La gran pregunta con que terminan los dos escritos previos, es una de las que justifican plenamente, la pasión que algunos docentes de música vivimos al enseñarla.
Si nos detenemos a analizar el quehacer musical, seguramente nos encontraremos con que en algún sentido, cuando hacemos música estamos generando sonidos que, al ser escuchados, ya no existen!
Volvemos también a lo que significa enseñar música: significa enseñar a manejar sus elementos, a construir, a exponerse, a arriesgar y también a disfrutar, a aprender, a adquirir conocimientos y desarrollar habilidades.
Pero, en cada actividad musical, nos encontramos con la incertidumbre, cada vez que apoyamos una mano en un teclado, o pulsamos una cuerda, cantamos o soplamos un instrumento generamos sonidos, que una vez expresados no tienen retorno. Y en cada uno de los momentos por breve que sean, estamos realizando acciones que nos someten a esa incertidumbre, que de alguna manera nos hacen asumir riesgos y enfrentarnos con la duda del resultado.
Y ese, es uno de los momentos más gloriosos del quehacer musical: el de poder vencer la duda con el éxito, el de sentir que podemos y el de generar ese latido de dudas-certezas, certezas-dudas que nos ayuda a crecer y a desarrollar nuestro yo interior.
Sólo Dios puede estar seguro!
Los humanos tenemos el placer de la duda, la angustia de lo desconocido, pero la satisfacción de descubrirlo, el desafío de lo no creado, pero la magnífica experiencia de construirlo, y eso es también la música: una permanente construcción de haceres, conocimientos y habilidades que nos permiten acostumbrarnos a la duda, en el generarnos fuertes para vivir con ella.
Archivo de la etiqueta: máximas para educadores
La música – la educación; la duda y la incertidumbre. (II)
Continuando con lo expresado en la nota anterior, me permito mencionar algunos párrafos tomados del libro “El Rinoceronte en el Aula”, de R. Murray Schafer, publicado por la editorial Ricordi en el año 1975.
En su página 14, el libro menciona ciertas “Máximas para Educadores” que durante muchos años me sirvieron de reflexión, de cuestionamiento y de tema de conversación con muchos colegas en la música y en la educación. Sólo quiero, en este escrito mencionar un par de esas máximas que tienen mucho que ver con el título del comienzo:
“3. Enseñe al borde del peligro.”
“4. Ya no hay maestros. Sólo una comunidad de aprendices.”
“10 Enseñe siempre de manera provisional. Sólo Dios puede estar seguro.”
Cada una de las “máximas” del autor – compositor y docente canadiense – entraña cuestionamientos, a veces muy duros, al sistema educativo y de pensamiento de quienes nos dedicamos a enseñar.
Pero, especialmente estos tres que menciono, tienden a mostrarnos lo que significa enseñar en tiempos de incertidumbre, el valor de señalar que el concepto de enseñanza y aprendizaje se mezclan en una especie de “continuum” sin fin, donde la comodidad, la seguridad y la certeza no tienen demasiado lugar.
Schafer es un músico, pero además es un docente.
Schafer es un docente, pero además es un músico.
Y en ambos roles, nos conduce nuevamente a la pregunta que alienta estos escritos:
Y la educación musical, que papel puede asumir frente a esto?