Música Viva

Conversando sobre la educación musical

Educación musical: Dos caminos que se unen

Muchas veces pienso que la Educación Musical, debería transitar, en los colegios de enseñanza general, por dos caminos que si bien son opuestos, también son complementarios.
Por un lado, el camino de las indicaciones precisas – casi sin discusión – cuando queremos formar un grupo de música (coro, orquesta, etc), ya que están orientados específicamente a interpretar obras musicales, para las cuales los chicos no tienen la preparación suficiente, ni en el aspecto analítico ni en el interpretativo.
Por el otro, existe el camino de la creación, con su carga de imprevisibilidades, que – a mi criterio – es indispensable para conocer la música desde dentro. Improvisar, componer, son actividades que deberían estar siempre presentes en la actividad del aula, para permitir a los niños descubrir por sí solos las posibilidades de la música.
En la primera opción el docente tiene que dictaminar e “imponer” (en el buen sentido del término) su práctica, ya que en líneas generales se trata de la solución de problemas puntuales (afinación, precisión rítmica, fraseo, etc.), que debe conducir a la realización de obras específicas.
En la segunda, el maestro debería enseñar y compartir, pero desde la propuesta del alumno, porque se trata de descubrir, de interactuar, de llegar a un conocimiento que, desde su proceso y por sus objetivos, contribuye a la formación de ambos.
Muchas veces he comentado que veo ciertos preconceptos en la actividad musical: si dirigimos un coro, para ser bueno, debe ser a cuatro voces o cantar “a capella”; si componemos, debemos hacer una obra memorable que – muchas veces – debe ser tan difícil de ejecutar como sea posible; si somos pianistas debemos ser “concertistas”; los cantantes deben hacer ópera, y así sucesivamente.
Pocas veces nos detenemos a elogiar la sencillez, la simplicidad, la tarea consecuente que nos permite el vivir de cada día y el enseñar en cada momento. Como siempre digo, no hablo de obras que se hacen en forma descuidada, hablo de responsabilidad en la interpretación o composición de lo que puede estar al alcance de todos.
Desde ya, la sencillez se vuelve sublime en manos de los genios, pero tendríamos que aceptar que todos podríamos disfrutar y hacer disfrutar, de enseñar y aprender, de compartir experiencias por medio de lo simple.
Si queremos cantar o formar un coro con nuestros alumnos, pensemos en lo hermoso de cantar a una voz o a dos y no nos disculpemos de hacerlo con piano; busquemos que lo que hagan sea lo mejor posible, que sientan el enorme placer del canto expresivo, ajustado y preciso. 
Si inducimos a componer, no esperemos una fuga de nuestros alumnos y tratemos de darles los elementos necesarios para que logren hacer música equilibrada en el estilo que elijan.
Si les proponemos improvisar, no pretendamos que lo hagan como un “jazzero” avezado, pero dejemos volar su imaginación y rescatemos todo lo bueno que puedan lograr en su cometido.
Interpretar y componer, son los dos caminos que deberían ir de la mano en cualquier aula donde se haga música. Y me atrevo a decir esto para cualquier nivel de enseñanza: en escuelas generales, en conservatorios y en universidades. Obviamente en las instituciones especializadas, el interpretar llevará una mayor exigencia técnica y el componer se realizará con una profundidad mayor, pero los pasos deberían ser los mismos.
En definitiva ambos caminos se dirigen al “hacer música”.
Hasta pronto   

Cómo hacemos cantar a los chicos (3)

Un muy amable comentario a una de las notas de una muy buena y dedicada especialista en la educación musical, me hizo interrumpir mi secuencia planificada para estos escritos, con el fin de aclarar algunos aspectos de la forma de hacer cantar.Sostengo que el maestro debe ser un poco director y que todo director debería ser maestro. Cuando uno se pone frente a un grupo para que cante, debería siempre poder utilizar recursos de la dirección coral. Voy a ir poco a poco conversando acerca de estos, pero aquí quisiera referirme puntualmente a cierta metodología que deberíamos aplicar en ocasión de formar un grupo de canto (notarán que evito la palabra “coro”).

Uno de los comentarios de María Fernanda (la lectora de referencia), se refería a generar el interés en los niños. Esa generación de interés debe ser realizada desde varios ángulos. Cuando creemos que su entusiasmo podrá generarse por el repertorio, tenemos algo de razón; si se debe a las oportunidades de poder cantar, otro poco; si es porque se sienten contenidos, otro poco; y si se debe a nuestra personalidad, otro poco. Son todos granos de arena que contribuyen a generar el entusiasmo, pero que resultan insuficientes cuando son aplicados en forma individual. Todos (y muchos otros que no menciono), deben aplicarse en forma simultánea (dentro de lo posible), para lograr ese entusiasmo que pretendemos. Pensando en esto, es que se me ocurrió unir aquí, cuatro palabras que creo que deben ir profundamente unidas en la actividad del canto en el colegio:

Arte – Dirección – Calidad – Espectacularidad.

