sociológico y antropológico.
9) La lejanía, en muchos casos, de las investigaciones de alto vuelo que se desarrollan dentro de la materia, de la constante de las aulas y de los problemas diarios que tienen los docentes que acuden a cada clase con cientos de dudas a enfrentar problemáticas que a veces los exceden desde todos los ángulos.
Tal vez considerarán que lo que acabo de mencionar es una mezcla de descripciones pesimistas u oscuras, sin embargo me he referido a circunstancias que están todos los días en las conversaciones de muchos quienes nos dedicamos a la educación y de muchos padres preocupados por el futuro de sus hijos.
Quienes me conocen, saben que soy un optimista a ultranza, pero no ignoran que trato de basar ese optimismo sobre las situaciones reales y concretas que me tocan vivir.
Y de ese optimismo y de esa realidad, surgen, a mi entender, como alternativa muy válida a esas descripciones, una serie de interrogantes que, si pudiéramos contestar, nos comenzarían a acercar a otra realidad muy distinta y mucho más promisoria:
¿ Tenemos conciencia los docentes de música, de la extraordiaria herramienta que poseemos, como elemento formador de la personalidad de los alumnos?
¿ Pensamos y reflexionamos alguna vez, que cuando impartimos una instrucción musical a nuestros alumnos, estamos generando en ellos un proceso sensitivo, que les va a permitir apreciar las circunstancias de su vida en una forma más amplia?
¿ Nos sentimos alertas ante el hecho de que podemos invitar a los alumnos a crear, generando en ellos la posibilidad de expresarse por medio de sus propias construcciones, alentándolos y guiándolos en el camino del arte?
¿ Somos conscientes que no necesitamos ser “genios” ni tener “vocaciones especiales” para hacer música y disfrutarla, sino que lo que hace falta es conocerla para poder llegar a amarla?
¿ Aceptamos la realidad que ese “conocerla” no necesariamente tiene un sólo camino, sino que cualquier ruta que elijamos, transitada con conocimientos, responsabilidad y esfuerzo, nos gratificará y gratificará a nuestros alumnos, permitiéndoles disfrutar de la actividad?
¿ Entendemos que ubicarnos en la óptica de pensar que “no hay docentes formados adecuadamente”, “los colegios no dan espacio”, “nunca afinan el piano”, “a nadie le importa”, etc. etc. no nos conduce más que a la frustración, alimentando el círculo que una y otra vez nos lleva a sentirnos fracasados?
¿ No podemos pensar que quienes creemos que estamos capacitados debemos ayudar a los otros, que quienes tienen medios pueden colaborar con otros, que quienes tienen circunstancias de éxito pueden compartiras y que – a fin de cuentas – los otros somos nosotros mismos?
¿ Queremos aceptar que el éxito y el fracaso no se miden en función de los logros, sino de las expectativas (expectativas ecuánimes, reflexivas y adecuadas a las circunstancias) y que los errores son la real fuente de aprendizaje?
¿ Estamos de acuerdo en que somos quienes podemos formar a los alumnos en la adquisición de un nuevo lenguaje no verbal, pero con un poder de comunicación extraordinario, que visto desde su aspecto científico o emocional, psíquico o fisico, íntimo o masivo, promueve grandes transformaciones en lo personal y en lo social?
Imagino que muchos considerarán que, aparentemente, estas preguntas tienen que ver poco con lo musical, pero sin embargo considero que en ellas se centra el cambio de actitud necesario para comenzar a modificar esa realidad que aparentemente nos abruma y que todo lo demás (técnica, habilidad, conocimientos específicos, etc.) estará absolutamente subordinado a la visión que podamos tener de nuestra enseñanza.
Los estudios de los volcanes no se dedican sólo al fuego y al humo, sino que se extienden a las circunstancias que los provocan, aunque el fuego y el humo, sean las manifestaciones que pueden apreciarse y que nos afectan.
