feb 15 2008

La evaluación en la educación musical

Published by Humberto under General

Mucho hablamos de evaluación en reuniones de profesores. Es un tema complicado, que desvela no solo a los docentes, sino también a especialistas en la materia. Desde ya que toda observación, juicio u opinión sobre otros seres humanos, conduce muchas veces a situaciones de conflicto.        

Estos conflictos pueden aparecer aún más frecuentemente, cuando de esa evaluación surgen inconvenientes en la carrera, formación o desempeño del otro.           

He asistido a una reunión de profesores que, conducida por un especialista en la materia, fue incluyendo en el tema de la evaluación, no sólo sus aspectos prácticos, sino en una especia de “melodía retrógrada”, opiniones sobre la relación alumno docente, la forma de explicar, la posibilidad de entender, la rigidez de algunos sistemas, etc.           

Realmente, comenzar a devanar el ovillo de la evaluación en la educación, da para abarcar muchos temas que – de alguna manera – inciden en ella.           

Probablemente podamos conversar mucho más sobre el tema, pero resulta claro que si nosotros tratamos de jerarquizar la materia música, debemos estar atentos no sólo a su sistema de enseñanza-aprendizaje, sino también a la evaluación de los alumnos y por que no, a la nuestra. Tal como decimos de un matrimonio, la relación alumno docente es un proceso de dos, donde las actitudes de ambos influyen en el desarrollo de la relación y de sus consecuencias.            

Dentro de este proceso, donde la evaluación (consciente o inconsciente) es constante y continua (aunque no se manifieste gráficamente), debemos tener en cuenta una enorme cantidad de variables que van desde las personalidades a las actitudes, la comprensión y la interpretación, la voluntad del hacer y la timidez, etc.            

Pero, y con esto me gustaría terminar esta breve reflexión: en música o en su educación, la evaluación debe contemplar también, y en forma muy cuidadosa, los aspectos de la personalidad del alumno. Hemos mencionado hasta el cansancio que la música es un arte fundamentalmente expositivo. ¡Cuántas veces nos hemos encontrado con alumnos que estudian, aprenden, saben, pero en el momento de cantar una melodía, no pueden siquiera expresarse debido a su personalidad! ¡Cuántas también hemos visto alumnos que por su extraordinaria extroversión y capacidad histriónica, pensaban que no necesitaban preocuparse por la materia!            

Cuando digo esto, no pienso en profundos estudios de la teoría musical, sino en el cotidiano esfuerzo para avanzar un poco más en el conocimiento musical.            

Nuestro sistema de calificaciones es muy rígido. No contempla siquiera la diferencia que existe entre apreciar materias de ciencias duras o materias humanísticas, donde lo cuantitativo y lo cualitativo tienen un peso muy distinto.            

Tal vez allí cobra importancia nuestra actitud en ese proceso de evaluación. No podemos decir “ y bueno. . . yo en música los apruebo a todos, total es música”, porque estamos desvirtuando el valor de la materia ante los ojos de la comunidad educativa. Pero cuando evaluemos, debemos tomar en cuenta las características del arte musical y no sólo remitirnos a lo escrito en un papel, o a la forma de interpretar algún trozo musical.            

Una interesante ambigüedad, pero cuyo análisis puede enriquecernos mucho!  

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nov 07 2007

La educación musical y la evaluación: ¿qué y cómo evaluamos?

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Una de los deberes de nuestra actividad como educadores musicales, es la evaluación de los alumnos. Personalmente imagino que también deberíamos realizar otras, que tal vez no son tan explícitas pero sí necesarias como la del entorno, las autoridades, los contenidos, la didáctica que empleamos y por supuesto nosotros mismos, en cuanto a nuestra actitud de enseñanza.
Todo acto relacionado con la enseñanza presupone una evaluación, al menos tácita. Cuando enseñamos un tema y luego pretendemos pasar a otro un poco más complicado, pero que necesita del conocimiento de aquél, comprobarlo es una evaluación per se. Por lo tanto, deberíamos admitir que hay una evaluación implícita en cada acto educativo.
También existen las evaluaciones expresas: las preguntas, los exámenes, las observaciones con respecto a alguna interpretación, el juicio del público, etc. Personalmente, no comparto demasiado los sistemas educativos que ponen el peso y el énfasis en los exámenes (trimestrales, anuales, mensuales, etc.), haciendo perder, muchas veces, el horizonte de educar para ubicarlo en el de examinar. Se comienza entonces a “enseñar y aprender para el examen”, en lugar de hacerlo para formar al alumno o para lograr que adquiera los conocimientos. Creo más en la enseñanza como un proceso, que va guiando al alumno y – como ya mencioné en otros escritos – permite a ambos (docente y estudiante), aprender juntos desde sus roles respectivos. Y aquí surge una pregunta que imagino puede sonar un poco conflictiva: si hablamos de un proceso continuo y constantemente monitoreado, ¿para qué hacen falta los exámenes?
Pero mi tema central, hoy es otro: en cualquiera de nuestras evaluaciones, generalmente mencionamos lo que está bien y ponemos énfasis en lo que está mal. Muchas veces observo dos actitudes frecuentes frente a las respuestas de los alumnos: una, indicar que está bien o que está mal, pasando a otro tema rápidamente, creo que ambas respuestas merecen una explicación; la otra actitud es la de aceptar lo que está bien y detenerse en aquello que está mal, brindando muchas explicaciones en un intento que el alumno comprenda todo aquello que hasta el momento no comprendió. Sin duda ésta, muestra más preocupación por el alumno y una genuina actitud de interés.
Pero, ¿cuántas veces nos detenemos a explicar por qué está bien lo que está bien? Esta frase parece algo obvia e incluso con poco sentido. Pero la realidad nos dice que ponemos mucho esfuerzo en corregir lo que está mal y hacemos poco énfasis en lo que está bien. Hace muchos años un profesor me dijo: “no es necesario señalar lo que está bien, porque eso es lo que corresponde; hay que indicar lo que está mal, para aprenderlo bien”. Sin dudas parece haber una lógica irrefutable en esa idea, pero que olvida palabras tales como el aliento, el premio, el reconocimiento, etc. fundamentales para que un alumno se sienta entusiasmado para continuar con ese proceso de aprendizaje.
Expliquemos lo que está bien, con el mismo énfasis con que detallamos lo que está mal.
Probablemente logremos alumnos más reflexivos y dueños de un mayor espíritu crítico!  
  