Obviamente hacer cantar a los niños en el colegio es una actividad pedagógica, que necesita conocimientos, recursos, comunicación, etc. Pero que, para contribuir a generar el entusiasmo necesario, necesitamos relacionarla con el Arte.

Pretendemos y así tenemos que mostrarlo a los chicos, que ellos se consideren artistas y que nosotros tengamos la visión y la imaginación de que enseñar una canción y cantarla ante el público es un hecho artístico. No es el llenar un hueco y cantar porque “queda bien” o le “gusta a los padres”. Si queda bien, bárbaro, si los gusta a los padres, tanto mejor, pero nuestro objetivo (y el de los chicos) debe ser realizar una obra de Arte.

Para ello hay que Dirigir. Dirigir implica tener consignas claras, guiarlos hacia el éxito, contenerlos en sus temores y hacerlos hacer música. No sirven los directores dubitativos. Lamentablemente, es mejor equivocarse haciendo que creer estar siempre acertados por no ir adelante. El director debe sentirse seguro (aunque no lo esté) y transmitir esa seguridad. Debe lograr que se disipen los temores propios del cantar y además transmitir la satisfacción y la alegría de hacerlo. Cómo? Mostrando su propio placer y compartiendo su propia seguridad. Es muy importante que el director cante todo aquello que va a enseñar, que evite las dudas (a lo mejor para eso hay que estudiar antes de ir a la clase) y que esté en pleno conocimiento del análisis de la obra que vaya a enseñar.

Estas dos situaciones previas, tienen una influencia muy grande en la Calidad del resultado. Si hacer Arte eleva la autoestima y una Dirección clara brinda seguridad, la Calidad permite justificar el esfuerzo realizado. Por supuesto que la Calidad estará relacionada con nuestra propia capacitación, pero existen reglas básicas que respetándolas, aún cuando uno no sea un especialista en lo coral, darán muy buen resultado a la experiencia de canto.

Por último, la Espectacularidad. No necesariamente se relaciona con cuestiones grandilocuentes que necesiten mucho trabajo visual o grandes erogaciones en dinero. Tampoco es necesario – para lograrla – utilizar lo que está de moda. La Espectacularidad a la que me refiero pasa – dentro de la vida del colegio – porque cada evento o concierto donde participe el coro, despierte expectativas, sea esperado con mucho interés, sea valorado e impresione (en el buen sentido) a la comunidad educativa para que escucharlo, se convierta en una necesidad. Cada concierto debería llevar consigo una sorpresa, algo diferente que quede en el recuerdo de todos.

Planificar todo esto requiere entre otras cosas un cuidadoso análisis de las circunstancias y de los procedimientos para que todo esté adecuadamente organizado, pero también un análisis ecuánime de las posibilidades del coro. No debemos ser demasiado indulgentes con el repertorio y tampoco pensar que podremos hacer obras que vayan más allá de sus posibilidades.

La vieja costumbre de lo coral indica que un coro “a capella” tiene más calidad que otro acompañado; y que uno a varias voces será más virtuoso que otro al unísono. En mi entender prefiero un coro acompañado bien afinado, que una demostración sin instrumentos donde la afinación sea errática. Y también la experiencia dice que lograr un buen unísono no es una tarea tan sencilla como parece.

Una idea magnífica para cualquier concierto es hacer cantar a la audiencia. Y hasta podemos armar un canon con ellos! Eso despierta una gran alegría y convierte la rutina de un concierto en un hecho vivo y participativo, donde todos terminan entendiendo más.

Por último no olvidemos aquello que mencioné en uno de los artículos anteriores: la alegría, emoción que a mi criterio, debe estar siempre presente en cada concierto. Alegría de los chicos, alegría del público y alegría de quien conduce!

Hasta pronto!

Cómo hacemos cantar a los chicos (2)

