nov 09 2007
La música orquestal para los niños
Afortunadamente, algo va cambiando en nuestra sociedad y en estos últimos años, ciertas autoridades educativas y otras políticas, han comenzado a tener en cuenta la importancia de la música instrumental para los niños.
Va empezando a cobrar cierta distancia el recuerdo de miles de niños tocando piano o guitarra en el “conservatorio de barrio”, que sin dudas cumplió su función muchos años atrás como “casi único” difusor de la enseñanza musical (fuera de los conservatorios por supuesto), en la sociedad argentina. Algunos guiados por prestigiosas figuras – me viene a la memoria Alberto Williams – y otros conducidos por pianistas o guitarristas que muchas veces con buenas intenciones y poco conocimiento, iniciaban a los chicos en el mundo de la música. No soy historiador ni musicólogo, así que ruego a quien lea esto me corrija, pero luego fueron apareciendo profesores de canto y más delante de órgano (específicamente dentro del ámbito religioso), que brindaban también instrucción musical.
Un profundo cambio se operó a partir de la actividad en nuestra sociedad, de músicos tales como E. Epstein, T. Fuchs, E. Leuchter, G. Gratzer, y L. Spiller que profundamente dedicados a la enseñanza fueron introduciendo la música del barroco y allí por los años 1950, 1960 nuestros incipientes pianistas, tomaron conciencia que la música de Bach no había sido para piano sino que – al ser para clave y órgano – necesitaba otra interpretación que aquel romanticismo que predominó en la primera mitad del siglo pasado. Tuvimos luego un fuerte auge – enorme y desproporcionado, diría yo – de música coral, pero que también contribuyó a la difusión de música poco conocida en nuestro país. Llegamos así al conocimiento del renacimiento y del medioevo, dentro de la cual muchos directores de jerarquía – profiero no nombrarlos para no cometer el error de olvidar alguno o algunos – lograron una excelente actividad coral, muchas veces partiendo de las universidades, contribuyendo así a expandir los límites de la música coral y comenzamos a escuchar las palabras “motete”, “chanson”, “madrigal”, con la lógica consecuencia de la incorporación de la flauta dulce como “caballito de batalla” en la educación musical dentro de los colegios. La aparente “facilidad” con que los niños (y los docentes) podían hacer uso de la flauta, nos condujo también a pequeñas “orquestas” de flautas, donde – y esto lo he vivenciado en forma personal – ni siquiera se afinaban los instrumentos antes de empezar a tocar un “concierto”!.
Podemos entonces pensar, en una enorme y tal vez incompleta visión global, que para los años 80 disponíamos de muchísima enseñanza privada de piano, guitarra, canto, órgano y de múltiples coros y “orquestas de flautas” especialmente en colegios.
Tal vez en el comienzo de los 90, asomó un cambio que podemos ver como muy importante: a) por un lado la irrupción de la música electrónica, que en sus comienzos fue reservada para los muy eruditos, pero con los avances tecnológicos se popularizó a tal punto que hoy cualquier persona puede comprar un teclado y desde el primer día generar, por lo menos, melodías acompañadas con un uso indiscriminado de timbres y efectos sonoros y b) mediante la iniciativa de algunos colegios (especialmente privados), la irrupción del método Suzuki (como gran impulsor de la enseñanza grupal), la actitud de algunos estamentos políticos y el impulso de algunos organismos culturales extranjeros, se comenzó a difundir la enseñanza de los instrumentos de la orquesta (con los violines a la cabeza).
En este punto, apareció una forma de enseñar música que, si quienes nos dedicamos a la docencia musical y a la música sabemos utilizar adecuadamente, podremos tener otra importantísima herramienta para educar a nuestros niños: la posibilidad de la orquesta. Una orquesta es un organismo muy complejo, que necesita de muchos saberes por parte de quien la dirige para poder conducirse adecuadamente.
No hablo de una orquesta profesional, que tiene sus directores, sus archivistas, su gremialismo, su códigos y sus costumbres arraigadas y funcionando a pleno. Hablo de 70 u 80 niños tocando juntos, a tempo, expresivamente, uniendo técnica con interpretación, donde el director tiene que ser un poco instrumentista, un poco gerente, otro poco organizador, archivista, arreglador, etc. etc. etc.
Sin embargo, ver muchas veces niños por la calle con estuches de violines, cellos, flautas traveseras, cornos o fagotes, es un espectáculo que me emociona y que me lleva a pensar que, ojalá esta actitud no sea una moda efímera, sino que sea el comienzo de un nuevo hábito que perdure dentro de la sociedad.
Existen, afortunadamente, directores en nuestro país, que dedican mucho tiempo de su actividad a los niños, que hacen y disfrutan la música con ellos, desde la disciplina (agradable, pero disciplina al fin) de un organismo orquestal. Mis felicitaciones por su labor y espero que puedan y quieran continuar esta tarea que considero fantástica para la difusión de la educación musical.
Tal como he prometido, van algunas fotos del Festival Suzuki, amablemente cedidas por la 