Felicito a los jóvenes que se preocupan por esta problemática, me entusiasman los profesores que buscan conocer más de la técnica para enseñar cada día mejor, a veces es necesario ser cauto en las críticas al sistema (aunque las mismas se hagan debido a la urgencia y necesidad de que las cosas funcionen mejor) y creo que todos, deberíamos preguntarnos como interrogante final:
¿ Qué hacemos nosotros en nuestra actitud diaria, en nuestra cotidianeidad, por revertir esas situaciones? ¿Acudimos a los especialistas, para que escuchen nuestros reclamos? ¿Interesamos a los directores para que tomen conciencia de las ventajas de la música? ¿Dedicamos el tiempo necesario para que los alumnos y sus familias puedan conocer y amar la música? ¿Buscamos reunirnos en redes basadas en el compromiso con el otro y en su reconocimiento? ¿Generamos proyectos más allá de lo impuesto por el curriculum, como forma de que nuestros estudiantes disfruten del “hacer música”?
También son preguntas que deberíamos respondernos.
Soy consciente que no todo es simple y lineal, que esto no pretende ser ni un recetario de “autoayuda”, ni tampoco un descubridor de nuevas preguntas que probablemente Uds. ya se hayan planteado. Sólo pretende ser una manifestación de una visión de la realidad que nos circunda y que podemos – en caso que así lo pensemos – contribuir a modificar.
Muy feliz de estar nuevamente en contacto con Uds. los saluda
Humberto López
La educación musical – un aporte de todos
Estimados lectores, he recibido con mucho entusiasmo varios artículos de profesionales preocupados por la forma, los contenidos, la didáctica y su aplicación en el aula, donde destaco los dos últimos, uno del profesor Nuñez de Costa Rica y de la Lic. Yelén de nuestro país. Si bien en ambos se pueden apreciar situaciones de aplicación diferentes, hay un patrón común que es el hacer las cosas bien, para beneficio de quienes quieren aprender música y por otra parte, generar ese interés en quienes aún no lo poseen. Asimismo, voy descubriendo que nuestro grupo de google va creciendo día a día, no sólo en número sino también en profundidad de ideas y en búsqueda de aplicaciones concretas. La idea de Ángeles, acerca de empezar a generar algún tipo de planificación – basada en la realidad y no en ideas o “ideales” que luego se conectan muy poco con ella – reforzada por el aporte tecnológico de Hernán (nuestro webmaster), creo que puede dar origen a productos de indudable riqueza para cada uno de nosotros, para la educación en la música y para la sociedad en su conjunto. No son tareas fáciles, ni de rápido resultado. Sí, son tareas gratificantes que nos brindan la satisfacción del crecimiento y del sentir todo aquello de lo que somos capaces cuando trabajamos con seriedad y alegría (términos que no son antagónicos, sino complementarios).Las dificultades que atravesamos quienes enseñamos música, tienen una indudable compensación: rara vez se nos exige cumplir una planificación determinada, muy pocos directores entienden de que se trata y por otra parte ese desinterés (en muchos casos aparente) de la sociedad, hace que pocos se preocupen por los resultados. Si hablo de lenguajes todos estarían horrorizados si alguien en sexto grado, luego de estudiar seis años de lengua no conociera las letras, o que un alumno, después de seis años de matemáticas no conociera los números. Sin embargo pocos se preocupan que haya alumnos que, en muchos colegios después de tener seis años de música, no puedan leer las notas. Aquí entramos en el tema: ese desinterés por los resultados, hace que tengamos docentes tremendamente preocupados por la situación y otros que, al amparo de la falta de controles, conviertan la clase de música en una especie de “recreo controlado”, donde la falta de objetivos y la pobreza de aplicación, desprestigien aún más la actividad musical en las escuelas. Tal vez pueda ser duro, pero me parece que se debería “tomar el toro por las astas” y plantearlo, ya que exponer una realidad, es la mejor forma de mejorarla, transformarla o mantenerla, pero con conciencia de causa. Hemos emprendido una tarea (me voy a referir a ella en un próximo artículo) y nuestro grupo cuenta con miembros de varios tipos: docentes que recién se inician, otros muy experimentados, de enseñanza inicial, de primaria y de secundaria, pedagogos de mucha experiencia, músicos profesionales e incluso con algunos entusiastas aficionados que han sido y continúan siendo miembros de agrupaciones musicales (coros, orquestas, etc.). La tarea es como hemos dicho, generar un camino de enseñanza musical basado en la realidad del cada día en los colegios, con el fin de jerarquizar y ampliar las bases de acción de quienes enseñamos. Y aquí termino, diciendo que TODOS, pueden realizar su aporte a la tarea. Hay quienes dirán “yo no soy docente y no entiendo”, otros que pensarán “ya no enseño y no vale la pena”, otros que “no estoy de acuerdo y mejor no opino”. Sin embargo, TODOS pueden contribuir, porque el enseñar-aprender no es sólo una cuestión de técnicos, es un proceso vital en el cual todos – consciente o inconscientemente – tomamos parte durante toda nuestra vida. Todos alguna vez enseñaron, todos alguna vez aprendieron y nada más enriquecedor para estos procesos que las distintas visiones desde los distintos posicionamientos de la vida. A nuestros amables lectores, los invito a unirse al grupo, a quienes ya están en él a escribir, a discutir y a aportar ideas. Todos estaremos gratificados si nuestro trabajo termina con éxito. Muchas gracias Humberto
Componer en el aula
Me he referido muchas veces al hecho de “componer en el aula”. Es ésta una idea a veces aplaudida, a veces combatida, pero que sin duda plantea ciertas connotaciones que es interesante plantear como forma de pensar y repensar la actividad.
