Una vez más tener la posibilidad de escuchar/ver un concierto en un canal de cable, me permitió volver a reflexionar sobre un tema que para mí es fundamental: que transmitimos o pretendemos transmitir cuando hacemos música. En dicho programa tocó la Orquesta Filarmónica de Berlín, dirigida por el maestro estonio/americano Neeme Järvi (de quien pueden encontrar abundante información en la web) con un programa de obras románticas.No cabe duda que estamos ante uno de los más prestigiosos organismos sinfónicos del mundo, ante una de esas orquestas donde los músicos “tocan solos” y los directores están para poner su dosis de genialidad y arte.Pero no es esto lo que me llamó la atención sino la sensación que surgió – al menos desde mi punto de vista – o “sobrevoló” todo el concierto: LA ALEGRÍA.Alegría de los intérpretes, alegría en los solistas, alegría en el director, alegría en el público – inmensa cantidad de público, sentados en un enorme anfiteatro al aire libre – para quien la orquesta dedicó algunos bises de su preferencia.Un director con una técnica irreprochable, que por momentos dejaba de lado, para dirigir sólo con gestos expresivos (y aún sin gestos) – con una orquesta de calidad rayana en la perfección – brindaron un concierto de muy alto nivel, donde una vez más, pudimos apreciar su enorme poder de comunicación.No nos asombra ver y disfrutar los miles de encendedores que se prenden en un concierto de rock (es ya casi un clásico) y entonces se habla de la motivación, la sensibilidad, y el “desacartonamiento” de esos espectáculos. En este concierto eran cientos y miles de “estrellitas” (esas que prenden los chicos para Navidad), siguiendo el compás de la música, y eran muchas personas bailando delante de sus sillas y aplaudiendo los “temas populares alemanes” con los que la orquesta cerró su concierto. Y yo me preguntaba porque en nuestro país, vivimos la música clásica como una “cosa seria” y el rock como “algo divertido”? Porqué nuestro folklore queda de lado en los conciertos sinfónicos? Porqué nuestra música original no se oye nunca en nuestros teatros? Porqué no hacemos que toda la música, sea motivo de alegría? Y en otro orden de cosas, porqué no entramos con alegría al aula y le mostramos a los chicos que hacer música es divertido, es alegre y es placentero? Porqué pensamos que hacer música clásica es más importante y más “difícil” que hacer rock, o jazz o tango?Porqué no mostramos a nuestros alumnos la alegría de la música “seria”? Será tal vez porque esto va de la mano con nuestra costumbre de ver las cosas desde un lado negativo o porque nos sentimos abrumados por la realidad o porque hemos olvidado la esperanza y la ilusión. Podemos encontrar miles de justificaciones pero en nuestra época donde la incertidumbre es la realidad, donde tendemos a la crítica despiadada, muchas veces carente de un análisis ecuánime, donde nos desconciertan hechos incomprensibles, donde la vida ha perdido valor como tal, los músicos tenemos el privilegio de poder vivir la alegría por medio de nuestra profesión.En un escenario no hay autoritarismos, no hay situaciones agobiantes, debe haber responsabilidad, trabajo, esfuerzo, capacidad, pero por sobre todo alegría.Y vuelvo a repetir el término con gran convencimiento. Si me permiten la utopía, de alguna manera somos portadores de alegría. Llevémosla a nuestros niños!Hasta la próxima
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El placer de la música
Hay un tema que me preocupa y lo conversaba el otro día con uno de mis colegas. Muchas veces observo que cuando hacemos música (me refiero en un concierto como instrumentistas, cantantes o directores), nos encontramos tan preocupados por como saldrá, tan responsables de que todo sea perfecto, tan abrumados por todo aquello que implica el concierto que nos olvidamos de algo esencial para el ser humano: el placer.
Imagino que todos los que hemos elegido la música como carrera, lo hemos hecho porque nos gusta y nos da satisfacciones. Creo que el momento más sublime para un músico, el que más satisfacciones le otorga y el que más le permite justificar los esfuerzos realizados, es el concierto. Sin embargo, aparentemente, es el momento en que menos disfrutamos. Veo ensayos muy alegres, donde todos se divierten muchísimo y están muy relajados y a la vez observo conciertos sufridos, de rostros adustos y entrecejos fruncidos.
Y yo creo que debe ser al revés: rostros preocupados en cada ensayo y caras frescas y alegres en cada concierto. Las preocupaciones deben aparecer en los momentos en que podemos arreglar los problemas y no cuando lo que ocurre es “no arreglable”.
