La gran pregunta con que terminan los dos escritos previos, es una de las que justifican plenamente, la pasión que algunos docentes de música vivimos al enseñarla.
Si nos detenemos a analizar el quehacer musical, seguramente nos encontraremos con que en algún sentido, cuando hacemos música estamos generando sonidos que, al ser escuchados, ya no existen!
Volvemos también a lo que significa enseñar música: significa enseñar a manejar sus elementos, a construir, a exponerse, a arriesgar y también a disfrutar, a aprender, a adquirir conocimientos y desarrollar habilidades.
Pero, en cada actividad musical, nos encontramos con la incertidumbre, cada vez que apoyamos una mano en un teclado, o pulsamos una cuerda, cantamos o soplamos un instrumento generamos sonidos, que una vez expresados no tienen retorno. Y en cada uno de los momentos por breve que sean, estamos realizando acciones que nos someten a esa incertidumbre, que de alguna manera nos hacen asumir riesgos y enfrentarnos con la duda del resultado.
Y ese, es uno de los momentos más gloriosos del quehacer musical: el de poder vencer la duda con el éxito, el de sentir que podemos y el de generar ese latido de dudas-certezas, certezas-dudas que nos ayuda a crecer y a desarrollar nuestro yo interior.
Sólo Dios puede estar seguro!
Los humanos tenemos el placer de la duda, la angustia de lo desconocido, pero la satisfacción de descubrirlo, el desafío de lo no creado, pero la magnífica experiencia de construirlo, y eso es también la música: una permanente construcción de haceres, conocimientos y habilidades que nos permiten acostumbrarnos a la duda, en el generarnos fuertes para vivir con ella.
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La música y los glaciares
Un tema muy interesante para apreciar en lo que se refiere a la relación entre la música y el mundo que nos rodea, es la importancia que ese arte tiene para colaborar con esa tan importante rama de la ciencia, que llamamos ecología.
Difícilmente un músico pueda “descontaminar” un río o impedir que se talen los árboles, pero tiene en sus manos una poderosa herramienta de difusión y puede ser un gran “pregonero” de aquellas actividades que perjudican el medio ambiente o dañan a los seres humanos.
Vale para esto el ejemplo que apareció publicado en el diario Clarín el domingo pasado, en el que se menciona el trabajo de un músico alemán, Kalle Laar, quien ha realizado una instalación musical en los Alpes, mediante la cual desde cualquier teléfono celular de cualquier parte del mundo puede escucharse el sonido del deshielo de los glaciares Vernagtferner y Pasterze. Estos glaciares, debido al calentamiento global, han comenzado un deshielo que año tras año hace que pierdan superficie. El músico expone su sonido al mundo, como forma de llamar la atención hacia otra de las manifestaciones de la degradación de nuestro planeta.
A veces no tomamos conciencia de la importancia del sonido en nuestras vidas. Tal vez porque los sonidos son tan omnipresentes y tan constantes en nuestra existencia que no reparamos en él. ¿Podemos imaginar un mundo donde no escuchemos el llanto del bebé, el sonido de nuestros seres queridos, el paso de un padre que se acerca o el ladrido de nuestro perro? O aún más simplemente, ¿podemos pensar en un mundo sin música, sin voz, sin canto? Probablemente el ser humano debería reprogramar toda su existencia y empezar a vivir como una “especie distinta”.
En esto radica la importancia de ese trabajo en los Alpes, en utilizar un elemento primordial de nuestro entorno, de algo que afecta nuestras emociones, nuestra razón y nuestro físico, que nos rodea y nos envuelve, para que nos ayude a tomar conciencia de las circunstancias difíciles por las que atravesamos, sólo debido a nuestra responsabilidad o “irresponsabilidad” como seres humanos.