Componer, dentro del aula, significa crear música a partir de los elementos musicales o no musicales disponibles y desde los conocimientos (cualquiera sea su nivel) que posean los alumnos.
Todos podemos, con un mínimo esfuerzo, tomar conciencia de nuestras posibilidades de hacer música (entonar una melodía, crear una melodía, producir sonidos con el cuerpo, con los elementos de nuestro entorno, con instrumentos, etc.), al pensar en ese hacer como una forma de uso de los sonidos no relacionada con sistemas musicales elaborados.
Cuando decidimos plantear que nuestros alumnos compongan, inmediatamente debemos pensar en cuales serán nuestros parámetros de observación, cuales los puntos que deberemos evaluar y cual será nuestra postura con respecto a algo que visto desde ciertos cánones tradicionales, no va a “sonar” como una sonata de Mozart.
Espero que estemos todos de acuerdo en que nuestros sistemas de hacer música han ido variando con el correr del tiempo, han ido modificándose, han experimentado múltiples “recetas”, encontrándonos con que en nuestra época actual, se han derribado muchas barreras y si bien por un lado hemos llegado a límites insospechados de realización musical inmersos en un gran intelectualismo, esas especulaciones casi “sin límites”, también nos han permitido un uso menos “limitado” del sonido, aceptando una experimentación que enriquece las posibilidades del aprendizaje.
¿Se nos ha ocurrido que cada niño del aula, haga una simple y pequeña melodía con su nombre? Les pido que no se desmoralicen en el primer intento, donde lo más común son las risas de sorpresa, las miradas entre sí, los “noes” de los más tímidos y aquellos que por sentirse cohibidos utilizan dos notas para decir “A-na”. Sin embargo, luego de un par de veces de realizar este simplísimo ejercicio, veremos como su creatividad crece y poco a poco, estas pequeñas fórmulas van cobrando una mayor vida.
¿Pensamos también en repetir un pulso en forma sucesiva a fin de detectar a quienes tienen dificultades en mantenerlo coherentemente? ¿Y luego de ello un esquema rítmico? Sencillo, no complicado, esto será solo una experimentación.
Todo esto, debería ser realizado muy rápidamente, tal vez utilizando menos de 12 minutos de clase.
Bueno, una vez que hemos “demostrado” a nuestros alumnos que todos pueden marcar un pulso, sostener un ritmo y crear una melodía, mi pregunta es: ¿qué más necesitamos para componer música? Tal vez ayude una idea generadora: pensaron en invitarlos a crear una composición llamada “el reloj”?
Probablemente nos sorprenderemos de la riqueza que iremos encontrando en este sencillo trabajo que no debería llevar más que 15 minutos por clase. Eso sí, no nos olvidemos que es conveniente dividir la clase en grupos de alrededor de ocho chicos, para que puedan trabajar mejor.
Cuando los escuchemos, nos daremos cuenta que a lo que han hecho, le podríamos agregar dinámica, articulación, velocidad, carácter, variaciones tímbricas, etc.
¡Cuántos elementos de la música en muy breve tiempo!
Quise ilustrar esto, para ejemplificar aquello que llamamos componer. Con el correr del tiempo, podremos ir agregando fórmulas rítmicas, melodías con un cierto esquema tonal, forma, estructura, etc.
Siempre con la misma característica: la de la experimentación.