Pensándolo bien, tal vez a veces la preocupación en el concierto aparece por excesiva liviandad en los ensayos. Esto es otra cosa, ya que en tal caso, lo que ocurre es que, la falta de ensayos nos conduce a un concierto inseguro.
De cualquier manera, mi interés – como Uds. saben – está centrado en la educación musical. Allí es donde ubico este esquema de preocupaciones innecesarias ante el concierto, porque muchas veces las transmitimos a los niños.
Es muy importante que nosotros disfrutemos el concierto, para que los niños también estén tranquilos en el escenario. La música no pasa por los errores circunstanciales, sino por el mensaje que podamos transmitir.
Si los niños tienen incorporada la responsabilidad de estar en un escenario, no necesitan traerla a su mente en el concierto. Siempre esa responsabilidad estará allí y por lo tanto darán lo mejor de sí.
Eso nos garantiza un alto porcentaje de éxito.
Estemos confiados (responsablemente confiados), arreglemos los problemas en los ensayos, tengamos plena conciencia de nuestros movimientos y los de los alumnos, pensemos en entregar nuestro mensaje y sólo disfrutemos la música.
El escenario está hecho para eso!
Nuestra tarea es enseñarlo!
La educación musical en el contexto de la educación
Escribir el comentario anterior, me hizo reflexionar en lo referente a la educación dentro de nuestro desenvolvimiento social. Aprender es crecer, educarse es crecer y crecer es una de nuestras condiciones básicas como seres vivos. El hombre siempre tuvo curiosidad por conocer más y más de su entorno, e imagino que muchas veces agradeció al otro hombre que con más experiencia o más conocimiento lo ayudaba a aprender, le facilitaba el camino que va de la oscuridad a la luz.
Si aceptamos eso, inmediatamente mi mente me lleva a un cuestionamiento sencillo: ¿cómo es posible que, si el aprender es una cuestión innata y además, esencial para la supervivencia, existan tantas resistencias por parte de los alumnos y de determinados padres a colaborar con la tarea educativa y a participar de los procesos de enseñanza-aprendizaje?
El enseñar debería ser una fuente de descubrimientos, donde tanto el docente como el alumno pudieran disfrutar del proceso, viviendo la satisfacción que brinda el aprendizaje por el aprendizaje en sí mismo. Sin embargo y lamentablemente en muchas de las instituciones educativas e incluso en el sistema educativo en general, aproximarse a una materia (o a una posibilidad de conocimiento) surge – en la mayoría de los casos – de la “obligación de estudiar”, del “deber de ir al colegio”; lo cual entraña una contradicción, ya que si estudiar (lo que fuera) es un factor de crecimiento, estaríamos colocando al crecimiento dentro del “deber”, cuando en realidad es un hecho natural.
Evidentemente, podríamos pensar que algo falla o ha fallado con el correr de las generaciones: muchas veces la relación docente alumno, se vive dentro del colegio como una batalla, donde cada uno aplica sus estrategias y sus poderes para ganar un combate que inevitablemente conduce a una victoria “pírrica”. Ambos terminan frustrados o con la sensación de que el maravilloso hecho de enseñar-aprender, consumió tantas energías que desalienta a quienes lo practican.
No tengo profundos conocimientos de educación, ni leyes educativas ni pedagogía, sólo soy alguien enamorado de aprender y enseñar música. Por eso, este artículo es en realidad una gran pregunta: ¿qué es lo que no resultó para que nuestros alumnos y sus padres piensen en el colegio como una obligación social, como un instrumento para poder hacer dinero en el futuro o como en la batalla para zafar? ¿Cómo es posible que la cantidad de alumnos que concurren a aprender por el profundo sentido vital de ese aprender, sea tan escasa? ¿Cómo puede ocurrir que los alumnos no sientan el placer de aprender?
La educación musical tiene muchas formas de entusiasmar a los niños para que sientan ese placer al hacer música y al aprenderla. Creo que esto se da por las posibilidades que la música brinda para el desarrollo de la creatividad individual y por la facilidad con que el alumno puede ver aplicados sus conocimientos y ser reconocido por sus pares.
Tal vez se deberían aplicar estrategias de enseñanza, que apelen más al desarrollo de la creatividad, a la discusión y al cambio de ideas y a pensar en descubrimientos, que al aprender en forma obligada y muchas veces memorística.
Aquí concluyo con mi pregunta intacta. Tal vez vale la penar intentar responderla, no?