En el artículo anterior, me referí a ciertas características que a mi juicio debe tener la enseñanza del canto (o formación de coro), dentro de la Escuela de Enseñanza General.
Continuando con esa idea, creo que aquí es también muy importante distinguir la situación de cada clase, de cada docente y de cada alumno. El escrito anterior, tenía una clara referencia a todos aquellos aspectos que tenían que ver con la relación alumno-docente. En este, me gustaría detenerme en el entorno dentro del cual debemos hacer cantar a nuestros alumnos y en que forma sus particularidades afectan al desarrollo de una clase de este tipo.
Los aspectos que tienen que ver con el entorno, van desde el habitat donde desarrollamos nuestra clase, la experiencia previa de los alumnos (y la nuestra), hasta la conformación del curso.
Rápida y naturalmente, cuando un colegio o sus directores se proponen generar un coro (o un grupo de canto), pretenden resultados rápidos y si es posible espectaculares. En mi vida de docente, siempre desalenté esas expectativas, porque la realidad nos indica que todo trabajo de este tipo hecho apresuradamente, no da buenos resultados.
Obviamente que la falta de espíritu crítico de nuestro público, hace que los aplausos sean generosos (aunque a veces no muy justificables) y por otra parte, la falta de formación, contribuye a que los padres festejen más una canción de moda, que una obra de buena factura musical.
Creo que lo bueno es apuntar a un trabajo sereno, eficiente y que se distinga por su calidad; que vale la pena explicar a todos, que si bien lo haremos en el menor tiempo posible, ese tiempo debe transcurrir; que la espectacularidad no siempre tiene relación con la calidad; y que los niños merecen el respeto de una enseñanza con conciencia y que vaya a lo profundo.
Considero que todo esto, se debe explicar al director del colegio muy tranquilamente, ya que él tampoco – probablemente – comprende lo que significa el quehacer musical. La mayoría de las personas cree que la música se hace sin esfuerzo y que “no importa como sea, porque los chicos siempre gustan”. Es fantástico que los padres se inclinen por aplaudir a sus hijos, pero siempre va a ser mejor que los aplaudan con razón.
Así como en el escrito anterior focalicé mi atención en las cuestiones de relación entre docentes y alumnos, aquí me detengo a pensar en:
Es importante poseer un aula o salón con el menor nivel de ruido externo: esto es válido para todas las materias, pero en música trabajamos con sonidos y en un coro estos sonidos deben ser audibles por sobre todas las cosas. ¡Cómo podremos escuchar si el grupo afina, si estamos en un patio que da a la calle por donde pasan camiones!
Es también fundamental poseer un instrumento afinado: Si lo vemos desde el punto de vista coral, no es necesario contar con un instrumento: con un diapasón basta. He preparado coros muy complejos, sólo con la ayuda de mi voz, pero reconozco que es un enorme gasto de energía. Un piano, una guitarra, un teclado, son de gran ayuda para este trabajo. Pero sí, es esencial, que esos instrumentos estén bien afinados.
Hay que tener en cuenta la experiencia previa de los alumnos: No es lo mismo comenzar de cero para hacer cantar a un grupo de niños, que enfrentarse con un grupo experimentado. Nunca debemos olvidar que nosotros planteamos un desafío y que para ellos también lo es. Hay que tratar por todos los medios que se sientan muy cómodos haciendo este trabajo y que lo disfruten. El miedo a la exposición es normal en muchos seres humanos. Es lógico que deban exponerse para cantar bien, pero no debemos olvidar el esfuerzo que esto significa para ellos.
Debemos escucharlos a todos en forma individual: No es cuestión de tomar al grupo y hacerlo cantar. En todo grupo hay voces agudas, graves, entonadas, desentonadas, afinadas, desafinadas, fuertes, suaves, de timbre áspero, de mucha dulzura, con emisión rápida o lenta, etc. Debemos conocer el material con que hemos de trabajar y para eso es necesario escucharlos. No una sino varias veces, para que al tomar confianza puedan soltarse y dejar de lado el factor tensión (de gran influencia en el aspecto vocal).
Es conveniente utilizar obras que se adapten al registro medio del grupo, pero con alguna exigencia: No utilicemos sólo obras que les sean “cómodas”. Hagamos el trabajo cómodo, pero planteemos alguna exigencia en cada obra nueva. Es un proceso lento, pero debe ser sostenido. Existen experiencias de grupos corales en colegios que por años siguen cantando en el registro de una octava: de “do a do”. Cuando les he preguntado porqué, los docentes me contestan: “porque llegan hasta ahí”. En buena medida ese “hasta donde llegan” depende también del docente.
Siempre cantemos nosotros lo que les pedimos que canten ellos: Es importantísimo ejemplificar lo que vamos a hacer. No importa si nuestra voz es linda o fea, grave o aguda, lo importante es que ellos también nos escuchen cantar. El docente que toca el piano y les dice “canten” y jamás se expone, nunca podrá llegar a lo profundo del niño, porque lo pondrá en una posición desventajosa. El “riesgo” debe ser asumido por ambos.
Démosle partituras: así sea una simple línea melódica, es importante que ellos puedan ir visualizando esa escritura, que en un principio les será irreconocible, pero que poco a poco irá generando en ellos la costumbre de percibir ciertas diferencias sonoras.
Por último, jamás olvidemos que: es mejor una línea melódica bien afinada y precisa rítmicamente, que una canción a cuatro voces imprecisa y con errores de afinación. En ningún lugar del mundo está escrito que un coro DEBE ser a varias voces. Somos nosotros que imaginamos que si no es así no nos luciremos. Hacer un coro al unísono tiene sus propias dificultades y debemos enfrentarlas y vencerlas. Ya llegará el tiempo en que podamos cantar a varias voces, pero conservando la afinación y la justeza rítmica.
Les pido que no crean que busco “dictar cátedra”, sino compartir experiencias. Me gustaría mucho que quienes no estén de acuerdo lo hagan saber y que compartan sus opiniones, para el enriquecimiento mutuo. Hablo desde mi experiencia, desde años de esfuerzo, donde pude apreciar el valor del esfuerzo y la constancia como actitud fundamental para llegar al éxito. Todos los chicos pueden cantar, es sólo la actitud del docente la que los llevará a realizarlo!  
 

