Leyendo el Clarín de hoy, domingo, encontré una muy interesante nota de un gran cellista como Yo-Yo Ma.En ella, bajo el título “Bach puede enseñar a vivir mejor en la globalización”, hace referencia a la tradición cultural en un marco de interacción solidaria. En esa interacción, lo importante – sostiene el autor – es que nadie deba sacrificar su identidad sino que pueda, mediante el intercambio, generarse una nueva cultura que, además, favorezca las tradiciones de todos. Menciona que dentro de las suites para cello de Bach, (sabemos que una suite es un onjunto de danzas, forma musical que el compositor alemán utilizó ampliamente), existe – por supuesto – la “zarabanda”, danza lenta que permite ilustrar el concepto de globalizaciónm ya que en su caso, la misma proviene de los bereberes de África, que mudó a España (donde fue proscripta por “lasciva”), trasladándose luego a Francia y a América.Por otra parte, en el caso de Yo-Yo Ma, está interpretada por un músico estadounidense nacido en París con ascendencia china.Esta “multiculturalidad”, favorecida por la rapidez de los viajes en esta época, por la facilidad de las comunicaciones y por la velocidad de intercambio cultural y pedagógico, puede ser apreciada en gran cantidad de ocasiones, en las manifestaciones del arte y de la actividad musical.Por otra parte, en el mismo diario, he visto un artículo dedicado a dos grupos orquestales de niños y jóvenes que interpretaron juntos un concierto – los chicos de las orquestas ZAP del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y los de la banda norteamericana Ozomatli – obras de distinto tipo y características. Ambos grupos, unidos por la especial circunstancia, de estar formados por niños y jóvenes que pertenecen a zonas desfavorables y son considerados marginales han logrado superarse y participar de una tarea formativa y de comunicación con la sociedad que los ha marginado. Algo para destacar, es que este encuentro se realizó en una escuela de la Ciudad de Buenos Aires. Por último y como broche de oro de esta “confluencia de artículos”, quiero mencionar el título de uno de ellos, realizado por una ministra de educación de nuestro país, que a mi entender refleja mucho de lo que debemos pensar en la educación musical: En educación no hay unos y otros: en el “nosotros” está la respuesta. Este escrito, no se refiere a la apreciación, defensa o ataque de ninguna postura política, sino que sólo intenta rescatar aquellas actividades o dichos que considera positivos para favorecer la educación.
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La educación para escuchar
Cuando hablamos de educación, siempre pensamos en la figura de un colegio, sus directores, los docentes o los chicos. Pocas veces tomamos nota que la educación es una constante que debe vivirse más que aplicarse, que no está circunscripta a las cuatro paredes de un aula, sino que se da en cualquier lugar y que no sólo debemos educar en el horario de clase, sino en cada momento.
Creo que esta falta de educación constante, es la que nos hace tirar a la calle cualquier desecho por la ventanilla del auto, la de inclinarnos a hablar durante una película, la de entrar y salir en un concierto en cualquier momento o la que nos hace cometer cientos de actos diarios, donde nunca está presente el otro y que nos llevan a – por descuido, omisión o ignorancia – dañar a nuestros semejantes aunque sea a la distancia.
Por supuesto soy músico y entonces no voy a referirme a la desconsideración de ensuciar la vereda de otros, de imponer nuestro auto aunque sea violando elementales normas de seguridad o de atropellarnos para adelantarnos en una fila, sino que quiero referirme a lo que ocurre en muchos conciertos. Y como soy educador, tal vez el mayor interés de este artículo está en lo que pasa en los conciertos, o “actos” que transcurren en los colegios.
De hecho, en cualquier concierto, salvo los teatros importantes (y no aseguraría que a esta altura ya también allí), rara vez se empieza a la hora indicada. ¿Porqué? Porque los artistas esperan al público y el público que se sabe esperado, considera que puede llegar a cualquier hora alrededor de la media hora después de citado!. Si muchas veces los propios actos gubernamentales no comienzan a la hora indicada, que podemos esperar de un concierto privado! Pero muchas veces me pregunto que pasaría si los conciertos privados comenzaran sí o sí en horario y a la gente no se le permitiera el ingreso a la sala, hasta el intervalo, pese a que hayan pagado su entrada.
Pero en realidad vamos a los colegios. Muchas veces se realizan allí espectáculos musicales de mayor o menor jerarquía, que pueden denominarse conciertos, “concerts” o simplemente “actos”. Son sin duda espectáculos donde intervienen una gran cantidad de niños y obviamente sus producciones no son de gran jerarquía artística. Esto carece de importancia frente a la jerarquía pedagógica que muchas veces tienen estos eventos, donde muchos alumnos exhiben sus logros mediante un instrumento, una canción o un coro. En este lugar donde debería mostrarse (valga la paradoja), el mayor nivel de interés en la educación, es donde el público hace gala de la mayor “irrespetuosidad”. Mientras los niños actúan, los padres charlan, entran y salen, tratan de llevarse a sus niños apenas actuaron aunque haya muchos que todavía no lo hicieron, etc.
Evidentemente estas actitudes responden a esa contradicción de nuestra sociedad, donde podemos ser solidarios frente a las grandes tragedias, pero no nos permitimos estar con el otro en las pequeñas ocasiones de cada día (podemos hacer grandes donaciones para auxiliar a las víctimas de un terrible accidente, pero no nos importa “tirar el auto encima” a otro para pasar primeros aunque corramos el riesgo de provocar nosotros mismos un accidente). Obviamente que estas contradicciones ocurren por la falta de educación realmente solidaria que hemos recibido y que reciben nuestros hijos, pero lo más importante es que los docentes, muchas veces, tampoco mantienen ese mismo respeto por quienes están sobre el escenario.
Estas cuestiones tienen su lado cómico, ya que me ha ocurrido que, frente a un concierto de alumnos, donde muchos de ellos deben tocar instrumentos o cantar, han venido padres a decirme un día, si no podríamos “hacer los conciertos más cortos”, porque son un “poco aburridos” y llamarme al día siguiente reprochándome porque sus hijos saben muy bien tres piezas instrumentales y yo les permito tocar sólo una. Yo no dudo que un concierto de dos horas de duración (con interpretaciones un poco elementales), pueda resultar aburrido si lo comparamos con cualquier concierto profesional. Pero, ¿no se piensa en la formación de todos esos niños, que con esfuerzo aprendieron esas pequeñas piezas y en muchos casos tienen el valor de superar sus inhibiciones para estar sobre un escenario? El público es un factor de gran importancia en un concierto, como receptor, como generador de aliento para los participantes y como partícipe, en definitiva, del hecho musical. Si el público lo ve como un sacrificio, los niños lo van a ver como una obligación, si el público lo ve como un hecho placentero, los niños lo disfrutarán mucho más. Considero que los docentes deben predicar con el ejemplo, con la palabra y con los hechos para revertir estas actitudes y “educar” si es necesario tanto a niños como a padres.
Y, señores padres, respetemos un poco más el trabajo de todos los niños, aunque no sean los propios. Eso también es solidaridad!.