Siempre alentando, siempre evaluando sobre lo positivo, siempre tomando conciencia que estamos trabajando con seres que tal como nosotros dudan, sienten vergüenza, temen al juicio, pero se preocupan para que sus producciones sean tan buenas como puedan serlo.
De aquí en adelante, nuestra actitud les ayudará a seguir creciendo.
Hasta pronto!
Educación musical: Dos caminos que se unen
Muchas veces pienso que la Educación Musical, debería transitar, en los colegios de enseñanza general, por dos caminos que si bien son opuestos, también son complementarios.
Por un lado, el camino de las indicaciones precisas – casi sin discusión – cuando queremos formar un grupo de música (coro, orquesta, etc), ya que están orientados específicamente a interpretar obras musicales, para las cuales los chicos no tienen la preparación suficiente, ni en el aspecto analítico ni en el interpretativo.
Por el otro, existe el camino de la creación, con su carga de imprevisibilidades, que – a mi criterio – es indispensable para conocer la música desde dentro. Improvisar, componer, son actividades que deberían estar siempre presentes en la actividad del aula, para permitir a los niños descubrir por sí solos las posibilidades de la música.
En la primera opción el docente tiene que dictaminar e “imponer” (en el buen sentido del término) su práctica, ya que en líneas generales se trata de la solución de problemas puntuales (afinación, precisión rítmica, fraseo, etc.), que debe conducir a la realización de obras específicas.
En la segunda, el maestro debería enseñar y compartir, pero desde la propuesta del alumno, porque se trata de descubrir, de interactuar, de llegar a un conocimiento que, desde su proceso y por sus objetivos, contribuye a la formación de ambos.
Muchas veces he comentado que veo ciertos preconceptos en la actividad musical: si dirigimos un coro, para ser bueno, debe ser a cuatro voces o cantar “a capella”; si componemos, debemos hacer una obra memorable que – muchas veces – debe ser tan difícil de ejecutar como sea posible; si somos pianistas debemos ser “concertistas”; los cantantes deben hacer ópera, y así sucesivamente.
Pocas veces nos detenemos a elogiar la sencillez, la simplicidad, la tarea consecuente que nos permite el vivir de cada día y el enseñar en cada momento. Como siempre digo, no hablo de obras que se hacen en forma descuidada, hablo de responsabilidad en la interpretación o composición de lo que puede estar al alcance de todos.
Desde ya, la sencillez se vuelve sublime en manos de los genios, pero tendríamos que aceptar que todos podríamos disfrutar y hacer disfrutar, de enseñar y aprender, de compartir experiencias por medio de lo simple.
Si queremos cantar o formar un coro con nuestros alumnos, pensemos en lo hermoso de cantar a una voz o a dos y no nos disculpemos de hacerlo con piano; busquemos que lo que hagan sea lo mejor posible, que sientan el enorme placer del canto expresivo, ajustado y preciso.
Si inducimos a componer, no esperemos una fuga de nuestros alumnos y tratemos de darles los elementos necesarios para que logren hacer música equilibrada en el estilo que elijan.
Si les proponemos improvisar, no pretendamos que lo hagan como un “jazzero” avezado, pero dejemos volar su imaginación y rescatemos todo lo bueno que puedan lograr en su cometido.
Interpretar y componer, son los dos caminos que deberían ir de la mano en cualquier aula donde se haga música. Y me atrevo a decir esto para cualquier nivel de enseñanza: en escuelas generales, en conservatorios y en universidades. Obviamente en las instituciones especializadas, el interpretar llevará una mayor exigencia técnica y el componer se realizará con una profundidad mayor, pero los pasos deberían ser los mismos.
En definitiva ambos caminos se dirigen al “hacer música”.
