Música Viva

Conversando sobre la educación musical

El Teatro Colón: espejo y consecuencias.

Como muchos de Uds. sabrán, el Teatro Colón de Buenos Aires, tiene sus puertas cerradas desde hace más de dos años, con motivo de ciertas restauraciones y modificaciones que no han cumplido los términos pactados.

Esto ha generado múltiples polémicas, acusaciones y reproches, ya que el más importante Teatro de Ópera de nuestro país y uno de los más importantes de Latinoamérica, no cumple su función principal y está sometido a cuestionamientos tan graves como la permanencia de la que fue siempre su gran acústica y la falta de definiciones acerca de su futuro.

Toda esta indefinición, coloca a nuestro país en una situación poco feliz ante los artistas del mundo, genera un gran malestar social, altera la tranquilidad de los artistas y deja a la cultura y a la música, sin el apoyo de uno de los grandes espacios para su difusión.

Sin embargo, esta situación nos enfrenta con muchas otras consideraciones que – según mi entender – se relacionan en alguna medida con la educación y la formación que nuestro sistema educativo debería brindar a quienes transitan por él y que me llevan a escribir esta nota.

He reiterado en distintas oportunidades que no soy un músico dedicado a la ópera o al ballet, por lo cual no creo que mi voz tenga la autoridad suficiente para opinar acerca de los problemas prácticos – y muy desafortunados por cierto – que aquejan al Teatro Colón.

Es por eso que sólo me permito una reflexión, pretendiendo extraer un par de conclusiones que imagino podrían ayudarnos en el futuro, intentando lograr una aproximación positiva a la desgracia por la cual atraviesa esa institución y que sin dudas afecta a la sociedad y a la República toda.

Para ello, me permito utilizar dos palabras como eje del escrito: “espejo” y “consecuencias”, vocablos aparentemente inconexos pero que – al menos en mi pensamiento – crean la imagen de “las consecuencias de mirarse al espejo”.

En mis años de vida he visto y comprobado que los gobernantes tienen dos premisas básicas sobre las cuales asientan su desempeño: “todo lo anterior ha sido malo” y “a partir de ahora se solucionarán todos los problemas”, premisas erróneas desde su concepción dada la naturaleza humana, donde nunca el todo es todo o la nada es nada. No recuerdo haber oído de quienes han llegado al poder (político al menos), decir: “si bien esto ha sido un error y debemos corregirlo, esto otro ha sido un gran acierto, sigamos construyéndolo”.

Lo preocupante, es que cuando se manifiesta que el pasado ha sido un cúmulo de errores (a veces incluso atribuidos a la mala fe), rara vez existan consecuencias tangibles, lo cual nos lleva a pensar que ello no ocurre para que no se conviertan en un espejo, que luego nos devolverá nuestra propia imagen.

Tenemos, en nuestra administración pública y en nuestros organismos, personas dedicadas, genuinamente preocupadas, dispuestas a colaborar, creativas y que buscan mejorar lo existente y generar nuevos avances con un gran aprovechamiento de los recursos. Pero, muchas veces y pese al esfuerzo de funcionarios realmente comprometidos con su actividad, los posibles logros se ven coartados por decisiones políticas que los superan.

Pareciera que siempre lo técnico, lo artístico, lo que tiene que ver con el conocimiento, está subordinado a lo político, aunque en realidad “lo político”, sea una abstracción que en algunos casos se vuelve concreta, en la manifestación de los intereses personales de quienes detentan el poder o de quienes pretenden lograrlo.

No puedo negar que ésta ha sido una conducta del hombre desde que el mundo es mundo, pero valdría la pena – ante los hechos consumados – pensar nuevamente en el espejo y en las consecuencias de esos manejos que anteponen lo personal a lo social.

El Teatro Colón – pobre entidad zarandeada por cada gobierno, así como por muchos de los individuos que han pasado por sus distintas direcciones – está siendo probablemente, víctima de un mal manejo arquitectónico, administrativo y financiero. No sé las causas, pero los resultados están a la vista. Los plazos no se cumplieron y muchas voces airadas clamaron y claman por una transparencia que no existe.

