Sep 28 2007

La música – la educación; la duda y la incertidumbre. (III)

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La gran pregunta con que terminan los dos escritos previos, es una de las que justifican plenamente, la pasión que algunos docentes de música vivimos al enseñarla.
Si nos detenemos a analizar el quehacer musical, seguramente nos encontraremos con que en algún sentido, cuando hacemos música estamos generando sonidos que, al ser escuchados, ya no existen!
Volvemos también a lo que significa enseñar música: significa enseñar a manejar sus elementos, a construir, a exponerse, a arriesgar y también a disfrutar, a aprender, a adquirir conocimientos y desarrollar habilidades.
Pero, en cada actividad musical, nos encontramos con la incertidumbre, cada vez que apoyamos una mano en un teclado, o pulsamos una cuerda, cantamos o soplamos un instrumento generamos sonidos, que una vez expresados no tienen retorno.  Y en cada uno de los momentos por breve que sean, estamos realizando acciones que nos someten a esa incertidumbre, que de alguna manera nos hacen asumir riesgos y enfrentarnos con la duda del resultado.
Y ese, es uno de los momentos más gloriosos del quehacer musical: el de poder vencer la duda con el éxito, el de sentir que podemos y el de generar ese latido de dudas-certezas, certezas-dudas que nos ayuda a crecer y a desarrollar nuestro yo interior.
Sólo Dios puede estar seguro!
Los humanos tenemos el placer de la duda, la angustia de lo desconocido, pero la satisfacción de descubrirlo, el desafío de lo no creado, pero la magnífica experiencia de construirlo, y eso es también la música: una permanente construcción de haceres, conocimientos y habilidades que nos permiten acostumbrarnos a la duda, en el generarnos fuertes para vivir con ella.

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Sep 28 2007

La música – la educación; la duda y la incertidumbre. (II)

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Continuando con lo expresado en la nota anterior, me permito mencionar algunos párrafos tomados del libro “El Rinoceronte en el Aula”, de R. Murray Schafer, publicado por la editorial Ricordi en el año 1975.
En su página 14, el libro menciona ciertas “Máximas para Educadores” que durante muchos años me sirvieron de reflexión, de cuestionamiento y de tema de conversación con muchos colegas en la música y en la educación. Sólo quiero, en este escrito mencionar un par de esas máximas que tienen mucho que ver con el título del comienzo:
“3. Enseñe al borde del peligro.”
“4. Ya no hay maestros. Sólo una comunidad de aprendices.”
“10 Enseñe siempre de manera provisional. Sólo Dios puede estar seguro.”
Cada una de las “máximas” del autor – compositor y docente canadiense – entraña cuestionamientos, a veces muy duros, al sistema educativo y de pensamiento de quienes nos dedicamos a enseñar.
Pero, especialmente estos tres que menciono, tienden a mostrarnos lo que significa enseñar en tiempos de incertidumbre, el valor de señalar que el concepto de enseñanza y aprendizaje se mezclan en una especie de “continuum” sin fin, donde la comodidad, la seguridad y la certeza no tienen demasiado lugar.
Schafer es un músico, pero además es un docente.
Schafer es un docente, pero además es un músico.
Y en ambos roles, nos conduce nuevamente a la pregunta que alienta estos escritos:
Y la educación musical, que papel puede asumir frente a esto?

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Sep 10 2007

¿Docente y Director o Director y Docente?

Published by Humberto under General

Me he referido hasta ahora a la educación musical y a los docentes de música. En el último escrito, combiné la actividad del docente y del director de coro (en referencia a la evaluación), en forma absolutamente consciente.
La razón para ello es que en mi mente – tal vez por mi formación o por mis inclinaciones pedagógicas – la imagen del docente de música y la del director de coros se fusionan constantemente.
Un director de coros, ¿no es un docente? O al menos, ¿no debería serlo?
Un docente de música, ¿no debe tener cierta capacidad de manejo de grupos, de incentivar a sus alumnos a cantar y a hacerlo en grupos? Un director de coros, ¿no debe cumplir una función similar?
Ambos, ¿no son líderes?
Ambos, ¿no realizan música, interpretan partituras, establecen pautas de enseñanza, de aprendizaje, de interpretación, etc.?
Por supuesto que otros especialistas en música también lo hacen, pero y aquí me detengo: Ambos, ¿no evalúan constantemente el desempeño de quienes son liderados?
Ambos, ¿no deben realizar evaluaciones individuales y grupales de quienes son los destinatarios de su trabajo?.
De allí mi escrito previo. Al hablar de evaluación, sentí que tanto docentes de música como directores de coro, tienen en sus manos grupos de niños, hombres y mujeres con el deseo de hacer música o con la secreta esperanza que les transmitamos formas de poder hacerla para disfrutar de ella.
Por eso: el docente, ¿no es un poco director? El director, ¿no debe ser un docente?

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Sep 08 2007

El docente de música, el director de coro y la evaluación

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Tenemos acá y como consecuencia de lo que comenté acerca de la voz en el aula, un tema que siempre me preocupa y que creo importante mencionar aunque sea tangencialmente: la evaluación de un alumno.
No es tema de este escrito, ni es mi deseo profundizar en él ahora, ya que hay mucho para hablar y también creo que es un tema para enfocar entre muchos, pero cuando decidimos o pretendemos decidir “quien canta y quien no” estamos evaluando, juzgando y de alguna manera situándonos en un plano superior de conocimientos y habilidades.
En mis años de director de coro, tuve la oportunidad de escuchar a mucha gente viniendo a rendir una “prueba de voz”. Curiosa terminología: ¿qué es una prueba de voz? ¿Qué se prueba, la voz, el individuo, la actitud, la afinación, la musicalidad? ¿o todo eso junto?.
Si la respuesta es “todo eso junto”, me cuesta pensar que en el término de no más de cinco minutos (no me refiero aquí a pruebas realizadas para concursos de cantantes profesionales, sino a las pruebas para ingresar a un coro de aficionados o coro escolar), podamos medir algo más que si el aspirante puede entonar aceptablemente un par de arpegios.
Y a veces, entonces, en una sola, pequeña, rápida y en muchos casos standarizada prueba, juzgamos la capacidad de alguien para pertenecer al coro o para poder seguir cantando. Y en esa pequeña, rápida y standarizada prueba decidimos sobre el futuro de un individuo que pretendía gratificarse haciendo música!
Suena un poco tremendista, pero de alguna manera es así.
Por supuesto que en esa “maratón” de examen y juicio, quienes participan buscan defenderse y en la mayoría de los casos, el diálogo comienza con: “Maestro, disculpe pero hoy estoy un poco resfriado” u otras excusas similares.
Una prueba para un coro aficionado o para un coro escolar, debería ser un período – a lo mejor bastante extendido – donde permitamos a cada uno crecer y mostrar sus posibles aptitudes en un ambiente cordial, donde predomine – por sobre todo – la cordialidad y la comunicación del hecho musical.
Los directores de coros deben tratar de conducir a los grupos a que suenen lo mejor posible, pero creo que también deberíamos entender que en un grupo que canta, además de la excelencia estética, existe la necesidad social, la búsqueda de relación, la canalización de necesidades que, una vez que se cumplen, también favorecen el desarrollo musical.

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