Hasta pronto
La alegría en la Música y en la Educación Musical
Una vez más tener la posibilidad de escuchar/ver un concierto en un canal de cable, me permitió volver a reflexionar sobre un tema que para mí es fundamental: que transmitimos o pretendemos transmitir cuando hacemos música. En dicho programa tocó la Orquesta Filarmónica de Berlín, dirigida por el maestro estonio/americano Neeme Järvi (de quien pueden encontrar abundante información en la web) con un programa de obras románticas.No cabe duda que estamos ante uno de los más prestigiosos organismos sinfónicos del mundo, ante una de esas orquestas donde los músicos “tocan solos” y los directores están para poner su dosis de genialidad y arte.Pero no es esto lo que me llamó la atención sino la sensación que surgió – al menos desde mi punto de vista – o “sobrevoló” todo el concierto: LA ALEGRÍA.Alegría de los intérpretes, alegría en los solistas, alegría en el director, alegría en el público – inmensa cantidad de público, sentados en un enorme anfiteatro al aire libre – para quien la orquesta dedicó algunos bises de su preferencia.Un director con una técnica irreprochable, que por momentos dejaba de lado, para dirigir sólo con gestos expresivos (y aún sin gestos) – con una orquesta de calidad rayana en la perfección – brindaron un concierto de muy alto nivel, donde una vez más, pudimos apreciar su enorme poder de comunicación.No nos asombra ver y disfrutar los miles de encendedores que se prenden en un concierto de rock (es ya casi un clásico) y entonces se habla de la motivación, la sensibilidad, y el “desacartonamiento” de esos espectáculos. En este concierto eran cientos y miles de “estrellitas” (esas que prenden los chicos para Navidad), siguiendo el compás de la música, y eran muchas personas bailando delante de sus sillas y aplaudiendo los “temas populares alemanes” con los que la orquesta cerró su concierto. Y yo me preguntaba porque en nuestro país, vivimos la música clásica como una “cosa seria” y el rock como “algo divertido”? Porqué nuestro folklore queda de lado en los conciertos sinfónicos? Porqué nuestra música original no se oye nunca en nuestros teatros? Porqué no hacemos que toda la música, sea motivo de alegría? Y en otro orden de cosas, porqué no entramos con alegría al aula y le mostramos a los chicos que hacer música es divertido, es alegre y es placentero? Porqué pensamos que hacer música clásica es más importante y más “difícil” que hacer rock, o jazz o tango?Porqué no mostramos a nuestros alumnos la alegría de la música “seria”? Será tal vez porque esto va de la mano con nuestra costumbre de ver las cosas desde un lado negativo o porque nos sentimos abrumados por la realidad o porque hemos olvidado la esperanza y la ilusión. Podemos encontrar miles de justificaciones pero en nuestra época donde la incertidumbre es la realidad, donde tendemos a la crítica despiadada, muchas veces carente de un análisis ecuánime, donde nos desconciertan hechos incomprensibles, donde la vida ha perdido valor como tal, los músicos tenemos el privilegio de poder vivir la alegría por medio de nuestra profesión.En un escenario no hay autoritarismos, no hay situaciones agobiantes, debe haber responsabilidad, trabajo, esfuerzo, capacidad, pero por sobre todo alegría.Y vuelvo a repetir el término con gran convencimiento. Si me permiten la utopía, de alguna manera somos portadores de alegría. Llevémosla a nuestros niños!Hasta la próxima
Un enemigo de la música: la costumbre
Escuchando un programa de televisión hoy en la mañana, me sorprendió el comentario relativo a los robos que se suceden a diario en la zona de Plaza Constitución, en su mayoría cometidos por menores, que buscan así fondos para la compra de droga.
Con mucha pasividad, las posibles víctimas, sólo atinan a explicar cuales son sus sencillos métodos de defensa, para evitar algo que es “de todos los días”.
Hace pocos días escuché también un periodista que manifestaba “hoy, por suerte, no debemos anunciar ningún accidente vial”. Con lo cual, convalidamos que lo normal son los choques y accidentes que generalmente terminan con la vida de alguien.
Lo terrible de estas noticias, lo que creo realmente temible, es la tranquilidad con que todos nos hemos acostumbrado a estas y a otras realidades diarias, tomando como normal lo que nos debería sorprender y maravillándonos ante lo que debería ser normal.
Sabemos que hay muchas posibilidades de que nos roben, conocemos el riesgo de morir en un accidente cuando salimos a la calle, tomamos como normal que miles de niños se droguen en lugar de alimentarse y formarse, y ahí damos lugar a la terrible palabra que nos permite vivir así: la “costumbre”.
No voy a convertir el blog en una tribuna política ni en un sistema de desarrollo social (pese a que esto siempre esté presente), pero sí, es mi propósito, relacionar esto con la educación y más aún con la educación musical.
Esa “costumbre” es la que tampoco nos permite asombrarnos cuando cada año hay problemas con el comienzo de las clases, o con escuelas a las que se les derrumban los techos, o niños que acuden a una violencia extrema en el lugar donde deberían crecer y descubrir la vida.