Ahora bien, más allá de las actitudes de los gobiernos y de las autoridades, de los posibles desaciertos de funcionarios sin las capacidades adecuadas, o de las acusaciones de mala fe que sin dudas dejan también sus huellas nosotros, los músicos, ¿hemos tenido en las épocas de normal funcionamiento del Teatro, la conducta adecuada frente a la música y a su desarrollo?

Como en todos los órdenes de nuestra sociedad, la paradoja del ser humano se ha hecho siempre presente en el Teatro: las glorias van emparentadas con las miserias, los triunfos con las mezquindades y lo sublime se da la mano con lo abyecto. He hablado en muchas ocasiones con directores extranjeros, que – obviamente – en conversaciones “off the record” se han manifestado muy asombrados de las capacidades de nuestros músicos, pero muy sorprendidos de sus actitudes. Quienes trabajan en el Teatro, han sido – indudablemente – muchas veces víctimas de reiterados abusos e injusticias en su trabajo, pero creo que tampoco debemos olvidarnos de las agremiaciones abusivas, del desinterés de algunos de sus integrantes frente al hecho musical y de los conflictos generados sólo por lograr o conservar espacios de poder, etc. que tampoco han mostrado al país y al mundo una imagen favorable de nuestro Teatro.

Para terminar de dar forma a la reflexión propuesta, me planteo ciertos interrogantes que pongo a la consideración de todos para que podamos encontrar algunas respuestas:

  • Si lo anterior estuvo mal, fue erróneo o hubo mala fe, ¿dónde están las consecuencias?.
  • Si lo actual es lo correcto, ¿porqué no se explicita en forma coherente, con los datos ciertos y plazos acordados?
  • Si existen problemas de fondo, presentes o pasados, ¿porqué no se aclaran y “se ponen sobre el tapete” para solucionarlos y porqué no se ubica a los responsables?
  • Esa mezcla de ocultamiento y olvido, ¿responderá al miedo al espejo?
  • El olvidar, ¿servirá para que otros olviden? El ocultar, ¿para que otros oculten?
  • Los músicos y personal idóneo, cuando el Teatro vuelva a su época de esplendor, ¿seguiremos anteponiendo las conveniencias personales al arte?

 

Todo esto – a mi criterio – debería dejarnos otra enseñanza: el espejo y las consecuencias (o sea el observarnos y el asumirnos), son dos elementos que están siempre presentes en la educación de todos las sociedades del mundo. Son parte esencial del proceso educativo y este proceso es a mi entender la solución para el problema de fondo que nos aqueja: el anteponer el interés personal antes que el interés social, el no reconocer al otro y el no intentar analizar los problemas en forma objetiva. Observar y analizar en forma ecuánime es el mayor logro que cualquier sistema educativo puede pretender alcanzar.

Creo por último, que en la situación que nos ocupa, la subjetividad ha primado por sobre la objetividad. La sensación es la de dos posiciones que consideran que todo lo de la vereda de enfrente es erróneo. Personalmente, me cuesta creer que no pueda haber aproximaciones objetivas al tema que busquen aprovechar lo mejor de cada una de ellas.

Cuando educamos músicos, nos ocupamos de la técnica. Sin embargo deberíamos ocuparnos del ser humano que luego aprenderá y dominará esa técnica. Cuando educamos administradores, nos ocupamos de las funciones y olvidamos que debemos formar seres humanos que luego aprenderán y cumplirán esas funciones. Cuando designamos gobernantes y autoridades, nos basamos en el carisma, en la conveniencia material o política o en un impulso emocional, sin analizar sus capacidades y sin exigirles una formación en lo humano que le haga sentir que debe anteponer sus deberes a sus derechos, que sus acciones públicas deben estar sometidas a las consecuencias y que su poder es una cesión social y no una adquisición personal.

Construir demora mucho más que destruir. El educar es una construcción lenta, pero que debemos asumir de una buena vez, para evitar nuevos “Teatros Colón” y rehabilitar nuestra imagen ante el mundo y ante nosotros mismos.