La alegría en la Música y en la Educación Musical

Una vez más tener la posibilidad de escuchar/ver un concierto en un canal de cable, me permitió volver a reflexionar sobre un tema que para mí es fundamental: que transmitimos o pretendemos transmitir cuando hacemos música. En dicho programa tocó la Orquesta Filarmónica de Berlín, dirigida por el maestro estonio/americano Neeme Järvi (de quien pueden encontrar abundante información en la web) con un programa de obras románticas.No cabe duda que estamos ante uno de los más prestigiosos organismos sinfónicos del mundo, ante una de esas orquestas donde los músicos “tocan solos” y los directores están para poner su dosis de genialidad y arte.Pero no es esto lo que me llamó la atención sino la sensación que surgió – al menos desde mi punto de vista – o “sobrevoló” todo el concierto: LA ALEGRÍA.Alegría de los intérpretes, alegría en los solistas, alegría en el director, alegría en el público – inmensa cantidad de público, sentados en un enorme anfiteatro al aire libre – para quien la orquesta dedicó algunos bises de su preferencia.Un director con una técnica irreprochable, que por momentos dejaba de lado, para dirigir sólo con gestos expresivos (y aún sin gestos) – con una orquesta de calidad rayana en la perfección – brindaron un concierto de muy alto nivel, donde una vez más, pudimos apreciar su enorme poder de comunicación.No nos asombra ver y disfrutar los miles de encendedores que se prenden en un concierto de rock (es ya casi un clásico) y entonces se habla de la motivación, la sensibilidad, y el “desacartonamiento” de esos espectáculos. En este concierto eran cientos y miles de “estrellitas” (esas que prenden los chicos para Navidad), siguiendo el compás de la música, y eran muchas personas bailando delante de sus sillas y aplaudiendo los “temas populares alemanes” con los que la orquesta cerró su concierto. Y yo me preguntaba porque en nuestro país, vivimos la música clásica como una “cosa seria” y el rock como “algo divertido”? Porqué nuestro folklore queda de lado en los conciertos sinfónicos? Porqué nuestra música original no se oye nunca en nuestros teatros? Porqué no hacemos que toda la música, sea motivo de alegría? Y en otro orden de cosas, porqué no entramos con alegría al aula y le mostramos a los chicos que hacer música es divertido, es alegre y es placentero? Porqué pensamos que hacer música clásica es más importante y más “difícil” que hacer rock, o jazz o tango?Porqué no mostramos a nuestros alumnos la alegría de la música “seria”? Será tal vez porque esto va de la mano con nuestra costumbre de ver las cosas desde un lado negativo o porque nos sentimos abrumados por la realidad o porque hemos olvidado la esperanza y la ilusión. Podemos encontrar miles de justificaciones pero en nuestra época donde la incertidumbre es la realidad, donde tendemos a la crítica despiadada, muchas veces carente de un análisis ecuánime, donde nos desconciertan hechos incomprensibles, donde la vida ha perdido valor como tal, los músicos tenemos el privilegio de poder vivir la alegría por medio de nuestra profesión.En un escenario no hay autoritarismos, no hay situaciones agobiantes, debe haber responsabilidad, trabajo, esfuerzo, capacidad, pero por sobre todo alegría.Y vuelvo a repetir el término con gran convencimiento. Si me permiten la utopía, de alguna manera somos portadores de alegría. Llevémosla a nuestros niños!Hasta la próxima