Por el contrario, nuestra actitud debería ser de asombro en cada instancia educativa (positiva o negativa), al tomar conciencia que cada circunstancia modifica nuestra vida y la de nuestros alumnos.
Cuando educamos, todos deberíamos asombrarnos ante cada clase, ante cada manifestación creativa de un alumno, ante cada mujer u hombre formados en la escuela. Deberíamos sentir que ese descubrimiento diario, que esa forma de poder disfrutar de una relación de encuentros, nos debería alejar de la costumbre.
Cuando enseñamos música, deberíamos recordar que cada hecho musical, aunque se repita la obra que le dio origen, es un nuevo motivo de asombro, que subir a un escenario cada vez es una nueva sensación y que cada clase, cada melodía, cada creación y cada conocimiento adquirido o percibido debería ponernos al resguardo de la “costumbre”.
Cada uno de nosotros tenemos costumbres (concientes e inconcientes), que pertenecen a nuestra rutina diaria. Tomamos el auricular del teléfono con la misma mano y lo apoyamos en la misma oreja, escribimos tomando la lapicera de la misma manera, realizamos movimientos rutinarios al levantarnos, etc. Tenemos una previsibilidad de acciones y actitudes, en general relacionada con los actos mecánicos de nuestra existencia.
Enseñar, jamás debería ser un acto mecánico, sino que debería asombrar y asombrarnos, sacarnos de la rutina, generar acción y reflexión, llegar a distintos puntos partiendo del mismo origen, ser fuente de análisis, de críticas, de conflictos, de entusiasmo y de descubrimientos.
Probablemente si estuviéramos menos “acostumbrados”, los episodios que mencioné al principio, serían menos frecuentes y empezaríamos a darnos cuenta de la peligrosa situación a la que nos somete nuestra costumbre.
Cuando hablamos del cambio en la sociedad, de la transformación educativa, cuando comenzamos a pensar que muchas veces tocar el piano es una actitud que debería ir mucho más allá de ser un simple productor de sonidos, que ser músico es una realidad social con roles importantes en la comunidad y podamos sentir que eso es lo que también debemos transmitir a nuestros alumnos, probablemente dejaremos de acostumbrarnos y comenzar a odiar la rutina sintiendo la riqueza del enseñar y del enseñar música.
No olvidemos que cada sonido es un mundo nuevo!
La educación musical y la herencia
Un comentario que ha realizado una colega, lectora de nuestro blog, me despertó la inquietud de escribir un par de palabras acerca del trabajo en el aula.
Nuestra materia tiene (creo que como todo en la vida), un aspecto positivo y uno negativo, ambos paralelos.
La situación real de la materia “música” es, que pocas veces se controla su planeamiento y menos aún su puesta en práctica. Conque el trabajo de la clase se presente en algún acto, o se muestre de alguna manera, la cuestión está salvada. Como nuestro público es muy poco crítico, si esa presentación gusta (por el vestuario, la escenografía, la “gracias” de los chicos) o cualquier otra “visión”, aunque sea alejada de la música y, por sobre todo los padres están contentos, lo demás interesa poco.
Esto, por un lado es terriblemente negativo, porque preanuncia un profundo desinterés en la materia (tendrán conciencia que más de una vez hablo de “jerarquizarla”), pero a la vez puede ser muy positivo, porque permite al docente capaz y consciente, trabajar tranquilo sin estar atado a programas obsoletos o de difícil cumplimiento.
Por otra parte, están “las herencias”, que son los conocimientos o mejor dicho los “desconocimientos” que los alumnos traen, cuando han estado en manos de docentes conformistas con el sistema o poco capacitados para llevar adelante la materia.
Se – por experiencia propia – que esas situaciones exasperan a cualquier maestro o profesor que se sienta responsable por su trabajo ¿Un chico de secundaria que no sabe donde está el do? ¿Un chico de sexto grado que se burla al escuchar la palabra “fagot”? ¿Un alumno de polimodal que se ríe cuando escucha una soprano cantar ópera? ¿Otro que cree que cuanto más fuerte toca el conjunto de rock, mejor lo hace? ¿Adultos que jamás pisaron un teatro? Miles y miles de preguntas como éstas, pueden realizarse y solo conducir a la frustración.
