Sep
10
2007
Me he referido hasta ahora a la educación musical y a los docentes de música. En el último escrito, combiné la actividad del docente y del director de coro (en referencia a la evaluación), en forma absolutamente consciente.
La razón para ello es que en mi mente – tal vez por mi formación o por mis inclinaciones pedagógicas – la imagen del docente de música y la del director de coros se fusionan constantemente.
Un director de coros, ¿no es un docente? O al menos, ¿no debería serlo?
Un docente de música, ¿no debe tener cierta capacidad de manejo de grupos, de incentivar a sus alumnos a cantar y a hacerlo en grupos? Un director de coros, ¿no debe cumplir una función similar?
Ambos, ¿no son líderes?
Ambos, ¿no realizan música, interpretan partituras, establecen pautas de enseñanza, de aprendizaje, de interpretación, etc.?
Por supuesto que otros especialistas en música también lo hacen, pero y aquí me detengo: Ambos, ¿no evalúan constantemente el desempeño de quienes son liderados?
Ambos, ¿no deben realizar evaluaciones individuales y grupales de quienes son los destinatarios de su trabajo?.
De allí mi escrito previo. Al hablar de evaluación, sentí que tanto docentes de música como directores de coro, tienen en sus manos grupos de niños, hombres y mujeres con el deseo de hacer música o con la secreta esperanza que les transmitamos formas de poder hacerla para disfrutar de ella.
Por eso: el docente, ¿no es un poco director? El director, ¿no debe ser un docente?
Sep
08
2007
Tenemos acá y como consecuencia de lo que comenté acerca de la voz en el aula, un tema que siempre me preocupa y que creo importante mencionar aunque sea tangencialmente: la evaluación de un alumno.
No es tema de este escrito, ni es mi deseo profundizar en él ahora, ya que hay mucho para hablar y también creo que es un tema para enfocar entre muchos, pero cuando decidimos o pretendemos decidir “quien canta y quien no” estamos evaluando, juzgando y de alguna manera situándonos en un plano superior de conocimientos y habilidades.
En mis años de director de coro, tuve la oportunidad de escuchar a mucha gente viniendo a rendir una “prueba de voz”. Curiosa terminología: ¿qué es una prueba de voz? ¿Qué se prueba, la voz, el individuo, la actitud, la afinación, la musicalidad? ¿o todo eso junto?.
Si la respuesta es “todo eso junto”, me cuesta pensar que en el término de no más de cinco minutos (no me refiero aquí a pruebas realizadas para concursos de cantantes profesionales, sino a las pruebas para ingresar a un coro de aficionados o coro escolar), podamos medir algo más que si el aspirante puede entonar aceptablemente un par de arpegios.
Y a veces, entonces, en una sola, pequeña, rápida y en muchos casos standarizada prueba, juzgamos la capacidad de alguien para pertenecer al coro o para poder seguir cantando. Y en esa pequeña, rápida y standarizada prueba decidimos sobre el futuro de un individuo que pretendía gratificarse haciendo música!
Suena un poco tremendista, pero de alguna manera es así.
Por supuesto que en esa “maratón” de examen y juicio, quienes participan buscan defenderse y en la mayoría de los casos, el diálogo comienza con: “Maestro, disculpe pero hoy estoy un poco resfriado” u otras excusas similares.
Una prueba para un coro aficionado o para un coro escolar, debería ser un período – a lo mejor bastante extendido – donde permitamos a cada uno crecer y mostrar sus posibles aptitudes en un ambiente cordial, donde predomine – por sobre todo – la cordialidad y la comunicación del hecho musical.
Los directores de coros deben tratar de conducir a los grupos a que suenen lo mejor posible, pero creo que también deberíamos entender que en un grupo que canta, además de la excelencia estética, existe la necesidad social, la búsqueda de relación, la canalización de necesidades que, una vez que se cumplen, también favorecen el desarrollo musical.