Un enemigo de la música: la costumbre

Escuchando un programa de televisión hoy en la mañana, me sorprendió el comentario relativo a los robos que se suceden a diario en la zona de Plaza Constitución, en su mayoría cometidos por menores, que buscan así fondos para la compra de droga.
Con mucha pasividad, las posibles víctimas, sólo atinan a explicar cuales son sus sencillos métodos de defensa, para evitar algo que es “de todos los días”.
Hace pocos días escuché también un periodista que manifestaba “hoy, por suerte, no debemos anunciar ningún accidente vial”. Con lo cual, convalidamos que lo normal son los choques y accidentes que generalmente terminan con la vida de alguien.
Lo terrible de estas noticias, lo que creo realmente temible, es la tranquilidad con que todos nos hemos acostumbrado a estas y a otras realidades diarias, tomando como normal lo que nos debería sorprender y maravillándonos ante lo que debería ser normal.
Sabemos que hay muchas posibilidades de que nos roben, conocemos el riesgo de morir en un accidente cuando salimos a la calle, tomamos como normal que miles de niños se droguen en lugar de alimentarse y formarse, y ahí damos lugar a la terrible palabra que nos permite vivir así: la “costumbre”.
No voy a convertir el blog en una tribuna política ni en un sistema de desarrollo social (pese a que esto siempre esté presente), pero sí, es mi propósito, relacionar esto con la educación y más aún con la educación musical.
Esa “costumbre” es la que tampoco nos permite asombrarnos cuando cada año hay problemas con el comienzo de las clases, o con escuelas a las que se les derrumban los techos, o niños que acuden a una violencia extrema en el lugar donde deberían crecer y descubrir la vida.
Por el contrario, nuestra actitud debería ser de asombro en cada instancia educativa (positiva o negativa), al tomar conciencia que cada circunstancia modifica nuestra vida y la de nuestros alumnos.
Cuando educamos, todos deberíamos asombrarnos ante cada clase, ante cada manifestación creativa de un alumno, ante cada mujer u hombre formados en la escuela. Deberíamos sentir que ese descubrimiento diario, que esa forma de poder disfrutar de una relación de encuentros, nos debería alejar de la costumbre.
Cuando enseñamos música, deberíamos recordar que cada hecho musical, aunque se repita la obra que le dio origen, es un nuevo motivo de asombro, que subir a un escenario cada vez es una nueva sensación y que cada clase, cada melodía, cada creación y cada conocimiento adquirido o percibido debería ponernos al resguardo de la “costumbre”.
Cada uno de nosotros tenemos costumbres (concientes e inconcientes), que pertenecen a nuestra rutina diaria. Tomamos el auricular del teléfono con la misma mano y lo apoyamos en la misma oreja, escribimos tomando la lapicera de la misma manera, realizamos movimientos rutinarios al levantarnos, etc. Tenemos una previsibilidad de acciones y actitudes, en general relacionada con los actos mecánicos de nuestra existencia.
Enseñar, jamás debería ser un acto mecánico, sino que debería asombrar y asombrarnos, sacarnos de la rutina, generar acción y reflexión, llegar a distintos puntos partiendo del mismo origen, ser fuente de análisis, de críticas, de conflictos, de entusiasmo y de descubrimientos.
Probablemente si estuviéramos menos “acostumbrados”, los episodios que mencioné al principio, serían menos frecuentes y empezaríamos a darnos cuenta de la peligrosa situación a la que nos somete nuestra costumbre.
Cuando hablamos del cambio en la sociedad, de la transformación educativa, cuando comenzamos a pensar que muchas veces tocar el piano es una actitud que debería ir mucho más allá de ser un simple productor de sonidos, que ser músico es una realidad social con roles importantes en la comunidad y podamos sentir que eso es lo que también debemos transmitir a nuestros alumnos, probablemente dejaremos de acostumbrarnos y comenzar a odiar la rutina sintiendo la riqueza del enseñar y del enseñar música.
 No olvidemos que cada sonido es un mundo nuevo!
 

¿Cómo hacemos cantar a los chicos?

Este artículo es un escrito que puede generar controversias. Quienes conocen de canto y/o dirección coral, puede parecerles muy simple y de poco interés. Quienes no conocen las técnicas respectivas pueden preguntarse: es muy bueno cantar, pero ¿cómo lo hago?
Menciono esto porque de por sí, ya es una interesante experiencia observar que, puede haber docentes de música en los colegios que sean especialistas en canto y otros que en su vida han cantado dos notas seguidas (sé que soy un poco exagerado, pero es para ejemplificar).
¿Podremos imaginar un profesor de matemáticas que sea un gran especialista en álgebra y otro que nunca hizo ecuaciones, pero sabe de geometría? ¿Un geógrafo que conoce Europa pero no sabe nada de África? Sin embargo eso ocurre en música: hay docentes que cantan muy bien, pero no tienen idea de cómo tocar el piano y otros que huyen espantados cuando se les pide que canten algo.
Atentos a esa realidad, he comenzado a pensar que deberían existir “saberes básicos” de música que fueran útiles al docente de música, para que pueda transmitir el mensaje. ¿Cuáles serían esos saberes básicos, que por otra parte no pueden ser muy básicos? Esa es la gran pregunta, que tal vez podamos ir pensando poco a poco.
Todos quienes leen el blog, saben que existe un grupo de discusión paralelo al mismo, donde nos interesa que los docentes y músicos interesados se suscriban, para que puedan compartir sus opiniones entre sí. Este tema lo voy a ubicar en el grupo, como forma de generar esa “investigación”.
Retomo el aspecto del canto. No podemos convertir la técnica del canto o de la dirección coral, en un pequeño escrito de una carilla. Pero la realidad es que TODOS los docentes de música, deberían incitar, ayudar y promover que sus alumnos canten.
Como dije, no voy – al menos en este artículo – a entrar en los aspectos técnicos, pero sí sugerir algunas reglas que podrían ser útiles para la formación de los niños en el aspecto del canto:
Nunca rechazar a un niño por desentonado: Todos pueden corregirse y es nuestra responsabilidad hacerlo.
Empezar a cantar siempre con una dinámica de mp o mf.: Muchas veces oigo a docentes de música pidiendo “más fuerte!”, convirtiendo así un grupo de canto en un griterío infernal.
Lograr un sonido homogéneo: Cuando presentamos una melodía, podemos cantarla con “u”, varias veces (varias veces no es repetir en forma monótona), dividiéndolos en grupos más pequeños, cambiando el ritmo, desafiándolos a escucharse entre sí, ofreciendo que alguien la cante solo, etc. hasta que sintamos que el grupo va adquiriendo esa identidad que es la suma de todas las identidades, y que le confiere el color propio.
No permitir hablar mientras se canta: Debemos tener una atmósfera muy agradable mientras trabajamos en música, pero no exenta de orden y autoridad (palabra que debemos usar adecuadamente). La anarquía no es sinónimo de efectividad ni de placer.
Utilizar melodías adecuadas para las edades de los alumnos: Muchas veces y para darles satisfacción, se hace cantar a los alumnos las “canciones de moda”. Canciones – a veces son de dudosa calidad – que no están escritas para los chicos. Esto sólo aumenta las dificultades de los chicos y los docentes para un correcto aprendizaje. 
Ir escuchando a todos los alumnos, para conocer sus posibilidades y sus voces: Obviamente el tiempo es poco, pero creo que es necesario saber como canta cada uno. Esto puede llevar pocos minutos y a lo mejor podemos aprovechar un recreo para hacer más rápido ese indispensable trabajo. ¿Cómo podemos cocinar si no conocemos los ingredientes? Tal cual aquí, ¿cómo podemos elaborar un grupo de canto si no conocemos sus voces y sus potencialidades?
Por hoy es todo. Pero seguiré con el tema, ya que me apasiona y lo considero indispensable en cualquier formación musical a cualquier nivel.
Hasta la próxima!