El Teatro Colón nos muestra como en un gran espejo, las falencias que yacen en nuestra sociedad. Está en nosotros animarnos a verlas y vernos reflejados en él, a asumirlo y a plantearnos seriamente que debemos ver las consecuencias de lo realizado y responsabilizar a quien corresponda por ellas.

Pero por sobre todo, a plantear los hechos con claridad, sinceridad y anteponiendo el conocimiento a la política, para que eduquemos sobre ello, a fin que nos podamos mirar en cualquier espejo sin temer a las consecuencias de nuestros actos.

El Teatro Colón y los organismos oficiales

Hay mucha preocupación en el medio musical argentino por el destino del Teatro Colón. No sólo en lo que atañe a su edificio (en pleno plan de reformas, que no se cumplirán dentro del plazo establecido), sino en cuanto a su reestructuración interna, a sus próximas temporadas y a su organización definitiva. Esto incluye el destino de muchos de sus organismos internos. Esa preocupación se transmite muchas veces en agudas críticas referentes a la cultura en nuestro país, al enfoque que exhiben algunos gobernantes en cuanto a que “la cultura debe autofinanciarse” y a la escasa repercusión que tienen los temas culturales y/o artísticos en la problemática de nuestro país.
Existe un foro de opiniones que sabia y generosamente ha creado el Sr. Armando Ayache, donde muchas prestigiosas figuras musicales de nuestro medio, envían sus mails – tanto desde nuestro país, como del extranjero – haciendo conocer sus opiniones. No siempre me siento autorizado a intervenir, ya  que el foro aborda temas muy vinculados con la ópera, género al que no pertenezco y sobre el cual no me siento de ninguna manera persona autorizada.
Sin embargo, me pareció adecuado escribir algo acerca de la educación musical, que creo que es el punto más importante en la decisión acerca del Teatro, de las Orquestas y de la vida musical en nuestro país. Es muy complicado, desde mi punto de vista, hablar de cultura, si no existe educación que la sustente. Copio aquí algunos de los párrafos que envié a dicho foro, ya que me parece importante compartirlo con Uds.:

“Quienes enseñamos música, vemos a diario cual es el nivel musical de los alumnos en los colegios que frecuentamos. Hago énfasis en los colegios, porque desde ya, los conservatorios son lugares especializados que – imaginamos – congregan a quienes están vocacionados para la música, pero en realidad debería decir: el nivel musical de alumnos de colegios y conservatorios. No pretendo con esto realizar ninguna crìtica a los directivos o docentes de los conservatorios, en muchos casos profesores que brindan mucho más que lo “estipulado por ley”, para que sus alumnos puedan aprender. No, mi énfasis está puesto en largos años de lo que considero una comprensión poco adecuada de lo que significa ser músico
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En otra ocasión una docente de música, se me acercó a preguntarme: disculpe, pero ¿cómo me doy cuenta cuando un niño desentona?
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Escucho docentes de música que ensayan con “orquestas de flautas dulces” y no afinan antes de comenzar!
Oímos clases de música en los colegios donde se usan las canciones de las telenovelas de moda “porque a los chicos les gusta y con eso se enganchan”.
 