Creo – en ese afán de ver lo positivo en cada situación – que cuando entramos a un aula, debemos siempre pensar que en música hay que comenzar desde el principio. A medida que descubrimos lo que ya saben, vamos poniéndonos cada vez más contentos y si no conocen nada, habrá que comenzar desde cero. De cualquier manera, música podemos hacer siempre y con cualquier nivel de conocimientos.
Lo importante es sentir que desde el nivel que sea, nosotros estamos cumpliendo con nuestro rol, estamos construyendo personalidades y generando en los chicos el amor por la música. Buscamos descubrir identidades, lograr objetivos, formar amor por la música y mostrar la única diferencia aceptable entre dos músicas: la buena y la mal hecha.
No busco parecer el profeta de la autoayuda, simplemente me interesa que todos los que honestamente buscamos cumplir con nuestra misión, nos sintamos alentados precisamente de eso: de cumplir con nuestra misión.
Cada problema aporta la satisfacción intrínseca de su resolución. No siempre podremos arribar a la solución óptima, pero creo que una de nuestras metas, será, a fin del año, mirar atrás y ver, con alegría que nuestros niños, son un poco más músicos que cuando empezaron, cualquiera haya sido su nivel.
Muchas gracias, hasta la próxima!
La gran melodía de Beethoven
Si hay una melodía que podemos llamar hermosa, es aquella que aparece en el último movimiento de novena sinfonía (llamada Coral), del gran maestro alemán.
Si hay una melodía a la que podemos tildar de sencilla, es justamente esa melodía. Creo que hay pocas cosas tan difíciles como construir cosas simples: Beethoven lo logró.
Si hay una melodía que nos da ganas de cantar y cantar, repetir y repetir, es esa melodía, que debe ser la que ha sido interpretada por más instrumentos y más veces en el mundo y en su historia (incluyendo la voz humana).
He ahí, donde reside el valor de esta melodía y su peligro: su valor está en su extrema belleza, su extraordinaria simplicidad y el gusto que los humanos sienten cuando la cantan. Su peligro en exactamente lo mismo: su hermosura, su sencillez y su gran atracción.
Creo que lo del valor no necesita explicación, pero lo del peligro vale la pena conversarlo: esa simplicidad hace que todo el mundo la cante y la cante y termine cantándola de cualquier forma.
Son sólo unos pocos compases que, en su gran mayoría se desenvuelven por grados conjuntos, con un ritmo sencillo, pero a la cual Beethoven le puso un toque de gracia y “genialidad”: todos sus frases son téticas, pero cuando retoma el tema, anticipa su primera nota y genera una síncopa.
He escuchado los sonidos que la componen durante muchos años, por multitud de chicos, de colegios, de agrupaciones musicales de distinto género, por coros, grupos instrumentales, chicos solistas, maestro que ayudaban a tocarla y en la mayoría de las oportunidades, esa síncopa, ese toque de gracia, esa “sorpresa” en el desenvolvimiento, ¡desaparece!
He aquí un ejemplo tangible de lo que yo mencionaba cuando escuché a Baremboin: cada detalle estaba cuidadosamente atendido. Obviamente, no es necesario observar todas las posibilidades de una orquesta sinfónica cuando estamos haciendo que los chicos toquen o canten esta melodía, pero aquellos que son elementales (ritmo, melodía y fraseo), deberían ser atendidos siempre y con mucho cuidado.
A continuación voy a escribir la melodía tal como es realmente y como se la escucha habitualmente en los colegios:


Obviamente el error de referencia aparece entre los compases 12 y 13, que muchas veces es interpretado como en el segundo ejemplo, cuando en realidad debería ejecutarse como en el primero.
No sólo el problema radica en lograr mayor calidad, sino también por la posibilidad que nos da de enseñar otras cuestiones que no siempre aparecen en las canciones para chicos: síncopa, ligadura de prolongación, acento, matices, etc. (sin considerar la sorpresa del nuevo detalle que aparece para evitar la monotonía de la repetición).
Realmente, muchas veces, nuestro descuido puede hacernos perder maravillosas oportunidades interpretativas y pedagógicas, por lo que quiero mostrarles como cuando uno elige una melodía (y más si esa melodía pertenece a algún Gran Maestro), deberíamos investigar un poco más, ya que el propio Beethoven nos ilustra con una profusa serie de variaciones a lo largo de la obra, que nos permiten mostrar claramente, algunos de los procedimientos que pueden caber dentro de esa forma musical:


La melodía transformada de cuatro cuartos a seis por ocho, luego en seis cuartos, tomando solo el comienzo, etc., tal como se ve en los ejemplos escritos. Sin considerar las variaciones que podría aportar la parte instrumental.