La educación musical y la herencia

Un comentario que ha realizado una colega, lectora de nuestro blog, me despertó la inquietud de escribir un par de palabras acerca del trabajo en el aula.
Nuestra materia tiene (creo que como todo en la vida), un aspecto positivo y uno negativo, ambos paralelos.
La situación real de la materia “música” es, que pocas veces se controla su planeamiento y menos aún su puesta en práctica. Conque el trabajo de la clase se presente en algún acto, o se muestre de alguna manera, la cuestión está salvada. Como nuestro público es muy poco crítico, si esa presentación gusta (por el vestuario, la escenografía, la “gracias” de los chicos) o cualquier otra “visión”, aunque sea alejada de la música y, por sobre todo los padres están contentos, lo demás interesa poco.
Esto, por un lado es terriblemente negativo, porque preanuncia un profundo desinterés en la materia (tendrán conciencia que más de una vez hablo de “jerarquizarla”), pero a la vez puede ser muy positivo, porque permite al docente capaz y consciente, trabajar tranquilo sin estar atado a programas obsoletos o de difícil cumplimiento.
Por otra parte, están “las herencias”, que son los conocimientos o mejor dicho los “desconocimientos” que los alumnos traen, cuando han estado en manos de docentes conformistas con el sistema o poco capacitados para llevar adelante la materia.
Se – por experiencia propia – que esas situaciones exasperan a cualquier maestro o profesor que se sienta responsable por su trabajo ¿Un chico de secundaria que no sabe donde está el do? ¿Un chico de sexto grado que se burla al escuchar la palabra “fagot”? ¿Un alumno de polimodal que se ríe cuando escucha una soprano cantar ópera? ¿Otro que cree que cuanto más fuerte toca el conjunto de rock, mejor lo hace? ¿Adultos que jamás pisaron un teatro? Miles y miles de preguntas como éstas, pueden realizarse y solo conducir a la frustración.
Creo – en ese afán de ver lo positivo en cada situación – que cuando entramos a un aula, debemos siempre pensar que en música hay que comenzar desde el principio. A medida que descubrimos lo que ya saben, vamos poniéndonos cada vez más contentos y si no conocen nada, habrá que comenzar desde cero. De cualquier manera, música podemos hacer siempre y con cualquier nivel de conocimientos. 
Lo importante es sentir que desde el nivel que sea, nosotros estamos cumpliendo con nuestro rol, estamos construyendo personalidades y generando en los chicos el amor por la música. Buscamos descubrir identidades, lograr objetivos, formar amor por la música y mostrar la única diferencia aceptable entre dos músicas: la buena y la mal hecha.
No busco parecer el profeta de la autoayuda, simplemente me interesa que todos los que honestamente buscamos cumplir con nuestra misión, nos sintamos alentados precisamente de eso: de cumplir con nuestra misión.
Cada problema aporta la satisfacción intrínseca de su resolución. No siempre podremos arribar a la solución óptima, pero creo que una de nuestras metas, será, a fin del año, mirar atrás y ver, con alegría que nuestros niños, son un poco más músicos que cuando empezaron, cualquiera haya sido su nivel.
Muchas gracias, hasta la próxima! 