Podría dar cientos de ejemplos (tal vez eso habla de la cantidad de años vividos), donde la Música, la verdadera música, brilló por su ausencia en los lugares donde debía ser enseñada. Y eso funcionó siempre con la “complicidad” de muchos músicos que consideraban que la música era para arriba de los escenarios!.
Tampoco es esto una acusación: tenemos una larga tradición en nuestro país de música del romanticismo, impregnada del concepto del divismo, del instrumento solista, de las vocaciones de genios, que llevó a nuestros músicos a imaginar que lo único que era necesario era tocar o cantar o bailar bien. Y fuimos generando en la mente de quienes viven en nuestra sociedad que “la música era para elegidos”, que “sólo quienes tenían vocación podían hacer música”, e incluso que “quienes enseñaban música eran los músicos fracasados”. Y nos fuimos olvidando que la música es de todos, que el sonido nos circunda en forma omnipresente, que el hacer música debe ser un goce desde el primer momento en que se enseña, que ser músico no es ser elegido (que dentro de los músicos, luego aparecerán los elegidos) y fuimos degradando su enseñanza y alejándola de la vida cotidiana. Creo que sólo un ingeniero elegido llegó a hacer el puente de San Francisco y sin embargo hay millones de ingenieros, un sólo economista elegido llega a presidente del Banco Mundial y hay millones de economistas, hubo sólo un Bach, un Mozart, un Schoenberg, un Verdi, un Mendelssohn, pero es necesario que haya millones y millones de músicos para que surjan otros “elegidos”.
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¿cuántos Britten tenemos en la Argentina?. ¿Cuántos compositores hacen música para el aula? (música seria, con sentido artístico que tenga la dignidad de conciertos, pero las facilidades para estudiantes). ¿Cuántos Kodaly? ¿Cuántos músicos de nuestras orquestas van a las aulas de los colegios a mostrarles a los niños los milagros de un fagot, de un violín, de un corno, de una hermosa frase musical bien tocada, para despertar en ellos el sentido de la música?
Todos esos espacios que hemos ido dejando los músicos, han sido sabiamente aprovechados por quienes tienen una innegable capacidad de negocios, fomentando programas que brindan “oportunidades” a “jóvenes talentos” a los que se forma en un año para ser protagonistas de musicales que en los países de origen son interpretados por músicos con una formación académica muy grande, o programas donde se bastardea el canto y la gente habla con gran liviandad de afinación, ritmo, fraseo, etc. y que su objetivo está muy lejos de educar. Ese espacio es el que hay que recuperar o crear: el de la educación.
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Criticamos a los políticos (no estoy para defenderlos, porque no creo que lo merezcan), decimos que a los gobernantes les falta “cultura musical”, pero me gustaría saber: quien le enseñó música al Presidente de la Nación o al Jefe de Gobierno de la Ciudad o a cualquiera de los políticos que realizan sus plataformas electorales? (repito para que quede claro, no estoy defendiendo su posición), pero creo que para todos ellos, el Colón siempre ha sido un misterio (maravilloso misterio), pero misterio al fin. Me gustaría conocer una estadística que nos señale cuantas veces (en promedio), nuestras principales figuras políticas en los últimos 60 años han asistido regularmente a conciertos.
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Permítame terminar con la frase de un Maestro y Músico (así con mayúscula), con una profundidad conceptual que superó con creces los límites de la música, de la didáctica, y que siempre pensó su enseñanza desde la amplitud de un ser visto en forma holística:
“Nuestro tiempo busca mucho. Pero ha encontrado ante todo una cosa: la comodidad. Esta se extiende a todo, incluso al mundo de las ideas, y nos lo hace tan cómodo como jamás hubiéramos podido suponer. Hoy todo el mundo se las ingenia para hacerse la vida agradable”. . . “Lo mismo da que se vaya del movimiento a la búsqueda o de la búsqueda al movimiento: sólo el movimiento produce lo que puede llamarse verdaderamente formación. Es decir: preparación, conocimientos sólidos. El profesor que no se preocupa de decir más que ‘lo que sabe’ y que por lo tanto no se apasiona, exige demasiado poco de sus alumnos. El movimiento debe partir de él mismo y comunicar su inquietud a los alumnos. Entonces ellos buscarán como él”. . . El movimiento que de esta manera procede al profesor, volverá de nuevo a él. También en este sentido he aprendido este libro de mis alumnos. Y debo aprovechar esta ocasión para agradecérselo”. Arnold Schônberg  (tomado del libro “Armonía” de dicho autor, publicado por “Real Musical Editores – Madrid” pag. XXIV.
Esto fue escrito en el año 1911! ! !”
      

He quitado párrafos de esta nota, para no hacerla tan extensa. Realmente mi pensamiento está colocado en que si todos tuviéramos la formación adecuada, muchos de los problemas que nos aquejan, no existirían. Nadie discutiría por el nivel cultural, porque éste sería un hecho.