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sep 10 2007

¿Docente y Director o Director y Docente?

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Me he referido hasta ahora a la educación musical y a los docentes de música. En el último escrito, combiné la actividad del docente y del director de coro (en referencia a la evaluación), en forma absolutamente consciente.
La razón para ello es que en mi mente – tal vez por mi formación o por mis inclinaciones pedagógicas – la imagen del docente de música y la del director de coros se fusionan constantemente.
Un director de coros, ¿no es un docente? O al menos, ¿no debería serlo?
Un docente de música, ¿no debe tener cierta capacidad de manejo de grupos, de incentivar a sus alumnos a cantar y a hacerlo en grupos? Un director de coros, ¿no debe cumplir una función similar?
Ambos, ¿no son líderes?
Ambos, ¿no realizan música, interpretan partituras, establecen pautas de enseñanza, de aprendizaje, de interpretación, etc.?
Por supuesto que otros especialistas en música también lo hacen, pero y aquí me detengo: Ambos, ¿no evalúan constantemente el desempeño de quienes son liderados?
Ambos, ¿no deben realizar evaluaciones individuales y grupales de quienes son los destinatarios de su trabajo?.
De allí mi escrito previo. Al hablar de evaluación, sentí que tanto docentes de música como directores de coro, tienen en sus manos grupos de niños, hombres y mujeres con el deseo de hacer música o con la secreta esperanza que les transmitamos formas de poder hacerla para disfrutar de ella.
Por eso: el docente, ¿no es un poco director? El director, ¿no debe ser un docente?

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sep 08 2007

El docente de música, el director de coro y la evaluación

Published by Humberto under Evaluación

Tenemos acá y como consecuencia de lo que comenté acerca de la voz en el aula, un tema que siempre me preocupa y que creo importante mencionar aunque sea tangencialmente: la evaluación de un alumno.
No es tema de este escrito, ni es mi deseo profundizar en él ahora, ya que hay mucho para hablar y también creo que es un tema para enfocar entre muchos, pero cuando decidimos o pretendemos decidir “quien canta y quien no” estamos evaluando, juzgando y de alguna manera situándonos en un plano superior de conocimientos y habilidades.
En mis años de director de coro, tuve la oportunidad de escuchar a mucha gente viniendo a rendir una “prueba de voz”. Curiosa terminología: ¿qué es una prueba de voz? ¿Qué se prueba, la voz, el individuo, la actitud, la afinación, la musicalidad? ¿o todo eso junto?.
Si la respuesta es “todo eso junto”, me cuesta pensar que en el término de no más de cinco minutos (no me refiero aquí a pruebas realizadas para concursos de cantantes profesionales, sino a las pruebas para ingresar a un coro de aficionados o coro escolar), podamos medir algo más que si el aspirante puede entonar aceptablemente un par de arpegios.
Y a veces, entonces, en una sola, pequeña, rápida y en muchos casos standarizada prueba, juzgamos la capacidad de alguien para pertenecer al coro o para poder seguir cantando. Y en esa pequeña, rápida y standarizada prueba decidimos sobre el futuro de un individuo que pretendía gratificarse haciendo música!
Suena un poco tremendista, pero de alguna manera es así.
Por supuesto que en esa “maratón” de examen y juicio, quienes participan buscan defenderse y en la mayoría de los casos, el diálogo comienza con: “Maestro, disculpe pero hoy estoy un poco resfriado” u otras excusas similares.
Una prueba para un coro aficionado o para un coro escolar, debería ser un período – a lo mejor bastante extendido – donde permitamos a cada uno crecer y mostrar sus posibles aptitudes en un ambiente cordial, donde predomine – por sobre todo – la cordialidad y la comunicación del hecho musical.
Los directores de coros deben tratar de conducir a los grupos a que suenen lo mejor posible, pero creo que también deberíamos entender que en un grupo que canta, además de la excelencia estética, existe la necesidad social, la búsqueda de relación, la canalización de necesidades que, una vez que se cumplen, también favorecen el desarrollo musical.

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