La gran melodía de Beethoven

Si hay una melodía que podemos llamar hermosa, es aquella que aparece en el último movimiento de novena sinfonía (llamada Coral), del gran maestro alemán.
Si hay una melodía a la que podemos tildar de sencilla, es justamente esa melodía. Creo que hay pocas cosas tan difíciles como construir cosas simples: Beethoven lo logró.
Si hay una melodía que nos da ganas de cantar y cantar, repetir y repetir, es esa melodía, que debe ser la que ha sido interpretada por más instrumentos y más veces en el mundo y en su historia (incluyendo la voz humana).
He ahí, donde reside el valor de esta melodía y su peligro: su valor está en su extrema belleza, su extraordinaria simplicidad y el gusto que los humanos sienten cuando la cantan. Su peligro en exactamente lo mismo: su hermosura, su sencillez y su gran atracción.
Creo que lo del valor no necesita explicación, pero lo del peligro vale la pena conversarlo: esa simplicidad hace que todo el mundo la cante y la cante y termine cantándola de cualquier forma.
Son sólo unos pocos compases que, en su gran mayoría se desenvuelven por grados conjuntos, con un ritmo sencillo, pero a la cual Beethoven le puso un toque de gracia y “genialidad”: todos sus frases son téticas, pero cuando retoma el tema, anticipa su primera nota y genera una síncopa.
He escuchado los sonidos que la componen durante muchos años, por multitud de chicos, de colegios, de agrupaciones musicales de distinto género, por coros, grupos instrumentales, chicos solistas, maestro que ayudaban a tocarla y en la mayoría de las oportunidades, esa síncopa, ese toque de gracia, esa “sorpresa” en el desenvolvimiento, ¡desaparece!
He aquí un ejemplo tangible de lo que yo mencionaba cuando escuché a Baremboin: cada detalle estaba cuidadosamente atendido. Obviamente, no es necesario observar todas las posibilidades de una orquesta sinfónica cuando estamos haciendo que los chicos toquen o canten esta melodía, pero aquellos que son elementales (ritmo, melodía y fraseo), deberían ser atendidos siempre y con mucho cuidado.
A continuación voy a escribir la melodía tal como es realmente y como se la escucha habitualmente en los colegios:

partitura original
partitura con error

Obviamente el error de referencia aparece entre los compases 12 y 13, que muchas veces es interpretado como en el segundo ejemplo, cuando en realidad debería ejecutarse como en el primero.
No sólo el problema radica en lograr mayor calidad, sino también por la posibilidad que nos da de enseñar otras cuestiones que no siempre aparecen en las canciones para chicos: síncopa, ligadura de prolongación, acento, matices, etc. (sin considerar la sorpresa del nuevo detalle que aparece para evitar la monotonía de la repetición).
Realmente, muchas veces, nuestro descuido puede hacernos perder maravillosas oportunidades interpretativas y pedagógicas, por lo que quiero mostrarles como cuando uno elige una melodía (y más si esa melodía pertenece a algún Gran Maestro), deberíamos investigar un poco más, ya que el propio Beethoven nos ilustra con una profusa serie de variaciones a lo largo de la obra, que nos permiten mostrar claramente, algunos de los procedimientos que pueden caber dentro de esa forma musical:
variación 2
variación 1

La melodía transformada de cuatro cuartos a seis por ocho, luego en seis cuartos, tomando solo el comienzo, etc., tal como se ve en los ejemplos escritos. Sin considerar las variaciones que podría aportar la parte instrumental.
Esto no pretende – obviamente – ser un análisis de la partitura, sino un llamado a cuidar con gran esmero la música escrita, para conservar la pureza y la calidad de quienes la compusieron, así esté interpretada por niños pequeños. A ellos les va a costar lo mismo tocar bien que tocar mal. Para el docente y su prestigio, debería haber una gran diferencia.
Cuando nos ponemos a observar el trabajo de los grandes maestros, no debemos nunca simplificar por nuestra cuenta, sin observar atentamente la partitura en su totalidad. Repito: por razones pedagógicas, uno puede modificar ciertos parámetros de una obra. Pero que esto se haga por comodidad o falta de atención, no es un buen ejemplo para quienes deben estudiar.
La melodía original, no ofrece dificultades mayores y aporta detalles que pueden contribuir y en mucho a que nuestros alumnos aprendan.
Gracias y hasta la próxima.

La evaluación en la educación musical

Mucho hablamos de evaluación en reuniones de profesores. Es un tema complicado, que desvela no solo a los docentes, sino también a especialistas en la materia. Desde ya que toda observación, juicio u opinión sobre otros seres humanos, conduce muchas veces a situaciones de conflicto.        

Estos conflictos pueden aparecer aún más frecuentemente, cuando de esa evaluación surgen inconvenientes en la carrera, formación o desempeño del otro.           

He asistido a una reunión de profesores que, conducida por un especialista en la materia, fue incluyendo en el tema de la evaluación, no sólo sus aspectos prácticos, sino en una especia de “melodía retrógrada”, opiniones sobre la relación alumno docente, la forma de explicar, la posibilidad de entender, la rigidez de algunos sistemas, etc.           

Realmente, comenzar a devanar el ovillo de la evaluación en la educación, da para abarcar muchos temas que – de alguna manera – inciden en ella.           