Esto no pretende – obviamente – ser un análisis de la partitura, sino un llamado a cuidar con gran esmero la música escrita, para conservar la pureza y la calidad de quienes la compusieron, así esté interpretada por niños pequeños. A ellos les va a costar lo mismo tocar bien que tocar mal. Para el docente y su prestigio, debería haber una gran diferencia.
Cuando nos ponemos a observar el trabajo de los grandes maestros, no debemos nunca simplificar por nuestra cuenta, sin observar atentamente la partitura en su totalidad. Repito: por razones pedagógicas, uno puede modificar ciertos parámetros de una obra. Pero que esto se haga por comodidad o falta de atención, no es un buen ejemplo para quienes deben estudiar.
La melodía original, no ofrece dificultades mayores y aporta detalles que pueden contribuir y en mucho a que nuestros alumnos aprendan.
Gracias y hasta la próxima.
La evaluación en la educación musical
Mucho hablamos de evaluación en reuniones de profesores. Es un tema complicado, que desvela no solo a los docentes, sino también a especialistas en la materia. Desde ya que toda observación, juicio u opinión sobre otros seres humanos, conduce muchas veces a situaciones de conflicto.
Estos conflictos pueden aparecer aún más frecuentemente, cuando de esa evaluación surgen inconvenientes en la carrera, formación o desempeño del otro.
He asistido a una reunión de profesores que, conducida por un especialista en la materia, fue incluyendo en el tema de la evaluación, no sólo sus aspectos prácticos, sino en una especia de “melodía retrógrada”, opiniones sobre la relación alumno docente, la forma de explicar, la posibilidad de entender, la rigidez de algunos sistemas, etc.
Realmente, comenzar a devanar el ovillo de la evaluación en la educación, da para abarcar muchos temas que – de alguna manera – inciden en ella.
Probablemente podamos conversar mucho más sobre el tema, pero resulta claro que si nosotros tratamos de jerarquizar la materia música, debemos estar atentos no sólo a su sistema de enseñanza-aprendizaje, sino también a la evaluación de los alumnos y por que no, a la nuestra. Tal como decimos de un matrimonio, la relación alumno docente es un proceso de dos, donde las actitudes de ambos influyen en el desarrollo de la relación y de sus consecuencias.
Dentro de este proceso, donde la evaluación (consciente o inconsciente) es constante y continua (aunque no se manifieste gráficamente), debemos tener en cuenta una enorme cantidad de variables que van desde las personalidades a las actitudes, la comprensión y la interpretación, la voluntad del hacer y la timidez, etc.
Pero, y con esto me gustaría terminar esta breve reflexión: en música o en su educación, la evaluación debe contemplar también, y en forma muy cuidadosa, los aspectos de la personalidad del alumno. Hemos mencionado hasta el cansancio que la música es un arte fundamentalmente expositivo. ¡Cuántas veces nos hemos encontrado con alumnos que estudian, aprenden, saben, pero en el momento de cantar una melodía, no pueden siquiera expresarse debido a su personalidad! ¡Cuántas también hemos visto alumnos que por su extraordinaria extroversión y capacidad histriónica, pensaban que no necesitaban preocuparse por la materia!
Cuando digo esto, no pienso en profundos estudios de la teoría musical, sino en el cotidiano esfuerzo para avanzar un poco más en el conocimiento musical.
Nuestro sistema de calificaciones es muy rígido. No contempla siquiera la diferencia que existe entre apreciar materias de ciencias duras o materias humanísticas, donde lo cuantitativo y lo cualitativo tienen un peso muy distinto.
Tal vez allí cobra importancia nuestra actitud en ese proceso de evaluación. No podemos decir “ y bueno. . . yo en música los apruebo a todos, total es música”, porque estamos desvirtuando el valor de la materia ante los ojos de la comunidad educativa. Pero cuando evaluemos, debemos tomar en cuenta las características del arte musical y no sólo remitirnos a lo escrito en un papel, o a la forma de interpretar algún trozo musical.
Una interesante ambigüedad, pero cuyo análisis puede enriquecernos mucho!