Probablemente podamos conversar mucho más sobre el tema, pero resulta claro que si nosotros tratamos de jerarquizar la materia música, debemos estar atentos no sólo a su sistema de enseñanza-aprendizaje, sino también a la evaluación de los alumnos y por que no, a la nuestra. Tal como decimos de un matrimonio, la relación alumno docente es un proceso de dos, donde las actitudes de ambos influyen en el desarrollo de la relación y de sus consecuencias.            

Dentro de este proceso, donde la evaluación (consciente o inconsciente) es constante y continua (aunque no se manifieste gráficamente), debemos tener en cuenta una enorme cantidad de variables que van desde las personalidades a las actitudes, la comprensión y la interpretación, la voluntad del hacer y la timidez, etc.            

Pero, y con esto me gustaría terminar esta breve reflexión: en música o en su educación, la evaluación debe contemplar también, y en forma muy cuidadosa, los aspectos de la personalidad del alumno. Hemos mencionado hasta el cansancio que la música es un arte fundamentalmente expositivo. ¡Cuántas veces nos hemos encontrado con alumnos que estudian, aprenden, saben, pero en el momento de cantar una melodía, no pueden siquiera expresarse debido a su personalidad! ¡Cuántas también hemos visto alumnos que por su extraordinaria extroversión y capacidad histriónica, pensaban que no necesitaban preocuparse por la materia!            

Cuando digo esto, no pienso en profundos estudios de la teoría musical, sino en el cotidiano esfuerzo para avanzar un poco más en el conocimiento musical.            

Nuestro sistema de calificaciones es muy rígido. No contempla siquiera la diferencia que existe entre apreciar materias de ciencias duras o materias humanísticas, donde lo cuantitativo y lo cualitativo tienen un peso muy distinto.            

Tal vez allí cobra importancia nuestra actitud en ese proceso de evaluación. No podemos decir “ y bueno. . . yo en música los apruebo a todos, total es música”, porque estamos desvirtuando el valor de la materia ante los ojos de la comunidad educativa. Pero cuando evaluemos, debemos tomar en cuenta las características del arte musical y no sólo remitirnos a lo escrito en un papel, o a la forma de interpretar algún trozo musical.            

Una interesante ambigüedad, pero cuyo análisis puede enriquecernos mucho!  

Un muy merecido nombramiento

Tengo el placer y el agrado de comentar que la Dra. Ana Lucía Frega ha sido designada como Directora Artística en la Dirección Nacional de Música del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.
Creo que muchos de Uds. conocen la trayectoria de la Dra. Frega, no sólo en la vida educativa y artística de nuestro país, sino también en su desempeño internacional en áreas tan sensibles como la educación y el arte.
Más allá de sus indiscutibles capacidades para el desempeño de la tarea, creo que el “valor agregado” de esta designación, ha sido el pensar en una persona que puede unir en sí misma la actividad artística y la educación.
Es harto conocida la visión que en nuestro medio tienen los músicos profesionales, hacia quienes se dedican a enseñar música, al considerarla una actividad rutinaria y de la cual prefieren no tomar parte. No me refiero a la visión de los afamados instrumentistas que dictan clases particulares a alumnos avanzados, sino a la de aquellos docentes de música, que día a día luchan por generar el amor por el arte a quienes serán algún día el público de los conciertos.
Debo coincidir con que, para el compositor concibe en su mente la creación de monumentos musicales, o el director que guarda en su mente sinfonías y óperas completas – y que además conoce íntimamente los mecanismos para descubrir sus secretos – o para los muy habilidosos instrumentistas que pueden realizar proezas “casi milagrosas” con sus instrumentos, la figura del docente de música en el aula, tratando de que chicos sin ninguna experiencia se acerquen a la música y entonen con un ritmo preciso una simple melodía, puede resultar casi patético.
Todos coincidirán conmigo que esa tarea, cuando se realiza a conciencia y con el propósito de elevar el nivel de conciencia y de sensibilidad de nuestros alumnos, resulta una de esas abnegadas maravillas personales que ocurren en nuestro medio, donde a pesar de la cantidad de circunstancias desfavorables, muchos niños de muchos colegios, conocen, disfrutan y aprecian el maravilloso arte de la música.
Por otra parte, no olvidemos que muchos de esos monumentos musicales, han tenido de una forma u otra, origen en alguna simple melodía, que en muchos casos fue enseñada de padres a hijos o transmitida con mucho esfuerzo por algún maestro de música.
Muchos países empiezan a reconocer que el secreto de la perdurabilidad del arte musical, radica en la enseñanza de la música a la sociedad toda, para que – más allá de su poder como herramienta de formación personal – ese acercamiento permita surgir a impensados nuevos músicos y contribuya a la formación de ese público calificado que alguna vez aplaudirá a los grandes intérpretes.
Este nombramiento permite que se reúnan en una figura, la pasión por el arte, el sentido de la organización y la educación musical, brindando una visión abarcativa, flexible y profunda de la práctica musical. Esta mirada holística de la realidad de la música, nos permitirá sin duda alguna, comprobar la elevación del nivel artístico y educativo dentro de la Ciudad de Buenos Aires.
Muchas felicitaciones Dra. Frega!